14 Octubre 2003 Seguir en 
En 1685, el teniente de gobernador de Tucumán, Miguel de Salas y Valdés, recibió la orden de Fernando de Mendoza de Mate de Luna, de trasladar a San Miguel de Tucumán desde Ibatín a su actual emplazamiento. El paludismo era uno de los flagelos que soportaba la ciudad y fue una de las razones que impulsaron la mudanza.
Una calle evoca el nombre del valiente capitán que falleció a fines del siglo XVII. Esta nace en la avenida Gobernador del Campo y es uno de los dos accesos al barrio Piedrabuena. Al llegar a la altura del 1.100, un bache imperialista se ha apoderado de la calle de vereda a vereda y sus víctimas favoritas son los conductores desprevenidos. Al llegar al 1.200, el viajero se sorprende con un géiser de aguas cloacales que ya lleva varios días de existencia; los vahos malolientes se apoderan de las tres torres, donde viven unas 120 familias, muchas con niños pequeños. Las aguas bajan turbias por Alvarez Condarco y desembocan en una alcantarilla de la calle José Hernández, donde hay otro edificio.
Ningún funcionario municipal ha advertido esta situación, posiblemente porque no tienen la sana costumbre de recorrer diariamente el municipio, tomando nota de las deficiencias. Es más cómodo estar sentado en un despacho que interesarse por los problemas de los vecinos.
Si el capitán Salas y Valdés resucitara por un instante y respirara los vahos malolientes, pensaría que el traslado fue un sueño y creería hallarse aún en Ibatín, acosado por los mosquitos y por una epidemia de burócratas.
Una calle evoca el nombre del valiente capitán que falleció a fines del siglo XVII. Esta nace en la avenida Gobernador del Campo y es uno de los dos accesos al barrio Piedrabuena. Al llegar a la altura del 1.100, un bache imperialista se ha apoderado de la calle de vereda a vereda y sus víctimas favoritas son los conductores desprevenidos. Al llegar al 1.200, el viajero se sorprende con un géiser de aguas cloacales que ya lleva varios días de existencia; los vahos malolientes se apoderan de las tres torres, donde viven unas 120 familias, muchas con niños pequeños. Las aguas bajan turbias por Alvarez Condarco y desembocan en una alcantarilla de la calle José Hernández, donde hay otro edificio.
Ningún funcionario municipal ha advertido esta situación, posiblemente porque no tienen la sana costumbre de recorrer diariamente el municipio, tomando nota de las deficiencias. Es más cómodo estar sentado en un despacho que interesarse por los problemas de los vecinos.
Si el capitán Salas y Valdés resucitara por un instante y respirara los vahos malolientes, pensaría que el traslado fue un sueño y creería hallarse aún en Ibatín, acosado por los mosquitos y por una epidemia de burócratas.







