El compromiso ciudadano

Los tucumanos vamos de nuevo a las urnas para elegir nuestros representantes en el Congreso Nacional.

26 Octubre 2003
La ausencia de afectos y pasiones, la paralización de la espontaneidad de la vida moral e intelectual definen filosóficamente a la palabra apatía. El apático rehusa aprovechar las alas con que se acerca el hombre a la vida moral. Apatía también significa dejadez, indolencia, falta de vigor o energía. Aunque existen antiguas corrientes filosóficas, como la de los gimnosofistas de la India, que consideraban a la apatía por las cosas terrenas como una condición para elevar el alma al éxtasis.
En pocos días celebraremos el 20 aniversario del retorno de la democracia al país. Sin duda, una proeza, porque este sistema republicano de gobierno, desde la década del 30 hasta los 80, se vio interrumpido sistemáticamente por golpes militares. A lo largo de dos décadas, han pasado muchas cosas bajo el puente. Pueden señalarse miles de críticas a los gobiernos que pasaron durante este período, pero quizás lo más positivo que le ha sucedido a esta sociedad es aprender a vivir en libertad.
Hoy los tucumanos enfrentan una nueva instancia electoral: debemos elegir legisladores nacionales (tres senadores y cinco diputados). La campaña previa ha estado marcada por una notable indiferencia de la ciudadanía, agobiada por una realidad cada vez más opresiva y por una clase dirigente decadente. Se estima que un 40% no iría a votar hoy, pese a que la Constitución nacional señala que sufragar es obligatorio y quien no acuda a las urnas -salvo las excepciones- será pasible de sanciones.
Quienes desde hace tiempo se han dejado ganar por el escepticismo esgrimen argumentos contundentes extraídos de una dolorosa realidad que muestra una provincia cuyo tejido social y moral se halla en peligrosa descomposición; cuyo sistema educativo y de salud está prácticamente quebrado. Una sociedad que convive naturalmente con la ilegalidad y la corrupción en todos los niveles del Estado y que permite que desde Poder Ejecutivo se apele, como estrategia electoral, al denigrante reparto de bolsones, aprovechándose así de las necesidades de 940.000 tucumanos que viven bajo la línea de pobreza.
Pero no es menos cierto que la ciudadanía tiene una gran responsabilidad de lo que sucede en esta tierra, porque de su seno surgen los dirigentes y estos llegan a ocupar espacios de poder porque son elegidos por la misma comunidad.
Posiblemente, la provincia haya llegado a este estado de agonía por la falta de compromiso y de participación de sus ciudadanos, especialmente de aquellos que se han capacitado convenientemente y que no se animan aún a intervenir en la vida pública, y a desplazar a quienes carecen de aptitudes intelectuales y morales para representar con dignidad a la comunidad, pero que, sin embargo, cuecen sus ambiciones personales al calor del poder de turno.
No asistir a los comicios o sufragar en blanco implica un acto de indolencia cívica porque nunca contribuye a modificar una realidad o a promover un cambio, que es lo que desea una buena parte de los tucumanos. Todo lo contrario; significa sacarse la responsabilidad de encima y echarles la culpa a los otros por nuestras desventuras, como si a cada uno de nosotros nos correspondiera una cuota de responsabilidad en este desaguisado. Si los candidatos tradicionales no convencen ya al electorado, se puede darles la oportunidad a aquellos que nunca la tuvieron.
Es justamente la apatía, esa ausencia de afectos y pasiones, la que ha conducido tal vez a los tucumanos a la desesperanza, a la falta de compromiso y de participación que, sin duda, debe revertirse con urgencia para no seguir extraviados en un laberinto sin salida.
Difícilmente desde el escepticismo se pueda modificar este presente sombrío. El único modo de dignificar la democracia y sus instituciones es asumiendo la responsabilidad que nos compete como ciudadanos.

Tamaño texto
Comentarios