19 Octubre 2003 Seguir en 
El miércoles 8 de abril de 1987 su voz grave, potente y con acento extranjero se abrió camino en la siesta tucumana de 40 grados. Tras referirse a Tucumán como Cuna de la Independencia, dijo: "Desde entonces, los habitantes del norte argentino os sentís especialmente vinculados a este lugar; y habéis cultivado un marcado amor a vuestra patria, sintiendo además la responsabilidad de custodiar la libertad y la tradición cultural de la Argentina. Ser libres significa, antes que nada, no estar esclavizados en el pecado, no servir a dioses extraños, incluso al propio yo. Y lo mismo nos dice Jesús a todos nosotros, y yo mismo se lo repito a todos los argentinos desde esta queridísima ciudad de Tucumán: Si el Hijo os libra, seréis en verdad libres".
En febrero de 2002, cuando la corrupción política, el egoísmo de la dirigencia política y económica, la mala administración del país y la anarquía reinante habían llegado a una expresión extrema, el Pontífice dijo desde el Vaticano: "En la raíz de esta dolorosa situación hay una profunda crisis. Las preocupaciones del momento presente deben conducir a un serio examen de conciencia sobre las trágicas consecuencias del egoísmo, la conducta corrupta que muchos han denunciado y la pobre administración de los activos del país. El futuro se debe basar en la paz, que es fruto de la justicia". Dirigiéndose a los obispos argentinos, dijo: "Con la palabra valiente y teniendo siempre presentes las exigencias del bien común, animen a todos, empezando por los responsables de la vida política, parlamentaria, administrativa y judicial, a promover condiciones de vida más justas".
Juan Pablo II, que el jueves celebró sus 25 años como pontífice, no regresó a Tucumán y tampoco al país desde entonces. Han transcurrido 16 años desde esa visita que conmovió a los tucumanos. Si el Papa volviera a pisar esta tierra, se sorprendería primeramente de encontrar muchas caras de representantes de aquel entonces que siguen ocupando un lugar en los anaqueles del poder. Su corazón se desgarraría al enterarse de que en la Cuna de la Independencia los niños son víctimas mortales de la desnutrición, y el dolor lo acompañaría al recorrer las populosas villas miseria y viera cómo viven las familias en el basural de Los Vázquez.
Se asombraría al observar la esforzada tarea de médicos y paramédicos en los hospitales y se acongojaría al enterarse de que los chicos van a escuela a comer y que a menudo vuelven a su casa con los estómagos vacíos por cuestiones burocráticas.Se indignaría al saber que el analfabetismo es creciente y que en las últimas elecciones para elegir gobernador y legisladores se presentaron más de 37.000 candidatos. Su enojo iría en ascenso al enterarse de que hay 940.000 tucumanos que viven bajo la línea de pobreza -miles de ellos alimentados a bolsones-, mientras una buena parte de la clase dirigente goza de una prosperidad económica inusitada. Se alarmaría del descrédito de la Justicia y de la Legislatura entre los ciudadanos, así como de la incultura, la inseguridad pública, la delincuencia y la ilegalidad en ascenso.
Pero sin duda, Juan Pablo II no entendería qué les ocurre a los tucumanos que no han sido capaces hasta ahora de revertir una realidad tan dolorosa y vergonzosa de una provincia que posee profesionales, investigadores y científicos altamente capacitados y prestigiosos, tres universidades y miles de ciudadanos con verdadera vocación de servicio que desean lo mejor para su comunidad.
Se preguntaría, entonces, qué pasó con el legado de esos patriotas que cultivaron el amor por esta tierra y que soñaron con un Jardín floreciente. Y tras reprendernos por haber permitido que esta comunidad llegara al borde del derrumbe social, moral y cultural, repetiría tal vez: "Ser libres significa, antes que nada, no estar esclavizados en el pecado, no servir a dioses extraños, incluso al propio yo".
En febrero de 2002, cuando la corrupción política, el egoísmo de la dirigencia política y económica, la mala administración del país y la anarquía reinante habían llegado a una expresión extrema, el Pontífice dijo desde el Vaticano: "En la raíz de esta dolorosa situación hay una profunda crisis. Las preocupaciones del momento presente deben conducir a un serio examen de conciencia sobre las trágicas consecuencias del egoísmo, la conducta corrupta que muchos han denunciado y la pobre administración de los activos del país. El futuro se debe basar en la paz, que es fruto de la justicia". Dirigiéndose a los obispos argentinos, dijo: "Con la palabra valiente y teniendo siempre presentes las exigencias del bien común, animen a todos, empezando por los responsables de la vida política, parlamentaria, administrativa y judicial, a promover condiciones de vida más justas".
Juan Pablo II, que el jueves celebró sus 25 años como pontífice, no regresó a Tucumán y tampoco al país desde entonces. Han transcurrido 16 años desde esa visita que conmovió a los tucumanos. Si el Papa volviera a pisar esta tierra, se sorprendería primeramente de encontrar muchas caras de representantes de aquel entonces que siguen ocupando un lugar en los anaqueles del poder. Su corazón se desgarraría al enterarse de que en la Cuna de la Independencia los niños son víctimas mortales de la desnutrición, y el dolor lo acompañaría al recorrer las populosas villas miseria y viera cómo viven las familias en el basural de Los Vázquez.
Se asombraría al observar la esforzada tarea de médicos y paramédicos en los hospitales y se acongojaría al enterarse de que los chicos van a escuela a comer y que a menudo vuelven a su casa con los estómagos vacíos por cuestiones burocráticas.Se indignaría al saber que el analfabetismo es creciente y que en las últimas elecciones para elegir gobernador y legisladores se presentaron más de 37.000 candidatos. Su enojo iría en ascenso al enterarse de que hay 940.000 tucumanos que viven bajo la línea de pobreza -miles de ellos alimentados a bolsones-, mientras una buena parte de la clase dirigente goza de una prosperidad económica inusitada. Se alarmaría del descrédito de la Justicia y de la Legislatura entre los ciudadanos, así como de la incultura, la inseguridad pública, la delincuencia y la ilegalidad en ascenso.
Pero sin duda, Juan Pablo II no entendería qué les ocurre a los tucumanos que no han sido capaces hasta ahora de revertir una realidad tan dolorosa y vergonzosa de una provincia que posee profesionales, investigadores y científicos altamente capacitados y prestigiosos, tres universidades y miles de ciudadanos con verdadera vocación de servicio que desean lo mejor para su comunidad.
Se preguntaría, entonces, qué pasó con el legado de esos patriotas que cultivaron el amor por esta tierra y que soñaron con un Jardín floreciente. Y tras reprendernos por haber permitido que esta comunidad llegara al borde del derrumbe social, moral y cultural, repetiría tal vez: "Ser libres significa, antes que nada, no estar esclavizados en el pecado, no servir a dioses extraños, incluso al propio yo".







