La mona y la seda

El consagrado violinista norteamericano Joshua Bell tocó durante 45 minutos en una calle de Washington. De las 1.000 personas que pasaron caminado, apenas cuatro o cinco de ellas se detuvieron a escuchar un concierto por el que, esa misma noche, el público iba a pagar localidades que promediaban los 200 dólares. Por Asher Benatar para LA GACETA - Buenos Aires.

LA BELLEZA DESOÍDA. El violinista Joshua Bell no dudó ni un instante en quitarse el aura de virtuoso intocable para actuar en la calle. TODOINSTITUTE.COM LA BELLEZA DESOÍDA. El violinista Joshua Bell no dudó ni un instante en quitarse el aura de virtuoso intocable para actuar en la calle. TODOINSTITUTE.COM
12 Febrero 2012
Son insoportables,  fotos con atardeceres naranjas, las flores siempre chorreando sutilmente esa gota de rocío que se advierte colocada para despertar ternura,  frases admonitorias que muestran siempre estar de vuelta merced a  una profunda serenidad adquirida en el ejercicio permanente de la bondad, la paciencia y el tino. Sí, adivinó, son las "cadenas" de Internet. Pero de vez en cuando, esas llamadas cadenas reflejan cosas interesantes. Hay que someterla a la lupa y hurgar.
Días pasados recibí un mensaje que mostraba al notable violinista norteamericano  Joshua Bell tocando un solo del Werther, de Massenet, en  plena  calle, muy cerca de la boca de un  subterráneo de Washington. Algunos cables de agencias noticiosas no niegan que la  obra interpretada fuera la del Werther (Ah! Non mi ridestar), pero es como si lo  hicieran, porque ni siquiera la mencionan y señalan que eran  composiciones de Bach. Peor.  
Durante los 45 minutos que el consagrado y joven concertista tocó (según se adivina, incursionó en otras partituras), pasaron, se calcula, unas 1.000 personas por el lugar. Apenas cuatro o cinco de ellas se detuvieron  a escuchar un concierto por el que, esa misma noche, el público  iba a pagar localidades que promediaban los 200 dólares.
En esos tres cuartos de hora, varios de lo que por allí pasaban dejaron su óbolo contribución. Todos ellos, sumados, alcanzaban la suma de 32 dólares, cifra que mereció un comentario benévolamente irónico del brillante concertista.
No tengo demasiado en mérito la cultura de masas de los norteamericanos, pero en este caso, en un primer momento me sentí asombrado. ¿Nadie advirtió que el solista no era un aficionado necesitado de dinero y que por ello se veía obligado a  tocar  "a la gorra"? ¿Nadie se dio cuenta de la pureza de los agudos, de la oscura melancolía de los graves en esa trascripción a las cuerdas de una de las más bellas áreas de ópera que se han compuesto? ¿Es posible que, después de esta prueba, auspiciada con fines de estudio sociológico  por uno de los más influyentes diarios de los Estados Unidos, haya que dudar de los bravos, de los gritos casi histéricos, de las ovaciones que duran hasta 30 minutos premiando a  los instrumentistas o  a  los cantantes? ¿Será cierto o una simple leyenda urbana que en el "gallinero",  casi colgados de la araña, pagando entradas de un precio muy modesto, se agrupan los verdaderos entendidos, ésos que fabrican y demuelen famas a través de aplausos o abucheos? Tengo mi opinión formada, que no es precisamente tranquilizadora. Se me ocurre que el público se deja llevar por la escenografía del arte, por los telones de kilométrica pana, por el respeto casi religioso con que la gente  mantiene silencio durante la ejecución. Se deja llevar por los rojos  y los dorados, por los smokings y por las ropas de fiesta de las mujeres -cuanto más brillo, tanto mejor-, por el clima que todo ello conforma y que lleva al ditirambo que en algunos casos sospecho simulado.  Desaparecido esto, suplantado el ámbito del gran teatro por el  de una simple calle donde la gente circula vestida con vaqueros y remera, el virtuoso se confunde con el amateur, nada sorprende y, lo que es peor, nada provoca que la gente dedique unos minutos a gozar del gran arte porque no se han dado cuenta de que en esta sencilla anécdota de una calle de Washington, para ellos, el arte se agazapó, levantó las solapas de su abrigo, estuvo de incógnito.  
Lo que llamó mi atención, aunque en los tiempos que corren no debería haberlo hecho, es que la "cadena" de Internet insistía en que ese concierto callejero había tenido lugar utilizando un Stradivarius valuado en tres millones de euros. La misma estructura monetaria  encontré hurgando en el buscador de Internet. Una y otra vez se señalaba esa cotización en euros, propia de revistas de actualidad de baja ralea intelectual, sin darse cuenta de que las notas musicales sorprendentes se habrían obtenido con cualquier instrumento, aunque lo afinara mi tío Jacinto, que no tiene la menor idea de lo que es una corchea.  Y me parece que ahí llegamos al meollo del asunto: el aspecto material, el dinero, el poder de persuasión que éste otorga. ¿Cuántos de los que pasaron con indiferencia al lado de Joshua Bell no se habrían detenido si hubieran sabido que el instrumento tenía una valuación millonaria? Disculpen si soy escéptico, pero creo que, en ese caso, cientos y cientos de personas habrían formado un círculo fervoroso y que los aplausos habrían  llegado hasta el Capitolio. Y disculpen que siga siendo escéptico, pero creo que todas estas lucubraciones se adaptan a Londres, París, Buenos Aires, Milán  o New York.
El snobismo (y su impresentable compañera: la tilinguería), la simulación, el vestirse con  falsos ropajes de sensibilidad no es patrimonio de un país o de una ciudad. © LA GACETA

Asher Benatar - Fotógrafo, dramaturgo y novelista.

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