14 Octubre 2003 Seguir en 
Los comicios siguen en segundo plano. Julio Miranda llega al final de su gestión como él mismo no quería. Cortes de ruta, furia gremial, calles cortadas y ensordecedoras bombas de estruendo traerán del arcón de los recuerdos la misma imagen que cada cuatro años se repite en Tucumán.
La famosa paz social de la que hizo gala la gestión mirandista se desdibuja como consecuencia. Hoy será una jornada oscura. La furia de los estatales se centra en la ley que el gobernador electo José Alperovich le hizo sancionar a la Legislatura que se va. Esa norma le da facultades al Ejecutivo provincial para cambiar de lugar a su arbitrio a los empleados públicos. En síntesis, los problemas que Miranda nunca soñó tener se los ocasiona la misma persona que él supo apoyar y promover, aun con la duda y alguna reticencia de los peronistas. Alperovich le desestructuró la tranquila campaña que proyectó el actual mandatario provincial.
Preguntas
Las dudas que saltan entre los desprevenidos es por qué Alperovich genera estos inconvenientes contra alguien que, de alguna manera, fue central para que cumpla su sueño de sentarse en el sillón principal de la Casa de Gobierno tucumana.
La realidad pasa por otro lado. El nuevo gobernador está seguro de que su primer paso para generar su gran transformación es separarse del mirandismo, que se va con una mala imagen. Eso lo desvela a Alperovich, pero puede ser también un bumerán que lo dejará mal parado, porque no le será fácil gobernar divorciado de los principales dirigentes del peronismo.
La película vuelve a repetirse. Los tucumanos ya la vieron, especialmente cuando Ramón Ortega fue traído desde Estados Unidos para que haga los primeros cursos de política en la provincia. Las peleas entre los peronistas fueron el principal escollo que tuvo que sortear el cantautor para llevar adelante su gobierno. Alperovich suele subestimar este problema. Ese también puede ser un grave error.
Entre los alperovichistas prima la idea del estilo K y sostienen que los dirigentes terminarán encolumnándose al sentir el olorcito a poder. Entre los mirandistas están los que esperan que llegue el 27 de este mes para que una vez que hayan pasado los comicios, se haga sentir la fuerza de los peronistas.
Por las dudas, Alperovich no se queda quieto. No pasó inadvertido que el legislador Segundo Fernández, un olijelista de la primera hora, haya sido una pieza fundamental a la hora de promover las leyes que exigía Alperovich. Incluso se escuchó decir a Olijela Rivas que algunos dirigentes fieles tenían asegurado un lugar en el gobierno del futuro mandatario. De confirmarse ese apoyo para la sempiterna dirigente peronista, ese respaldo será una daga para el mirandismo, que se desespera por sumar sufragios justicialistas.
Los alperovichistas quieren que la llegada de Miranda al Senado sea con menos votos que los que consiguió el propio Alperovich. Esa será una forma de marcar las tan ansiadas diferencias.
Semana corta
Aunque corta, esta semana acelerará el ritmo de la campaña en medio de las protestas. Para tranquilizar a su tropa, Miranda tendrá que vetar la criticada ley que afecta a los empleados públicos.
Los peronistas no llegan tranquilos al último tramo proselitista. Tampoco lo hacen sus rivales. A diferencia de otras elecciones, ninguno está en condiciones de hacer gala de que sus pronósticos se cumplirán.
Por eso, los próximos días serán vitales para seducir a uno de los electorados más apáticos de los últimos años. Al desprestigio de la política se le suman estrategias de campaña que no seducen a los votantes o que aún alimentan el voto vergüenza.
La famosa paz social de la que hizo gala la gestión mirandista se desdibuja como consecuencia. Hoy será una jornada oscura. La furia de los estatales se centra en la ley que el gobernador electo José Alperovich le hizo sancionar a la Legislatura que se va. Esa norma le da facultades al Ejecutivo provincial para cambiar de lugar a su arbitrio a los empleados públicos. En síntesis, los problemas que Miranda nunca soñó tener se los ocasiona la misma persona que él supo apoyar y promover, aun con la duda y alguna reticencia de los peronistas. Alperovich le desestructuró la tranquila campaña que proyectó el actual mandatario provincial.
Preguntas
Las dudas que saltan entre los desprevenidos es por qué Alperovich genera estos inconvenientes contra alguien que, de alguna manera, fue central para que cumpla su sueño de sentarse en el sillón principal de la Casa de Gobierno tucumana.
La realidad pasa por otro lado. El nuevo gobernador está seguro de que su primer paso para generar su gran transformación es separarse del mirandismo, que se va con una mala imagen. Eso lo desvela a Alperovich, pero puede ser también un bumerán que lo dejará mal parado, porque no le será fácil gobernar divorciado de los principales dirigentes del peronismo.
La película vuelve a repetirse. Los tucumanos ya la vieron, especialmente cuando Ramón Ortega fue traído desde Estados Unidos para que haga los primeros cursos de política en la provincia. Las peleas entre los peronistas fueron el principal escollo que tuvo que sortear el cantautor para llevar adelante su gobierno. Alperovich suele subestimar este problema. Ese también puede ser un grave error.
Entre los alperovichistas prima la idea del estilo K y sostienen que los dirigentes terminarán encolumnándose al sentir el olorcito a poder. Entre los mirandistas están los que esperan que llegue el 27 de este mes para que una vez que hayan pasado los comicios, se haga sentir la fuerza de los peronistas.
Por las dudas, Alperovich no se queda quieto. No pasó inadvertido que el legislador Segundo Fernández, un olijelista de la primera hora, haya sido una pieza fundamental a la hora de promover las leyes que exigía Alperovich. Incluso se escuchó decir a Olijela Rivas que algunos dirigentes fieles tenían asegurado un lugar en el gobierno del futuro mandatario. De confirmarse ese apoyo para la sempiterna dirigente peronista, ese respaldo será una daga para el mirandismo, que se desespera por sumar sufragios justicialistas.
Los alperovichistas quieren que la llegada de Miranda al Senado sea con menos votos que los que consiguió el propio Alperovich. Esa será una forma de marcar las tan ansiadas diferencias.
Semana corta
Aunque corta, esta semana acelerará el ritmo de la campaña en medio de las protestas. Para tranquilizar a su tropa, Miranda tendrá que vetar la criticada ley que afecta a los empleados públicos.
Los peronistas no llegan tranquilos al último tramo proselitista. Tampoco lo hacen sus rivales. A diferencia de otras elecciones, ninguno está en condiciones de hacer gala de que sus pronósticos se cumplirán.
Por eso, los próximos días serán vitales para seducir a uno de los electorados más apáticos de los últimos años. Al desprestigio de la política se le suman estrategias de campaña que no seducen a los votantes o que aún alimentan el voto vergüenza.







