23 Octubre 2003 Seguir en 
De un tiempo a esta parte, se ha convertido en un hecho frecuente la caída de árboles, en la vía pública, sobre los vehículos estacionados o que acertaron a pasar en ese momento. Hasta el momento no han causado víctimas, aunque sí han suscitado los serios daños económicos que implica el destrozo completo de un automotor. Pero es evidente que en cualquier momento podrían ser personas y no coches los aplastados.
El tema del arbolado urbano ha sido frecuente objeto de nuestras notas y comentarios, sobre todo en la época estival, que es la caracterizada por fuertes tormentas con viento, donde se pone a prueba la solidez del basamento de los troncos. Una rápida mirada a nuestras ediciones de los últimos años muestra que entre el saldo de cada una de estas tempestades están numerosos árboles abatidos en las plazas y en las veredas.
Inalterablemente, hemos puntualizado en esas ocasiones la necesidad de una tarea que la Municipalidad debe realizar y que no realiza, al menos de un modo visible. Se trata, como resulta obvio, de una revisión detallada y minuciosa del estado de los ejemplares existentes en la vía pública, a fin de establecer el grado de seguridad de sus raíces o de su tronco frente a las inclemencias de la naturaleza. Y en los casos en que se encontrara que dicha seguridad no existe o es dudosa, proceder al inmediato retiro del árbol en cuestión.
Dicha labor debe correr simultánea con otra, no menos importante, como es la de reponer la floresta ciudadana, llenando todos los claros que se produzcan en la misma. Como lo decimos recién, no ocurre así entre nosotros. Los árboles se caen y no se coloca ninguno en su reemplazo, en la inmensa mayoría de los casos. La plaza Urquiza, con los grandes vacíos que presenta sobre las calles Santa Fe y 25 de Mayo, constituye un ejemplo ilustrativo.
A esto deben agregarse, también como un serio problema, los numerosos casos en que los ejemplares han sido talados clandestinamente por algún vecino, porque consideraba molesto su follaje, o por cualquier otra razón. Hay arterias -por ejemplo la avenida Mitre- en las cuales el árbol faltante coincide sospechosamente con la existencia de un negocio que aspira a que su cartelería resalte.
Todo esto sucede, obviamente, por la deplorable falta de conciencia que existe entre nosotros acerca de la importancia y la significación mayúsculas que los árboles tienen para el clima, para la higiene del aire que respiramos, y para la estética de la ciudad que habitamos. Acaso por la facilidad con que los vegetales crecen en nuestro suelo, no percibimos su trascendencia y sus beneficios, al contrario de lo que ocurre en otras ciudades argentinas (Mendoza, por ejemplo) donde el arbolado y su frondosidad constituyen motivos de verdadero orgullo para los pobladores. Está de más decir que fue muy otro el criterio de los fundadores de nuestra conciencia cultural -aquella Generación del Centenario-, quienes consideraron a los árboles de la provincia como su más rico patrimonio.
En suma, esta cuestión debe encararse en dos direcciones. La primera y más urgente es, por cierto, evaluar la seguridad de los ejemplares y suprimir los que carezcan de ella. La segunda, poner manos a la obra de reposición que, como es sabido, actualmente puede realizarse transplantando ejemplares de cierto porte, de manera que no sea necesario aguardar décadas para que regresen el follaje y la sombra. De más está decir que esto debe efectuarse con el debido asesoramiento acerca de las especies convenientes. Si todo corre paralelo con una concientización sobre el valor de los árboles, se habrá hecho auténtica obra de bien público.
El tema del arbolado urbano ha sido frecuente objeto de nuestras notas y comentarios, sobre todo en la época estival, que es la caracterizada por fuertes tormentas con viento, donde se pone a prueba la solidez del basamento de los troncos. Una rápida mirada a nuestras ediciones de los últimos años muestra que entre el saldo de cada una de estas tempestades están numerosos árboles abatidos en las plazas y en las veredas.
Inalterablemente, hemos puntualizado en esas ocasiones la necesidad de una tarea que la Municipalidad debe realizar y que no realiza, al menos de un modo visible. Se trata, como resulta obvio, de una revisión detallada y minuciosa del estado de los ejemplares existentes en la vía pública, a fin de establecer el grado de seguridad de sus raíces o de su tronco frente a las inclemencias de la naturaleza. Y en los casos en que se encontrara que dicha seguridad no existe o es dudosa, proceder al inmediato retiro del árbol en cuestión.
Dicha labor debe correr simultánea con otra, no menos importante, como es la de reponer la floresta ciudadana, llenando todos los claros que se produzcan en la misma. Como lo decimos recién, no ocurre así entre nosotros. Los árboles se caen y no se coloca ninguno en su reemplazo, en la inmensa mayoría de los casos. La plaza Urquiza, con los grandes vacíos que presenta sobre las calles Santa Fe y 25 de Mayo, constituye un ejemplo ilustrativo.
A esto deben agregarse, también como un serio problema, los numerosos casos en que los ejemplares han sido talados clandestinamente por algún vecino, porque consideraba molesto su follaje, o por cualquier otra razón. Hay arterias -por ejemplo la avenida Mitre- en las cuales el árbol faltante coincide sospechosamente con la existencia de un negocio que aspira a que su cartelería resalte.
Todo esto sucede, obviamente, por la deplorable falta de conciencia que existe entre nosotros acerca de la importancia y la significación mayúsculas que los árboles tienen para el clima, para la higiene del aire que respiramos, y para la estética de la ciudad que habitamos. Acaso por la facilidad con que los vegetales crecen en nuestro suelo, no percibimos su trascendencia y sus beneficios, al contrario de lo que ocurre en otras ciudades argentinas (Mendoza, por ejemplo) donde el arbolado y su frondosidad constituyen motivos de verdadero orgullo para los pobladores. Está de más decir que fue muy otro el criterio de los fundadores de nuestra conciencia cultural -aquella Generación del Centenario-, quienes consideraron a los árboles de la provincia como su más rico patrimonio.
En suma, esta cuestión debe encararse en dos direcciones. La primera y más urgente es, por cierto, evaluar la seguridad de los ejemplares y suprimir los que carezcan de ella. La segunda, poner manos a la obra de reposición que, como es sabido, actualmente puede realizarse transplantando ejemplares de cierto porte, de manera que no sea necesario aguardar décadas para que regresen el follaje y la sombra. De más está decir que esto debe efectuarse con el debido asesoramiento acerca de las especies convenientes. Si todo corre paralelo con una concientización sobre el valor de los árboles, se habrá hecho auténtica obra de bien público.







