VOLÓ BAJITO. Barrionuevo, que le gana en el salto al tucumano Gómez, no le aportó su cuota de lujo a Atlético. FOTO DE JAVIER ESCOBAR (ESPECIAL PARA LA GACETA)
ROSARIO.-No importa cómo, pero la desgracia siempre espera agazapada a Atlético. Hay momentos en los que el "decano" genera su propia derrota, como si fuera un equipo corroído por un instinto autodestructivo que lo impulsa a pegarse un tiro en el pie, y otras veces es víctima de la mala providencia que lo persigue desde que comenzó este año. Si alguna vez cae un rayo en medio de un día soleado, se desplomará encima de este Atlético.
Ayer, como en casi todo el año, sucedieron las dos cosas. Una mezcla de fatalidad y de suicido. En la plomiza tarde de Rosario no pasaba nada: Central era un equipo que se mecía en la telaraña de Atlético. El plan adormecedor de Juan Manuel Llop funcionaba. Pero de repente, en medio de esa siesta, Carlos Fondacaro le cometió penal a Gonzalo Castillejos. Lo agarró de la camiseta: la sanción de Fernando Rapallini fue perfecta. Pero si un penal en contra ya era doloroso, la decisión siguiente del árbitro fue letal. Las malas para Atlético llegan con papel carbónico: son por duplicado. Inesperadamente, Rapallini expulsó a Fondacaro "por último hombre". No sólo fue una exageración: fue el remate definitivo para el partido.
El gol de Castillejos y la desventaja numérica destrozaron al visitante. Atlético es un equipo nervioso: se siente perseguido. Aunque fundamentada en la mayoría de los casos, la postal de los jugadores y del técnico quejándose de los árbitros es una diapositiva que, al menos en 2012, se repitió contra Atlanta, Huracán, River y ayer (ver aparte). Superado colectivamente, Atlético apostó a la entrega de sus jugadores. Hubo acciones individuales que merecían mejor suerte, en especial una corrida de 80 metros de Salvatierra, pero el arco de Central siguió quedando tan lejos como Rosario de Tucumán: Manuel García, no atajó una pelota en toda la tarde.
En ese contexto, el segundo gol, de Biglieri, ya cerca del final, era cuestión de tiempo: este Atlético sólo se lleva muy bien con la desgracia. Y nada más.
Ayer, como en casi todo el año, sucedieron las dos cosas. Una mezcla de fatalidad y de suicido. En la plomiza tarde de Rosario no pasaba nada: Central era un equipo que se mecía en la telaraña de Atlético. El plan adormecedor de Juan Manuel Llop funcionaba. Pero de repente, en medio de esa siesta, Carlos Fondacaro le cometió penal a Gonzalo Castillejos. Lo agarró de la camiseta: la sanción de Fernando Rapallini fue perfecta. Pero si un penal en contra ya era doloroso, la decisión siguiente del árbitro fue letal. Las malas para Atlético llegan con papel carbónico: son por duplicado. Inesperadamente, Rapallini expulsó a Fondacaro "por último hombre". No sólo fue una exageración: fue el remate definitivo para el partido.
El gol de Castillejos y la desventaja numérica destrozaron al visitante. Atlético es un equipo nervioso: se siente perseguido. Aunque fundamentada en la mayoría de los casos, la postal de los jugadores y del técnico quejándose de los árbitros es una diapositiva que, al menos en 2012, se repitió contra Atlanta, Huracán, River y ayer (ver aparte). Superado colectivamente, Atlético apostó a la entrega de sus jugadores. Hubo acciones individuales que merecían mejor suerte, en especial una corrida de 80 metros de Salvatierra, pero el arco de Central siguió quedando tan lejos como Rosario de Tucumán: Manuel García, no atajó una pelota en toda la tarde.
En ese contexto, el segundo gol, de Biglieri, ya cerca del final, era cuestión de tiempo: este Atlético sólo se lleva muy bien con la desgracia. Y nada más.
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