Gustavo Martinelli
Por Gustavo Martinelli 30 Enero 2013
No cabe duda que Tucumán es una provincia prodigiosa. No sólo en historia, sino también en bellezas naturales y en actividades culturales. Pero su fama no radica precisamente en sus prodigios, sino en uno de sus vicios más extendidos: la transgresión. Toda la Argentina lo tiene, pero es en Tucumán donde su virulencia adquiere ribetes de antología. Aquí la transgresión es una expresión de nuestro ser. Una suerte de patrimonio que se mantiene y acrecienta a instancias de un Estado que ha demostrado sobradamente su incapacidad para hacer respetar las normas. En este paisaje cívico invertebrado se permite todo y no se castiga casi nada. Vendedores ambulantes que toman el centro, motociclistas que ocupan las peatonales como si fueran estacionamientos, automovilistas que circulan con total impunidad, peatones poco cuidadosos, montañas de basura desparramadas hasta en las narices de la Casa de Gobierno, robos cotidianos, arrebatos diarios, agresiones y coimas son como las cuentas de un vergonzoso collar. Un abalorio que tiene como único hilo conductor la ausencia pasmosa de valores humanos. "Somos mar, somos nube, somos olvido. Y somos también aquello que hemos perdido", dijo Jorge Luis Borges en un texto sobre nuestra patria. Pero, para ser justos, hay que admitir que la pérdida de valores no es algo nuevo. En marzo de 1855, el tucumano Juan Bautista Alberdi escribió un curioso y contundente alegato sobre la argentinidad. En su obra "Sistema económico y rentístico de la Confederación Argentina", el autor de "Las Bases" dijo cosas como estas: "Los argentinos hemos sido ociosos por derecho y holgazanes legalmente. Se nos alentó a consumir sin producir. Nuestras ciudades capitales son escuelas de vagancia, de quienes se desparraman por el resto del territorio, después de haberse educado entre las fiestas, la jarana y la disipación". Duro ¿no? Pero, como si no hubiera sido lo suficientemente claro, también agregó esto: "Nuestro pueblo no carece de alimentos, sino de educación. Y por eso tenemos pauperismo mental. En realidad nuestro pueblo argentino se muere de hambre de instrucción, de sed de saber, de pobreza de conocimientos prácticos y de ignorancia de hacer las cosas bien. Pero, sobre todo, se muere de pereza, es decir, de abundancia. Quieren pan sin trabajo, viven del maná del Estado y eso los mantiene desnudos, ignorantes y esclavos de su propia situación". ¡Sin palabras! Contundente radiografía de nuestro ser nacional. Una verdad que nos demuestra lo poco que hemos aprendido. Es decir, hoy estamos casi igual que en los tiempos de Alberdi. ¿O no?... ¿No es acaso el olvido nuestro gran pecado? Ese olvido que es parte de la memoria pero que, en esta provincia es sinónimo de ignorancia... ¿Y no es ese afán de recorrer siempre los mismos calvarios lo que define nuestra historia? En las escuelas, por ejemplo, los chicos aprenden a contar, a leer, a calcular y a mirar el mundo a través de una computadora. Sin embargo, se les enseña poco y nada sobre algunos conceptos fundamentales como la solidaridad, las buenas costumbres, el respeto a las normas, la ética y la honestidad. No aprenden a vivir y a convivir como "seres humanos", sino como competidores.

Tal vez por eso el desafío de la sociedad actual sea empezar a escribir de otra manera nuestra historia. Recuperar, por ejemplo, la idea de que el trabajo dignifica y que la limosna agrede; que la ociosidad no es una virtud como lo plantea la televisión, sino una deshonra como lo plantea Alberdi, y que la tan promocionada distribución de la riqueza siempre implica, en la Argentina, la explotación del sector social más desprotegido. Recuperar, en definitiva, el orgullo de ser personas bien nacidas que supieron entender y capitalizar su pasado para poder escribir otro futuro.

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