28 Octubre 2003 Seguir en 
Una amplia nota dedicó nuestra edición de ayer al problema del alcoholismo juvenil, detectado a través de dos encuestas. Los resultados son por cierto inquietantes en extremo, ciñéndonos al punto de que los porcentajes de consumo de alcohol aumentan entre los jóvenes; que ese consumo empieza a edad temprana, y que los padres no parecen haber tomado el debido peso a semejante problema, ni pulsado la incidencia que tiene en la vida de sus hijos. Tampoco parecen funcionar debidamente los controles del Estado. El abuso del alcohol da como resultado al alcohólico, que es uno de los enfermos más penosos de la sociedad, y cuya condición, además, le abre un camino cierto hacia las drogas y otras adicciones. Se trata de un mal realmente devastador de nuestro tiempo. El alcohólico pierde todo respeto por sí mismo, al tiempo que pierde también su trabajo y los afectos de su familia. Nadie quiere su compañía ni confía en él. Tal es el horizonte que se despliega al final de eso que empieza en la adolescencia como cosas "divertidas" y excitantes.
Sería ocioso extenderse sobre detalles de un problema cuyas características, de alguna manera, se supone que todo el mundo conoce. Lo que nos interesa, en este momento, es puntualizar que la sociedad no puede permanecer indiferente frente a la divulgación cada vez mayor de ese hábito en su juventud.
Los caminos posibles para enfrentar la candente cuestión son conocidos. En primer lugar, atañe al Estado hacer cumplir las normas que vedan el expendio de alcohol a los jóvenes. Que estas normas se observan sólo muy escasamente es por todos conocido. Basta pasar cualquier noche de los fines de semana por frente a "drugstores" y a negocios similares para ver a los jóvenes euforizados frente a las bebidas que de alguna manera les vendieron, a pesar de la teórica prohibición. Y qué decir de lo que ocurre en "boliches" y "bailantas". Dígase lo que se diga, entonces, la facilidad para obtener alcohol es un hecho entre nosotros.
En el mismo nivel de importancia está el tema -muy grave, por cierto- de la indiferencia paterna, como surge del relevamiento. Los progenitores, con auténtica inconsciencia e inmadurez, parecieran menospreciar la gravedad que tiene el consumo de alcohol entre sus hijos, y niegan que se trate de algo de real importancia. De allí se sigue que la cuestión, evidentemente, no figura entre las que se tocan durante las conversaciones en el hogar. No es necesario decir que semejante conducta significa la desaparición de uno de los controles más significativos que podría tener el alcoholismo juvenil. Y que implica, también, una alarmante ignorancia respecto del rol de consejero y guía de la familia que compete a los padres.
Eso nos trae al problema troncal, que está por detrás de casi todas las calamidades sociales. La comunidad no ha cumplido con su deber de educar a los miembros jóvenes, y de crearles, en profundidad, una conciencia acerca de lo que estos excesos representan. El alcohol se muestra, así, como una más de las posibilidades de "pasarla bien" que ofrece la vida contemporánea, y se minimizan los riesgos que entraña y las terribles perspectivas que puede disparar.
Nos parece que estos tres aspectos (la acción del Estado, la tarea de la familia y la tarea educativa) son los puntos donde resulta imprescindible operar, con una acción dotada de la intensidad necesaria como para suscitar efectivos resultados. Creemos no exagerar diciendo que, hasta el presente, no se ha asistido a una labor lo suficientemente sostenida y profunda en esa dirección. Es hora de ponerla en marcha si no queremos ver malogrados a sectores cada vez más extensos de nuestras generaciones jóvenes, por un consumo que es posible frenar y evitar.
Sería ocioso extenderse sobre detalles de un problema cuyas características, de alguna manera, se supone que todo el mundo conoce. Lo que nos interesa, en este momento, es puntualizar que la sociedad no puede permanecer indiferente frente a la divulgación cada vez mayor de ese hábito en su juventud.
Los caminos posibles para enfrentar la candente cuestión son conocidos. En primer lugar, atañe al Estado hacer cumplir las normas que vedan el expendio de alcohol a los jóvenes. Que estas normas se observan sólo muy escasamente es por todos conocido. Basta pasar cualquier noche de los fines de semana por frente a "drugstores" y a negocios similares para ver a los jóvenes euforizados frente a las bebidas que de alguna manera les vendieron, a pesar de la teórica prohibición. Y qué decir de lo que ocurre en "boliches" y "bailantas". Dígase lo que se diga, entonces, la facilidad para obtener alcohol es un hecho entre nosotros.
En el mismo nivel de importancia está el tema -muy grave, por cierto- de la indiferencia paterna, como surge del relevamiento. Los progenitores, con auténtica inconsciencia e inmadurez, parecieran menospreciar la gravedad que tiene el consumo de alcohol entre sus hijos, y niegan que se trate de algo de real importancia. De allí se sigue que la cuestión, evidentemente, no figura entre las que se tocan durante las conversaciones en el hogar. No es necesario decir que semejante conducta significa la desaparición de uno de los controles más significativos que podría tener el alcoholismo juvenil. Y que implica, también, una alarmante ignorancia respecto del rol de consejero y guía de la familia que compete a los padres.
Eso nos trae al problema troncal, que está por detrás de casi todas las calamidades sociales. La comunidad no ha cumplido con su deber de educar a los miembros jóvenes, y de crearles, en profundidad, una conciencia acerca de lo que estos excesos representan. El alcohol se muestra, así, como una más de las posibilidades de "pasarla bien" que ofrece la vida contemporánea, y se minimizan los riesgos que entraña y las terribles perspectivas que puede disparar.
Nos parece que estos tres aspectos (la acción del Estado, la tarea de la familia y la tarea educativa) son los puntos donde resulta imprescindible operar, con una acción dotada de la intensidad necesaria como para suscitar efectivos resultados. Creemos no exagerar diciendo que, hasta el presente, no se ha asistido a una labor lo suficientemente sostenida y profunda en esa dirección. Es hora de ponerla en marcha si no queremos ver malogrados a sectores cada vez más extensos de nuestras generaciones jóvenes, por un consumo que es posible frenar y evitar.







