Cuidado con el vértigo

Alperovich parece gobernador aun antes de asumir.

19 Octubre 2003
Por Federico Abel

Néstor Kirchner supo ganar con rapidez el respaldo social que no pudo conseguir en las urnas al frustrarse la segunda vuelta electoral por la deserción de Carlos Menem. Lo consiguió convenciendo a la ciudadanía de que la Argentina debía volver a la normalidad. Así, el Presidente comenzó a decir exactamente lo que pensaba -por ejemplo, que nunca hubiera votado por Antonio Bussi-, algo que parecía inédito en el país. Más allá de que los problemas estructurales (sociales, económicos y financieros) siguen obstinados como un roble, aquel simple gesto de devolver a la palabra su preciso valor generó una expectativa impensable hace sólo seis meses. Los argentinos volvieron a creer que, por fin, se habían callado -o, al menos, serenado- los clarines anunciantes del Apocalipsis. Los políticos empezaron a salir del ropero, otra vez, y los negociados dejaron de ser el principal titular de los diarios, como se había vuelto costumbre en el periodismo durante el menemismo (o menemato, como dicen algunos). Aunque aún no se sabe en qué terminarán estos vientos, otro aire se respira.
El problema es que Tucumán sigue desfasada, como si no se hubiera enterado de que el 25 de mayo pasó algo. El gobernador electo, José Alperovich, se jacta de que impondrá el kirchnerismo en la provincia, pero hasta aquí no se ha visto ni la "K" de ese cambio de estilo. Y mucho tiene que ver el hecho de confundir eficacia con vértigo. A diferencia del Presidente, Alperovich llega con un gran aval popular, por lo que tendrá la gran oportunidad de tramar un nuevo contrato social, que mejore la calidad institucional y que genere confianza. Sin embargo, en la primera oportunidad que tuvo usó aquel consenso para pedirle leyes (y vaya qué leyes) a la actual Legislatura cuando aún no asumió. Se comportó como gobernador ya en la transición (en la conferencia de prensa que brindó en su casa hace diez días se definió a sí mismo en más de una oportunidad como "este gobernador"). Además, las normas requeridas, en lugar de llevar tranquilidad, levantaron la sospecha de que sólo se buscan mayores atribuciones para echar mano de las municipalidades, de los empleados públicos y hasta de la Justicia, ya bastante debilitada por los últimos escándalos.
Cuando se discute sobre poder y no sobre ideas, algo anda mal. Casi con ansiedad, Alperovich pidió instrumentos, pero nadie sabe bien para qué. Y la riqueza de una sociedad se mide por la complejidad de su agenda de temas de debate público. Pero cuando la discusión -aun con los tiempos que ello conlleva- se soslaya y las cosas se hacen a los empujones o creyendo que el respaldo popular es sinónimo de cheque en blanco, puede pensarse, en el mejor de los casos, en un arrebato y, en el peor, en pulsión hegemónica. La democracia es el arte de discutir -y de acordar, claro- no sobre cargos ni sobre prebendas, sino sobre aquello en lo que le va la vida a una sociedad; el hambre, por ejemplo.
Llama la atención que entre las iniciativas solicitadas por el gobernador electo a la Legislatura no figure la eliminación de la Ley de Lemas. El 29 de junio, poco después de votar en la escuela Monteagudo, Alperovich prometió que lo haría, aun a costa de cercenar la principal fuente de acumulación de poder del peronismo. De todos modos, todavía faltan diez días para que jure. A lo mejor se guarda la sorpresa para el discurso de asunción. Sólo entonces, a partir de los hechos, comenzará a saberse si la "K" que se dibuja por el resto del país echará raíces en Tucumán. Kirchner no puede estar quieto, pero -hasta aquí- se preocupa por decir adónde va, para bien o para mal. A Alperovich, como buen empresario, también cuesta imaginarlo atornillado en un despacho. El problema es cuando se da el salto al abismo del vértigo, al estar en permanente movimiento pero sin saber por y para qué, más cuando una sociedad necesita seriedad y racionalidad. Lo dijo la semana pasada Ernesto Sábato cuando estuvo en Vinará, Santiago del Estero. "Los hombres se largaron al vértigo. En él no se dan frutos ni se florece. Lo propio del vértigo es el miedo. El hombre adquiere un comportamiento de autómata; ya no es responsable, ya no es libre ni reconoce a los demás".

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