"Los profesionales de la salud mental suelen negar su propio padecimiento"

Federico Pavlovsky piensa su práctica y hace autocrítica. Invita a sus colegas a no convertirse en meros técnicos en farmacología.

OBRA Y AUTOR. Es como una hoja de ruta para los que recién empiezan. OBRA Y AUTOR. Es como una hoja de ruta para los que recién empiezan.
23 Marzo 2012

"Un psiquiatra encapsulado en su propio delirio profesional no tendrá el tiempo mental ni la fuerza para manejarse en la sociedad en la que vive. Es indispensable pensar la práctica inmerso en el entramado social". Apasionado, mucho más joven de lo imaginado, buen orador. El doctor Federico Pavlovsky vino a Tucumán para presentar su libro ("el primero -dice sonriente-. Sueño con ser escritor"), llamado "Te tengo bajo mi piel. Psiquiatría y Salud Mental". Visitó LA GACETA y casi no hicieron falta preguntas. Tiene claro qué decir y por qué.

"Este libro fue escrito pensando en los jóvenes psiquiatras (pero hubo mucho público 'lego' que se interesó por él). Se trata de una serie de artículos, pero el hilo conductor son mis 10 primeros años de práctica, que fueron muy duros. Uno es residente y tiene que poder enfrentar el sufrimiento de los demás y dar respuestas, pero lo que uno tiene es una gran cantidad de preguntas. La psiquiatría es una rama de la medicina muy diferente de todas las otras. Si uno decide ser psiquiatra, casi nada de lo aprendido resulta operativo; es como comenzar de cero, una reelección vocacional", arranca.

- ¿No es desesperante?

- Puede serlo. Los primeros contactos con pacientes psiquiátricos suelen generar torbellinos psíquicos, síntomas variados. Y ante eso se corre el riesgo, frecuente entre los profesionales de la salud mental, de negar el propio padecimiento; convertirse en "paciente" muchas veces representa para el residente una amenaza a su idoneidad profesional.

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-¿Cuál es la salida?

- Por un lado, una sólida formación teórica: recuperar la figura de los maestros; zambullirse en la lectura, de psicofarmacología como de los clásicos de la clínica psiquiátrica y de la literatura... Sí -ríe-; más de uno va a mirar con sombro. Pero sostengo que los grandes casos clínicos están en Kafka, en Dostoievski... Por otro, aprender de los errores, y cuestionar supuestos y aspectos implícitos de la práctica, el "detrás de escena" de esta profesión. No responderse nunca "a mí no me va a pasar" cuando, en el fragor de la batalla que impone la precarización laboral (10 y hasta 12 horas de atender pacientes), temas controversiales como la relación entre los médicos y la industria farmacéutica nos tocan bien de cerca.

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- ¿En qué sentido?

- Voy a intentar una síntesis incompleta de un problema que es muy complejo. Por eso de la precarización, los médicos solemos depender de los laboratorios para seguir formándonos: ir a congresos, comprar libros, cursar posgrados. Y ese apoyo no es "gratis". Hay un sutil contrato no escrito, una suerte de promesa que reza "si vos nos ayudás, nosotros te ayudamos a vos". Se espera que los médicos recetemos las drogas que fabrican nuestros "mecenas". ¿Nos dejamos influir por esa expectativa? Muchos de mis colegas juran que no, y no tengo razones para desconfiar de ellos. Yo sólo cuento lo que me pasó: descubrí en mí la sensación de que podía llegar a caer en la tentación. Por eso escribí el penúltimo capítulo del libro; lo describo como "una suerte de exorcismo, de antídoto personal".

- ¿Entonces la industria es el enemigo?

- Para nada. Sin ella, las grandes investigaciones y el desarrollo de medicamentos no hubieran sido posibles... La psicofamacología necesita enormes inversiones. No es la industria la cuestión. Mi planteo se centra en el compromiso ético de estar atentos a en qué medida la oferta de los laboratorios puede incidir en el modo de atender a los pacientes, en las decisiones sobre la prescripción. Es un ejemplo. La idea general es que los profesionales de la salud mental debemos estar atentos a lo que ocurre con la nuestra.

- ¿Qué otra idea se te ocurre destacar pensando en tus jóvenes colegas?

- Que no pierdan el contacto con lo social (suele atentar contra esto la abrumadora soledad del consultorio) y, al mismo tiempo, no olviden que cada sujeto es único. Que vayan más allá de la descripción sintomática, porque sería quedarse sólo con las máscaras de la locura. Que luchen consigo mismos y con el sistema para no convertirse en meros técnicos en farmacología. Que apelen a un arsenal terapéutico amplio y bien sostenido teóricamente y, por otro lado, que recuerden que un único cuerpo teórico, por fundamentado que esté, no puede dar respuestas a todas las formas del sufrimiento humano. Que procuren practicar una psiquiatría "artesanal", ese juego absolutamente serio donde la creatividad es indispensable para enfrentar el desafío del enigma que es el ser humano sufriente que tenemos al frente. Que mantengan y hagan hacer crecer la capacidad de asombro. Esa es la herramienta fundamental de nuestro oficio, y no se logra por azar ni espontáneamente. Se basa, insisto, en una sólida formación teórica, apoyada en la supervisión de los maestros. Vaya a ellos mi homenaje.

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