04 Marzo 2012 Seguir en 

El verdadero compromiso del escritor es consigo y llega a los demás mediante la profundización de uno mismo. Martín Caparrós lo sabe y escribe Los Living con todos sus tormentos y sus miedos de muerte. Lo valedero es la relación que tiene el escritor con el mundo, allí subyace la búsqueda de identidad del personaje Nito, y la del escritor Martín Caparrós: la argentinidad.
La historia que narra esta novela editada recientemente por Anagrama, transcurre desde el momento de la muerte de Perón, día en que nace Nito -irónicamente llamado Juan Domingo-, hasta el show mediático del menemismo. Dos historias se entrecruzan. La central, escrita en primera persona -como la mayoría de las novelas modernas-, avanza desde el vientre materno, pasando por la infancia, la adolescencia y la juventud de Nito, y temáticamente desde su vida pedestre a la fama como predicador evangelista de la muerte. La otra historia se sitúa en el presente, y está escrita en tercera persona, para que el narrador pueda analizar en estos apartados -de manera distanciada-, los pensamientos que el protagonista es incapaz de manifestar. Ambas historias se fundirán hacia el final.
No es frecuente encontrar novelas en las que el lector devore páginas y atraviese los más variables estados del alma; se reencuentre con un pasado, no tan lejano en años, 30, aunque sin embargo resulte abismal en cuanto a las costumbres, las frases "muletillas" de entonces, las descripciones de interiores de las casas, los códigos, maneras de pensar que van desde la cultura del esfuerzo hasta el facilismo y la mediocridad de los '90. Los Living es un reflejo de la clase media argentina y su decadencia económica y espiritual. Transita el fervor y la desazón de la guerra de Malvinas, ironiza las vanguardias artísticas, y contrariamente a lo esperado, soslaya los desaparecidos.
La madre de Nito, abnegada y sacrificada, lo abarca todo: oculta la muerte del padre, le niega su imagen y hasta disimula su propia adicción a las drogas. Cuando la moral tradicional ya no se impone, la simulación de la moral es otra forma de degradar esa moral.
Nito indaga acerca de la muerte paterna, y llega hasta la casa del conductor que lo atropelló hace 15 años. El narrador plantea una fórmula que la repetirá a lo largo de la novela: el "si…". El accidente es la consagración del si. El destino trágico vence todos los condicionales y lo deja al protagonista sin padre. Si el señor no hubiera... si su esposa gordita no hubiera...
La distancia que media entre la muerte de Perón y el nacimiento de Nito, se configura bajo la forma de otra reflexión: por qué embalsamar sólo a los grandes estadistas como Lenin o Perón y evitar a los íntimos, a los sin nombre, para que la muerte participe de la vida en el living de la casa. La presencia invisible de los muertos invade la ciudad, en un drama digno de haber obtenido el Premio Herralde de Novela 2011.
El último capítulo es el menos recomendable. Hasta podría prescindirse del mismo. Una pena: pasa de una gran verosimilitud a rozar un grotesco tan previsible como inauténtico. Termina de manera obvia en la Sociedad Rural. El mundo del poder de los años '90, un mundo vacío de sentido, y lejos de la realidad entrañable del hombre. En síntesis: una novela magnífica que merece ser leída. © LA GACETA
La historia que narra esta novela editada recientemente por Anagrama, transcurre desde el momento de la muerte de Perón, día en que nace Nito -irónicamente llamado Juan Domingo-, hasta el show mediático del menemismo. Dos historias se entrecruzan. La central, escrita en primera persona -como la mayoría de las novelas modernas-, avanza desde el vientre materno, pasando por la infancia, la adolescencia y la juventud de Nito, y temáticamente desde su vida pedestre a la fama como predicador evangelista de la muerte. La otra historia se sitúa en el presente, y está escrita en tercera persona, para que el narrador pueda analizar en estos apartados -de manera distanciada-, los pensamientos que el protagonista es incapaz de manifestar. Ambas historias se fundirán hacia el final.
No es frecuente encontrar novelas en las que el lector devore páginas y atraviese los más variables estados del alma; se reencuentre con un pasado, no tan lejano en años, 30, aunque sin embargo resulte abismal en cuanto a las costumbres, las frases "muletillas" de entonces, las descripciones de interiores de las casas, los códigos, maneras de pensar que van desde la cultura del esfuerzo hasta el facilismo y la mediocridad de los '90. Los Living es un reflejo de la clase media argentina y su decadencia económica y espiritual. Transita el fervor y la desazón de la guerra de Malvinas, ironiza las vanguardias artísticas, y contrariamente a lo esperado, soslaya los desaparecidos.
La madre de Nito, abnegada y sacrificada, lo abarca todo: oculta la muerte del padre, le niega su imagen y hasta disimula su propia adicción a las drogas. Cuando la moral tradicional ya no se impone, la simulación de la moral es otra forma de degradar esa moral.
Nito indaga acerca de la muerte paterna, y llega hasta la casa del conductor que lo atropelló hace 15 años. El narrador plantea una fórmula que la repetirá a lo largo de la novela: el "si…". El accidente es la consagración del si. El destino trágico vence todos los condicionales y lo deja al protagonista sin padre. Si el señor no hubiera... si su esposa gordita no hubiera...
La distancia que media entre la muerte de Perón y el nacimiento de Nito, se configura bajo la forma de otra reflexión: por qué embalsamar sólo a los grandes estadistas como Lenin o Perón y evitar a los íntimos, a los sin nombre, para que la muerte participe de la vida en el living de la casa. La presencia invisible de los muertos invade la ciudad, en un drama digno de haber obtenido el Premio Herralde de Novela 2011.
El último capítulo es el menos recomendable. Hasta podría prescindirse del mismo. Una pena: pasa de una gran verosimilitud a rozar un grotesco tan previsible como inauténtico. Termina de manera obvia en la Sociedad Rural. El mundo del poder de los años '90, un mundo vacío de sentido, y lejos de la realidad entrañable del hombre. En síntesis: una novela magnífica que merece ser leída. © LA GACETA
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