No cambiaron los problemas

El Gobierno no puede "hacer la plancha". Los consumidores aprovechan estos días. (Por Luis Alberto Peña, Jefe de Redacción).

06 Julio 2003
Por lo menos en el corto plazo, las elecciones no cambiarán casi nada. No hay señales de que la economía tucumana pueda modificar su curso y que miles de desempleados y marginales logren entrar en un mágico período de abundancia. Tucumán sigue flotando en una triste decadencia.
Con menos Bocade en las calles y con más de dinero en el bolsillo gracias al aguinaldo, los consumidores aprovechan estos días apenas para darse algunos gustos o para pagar sus deudas.
Los comicios quedaron atrás, pero los problemas de Tucumán siguen vigentes. El sistema electoral sirvió para acelerar el desencanto de la gente y la definitiva pérdida de fe en los políticos. No hubo una oxigenante renovación de dirigentes y se mantienen los mismos protagonistas, que sólo cambiaron de lugar.
En el mundo de los negocios las dudas no aflojan. El círculo virtuoso que se vaticinó es una simple promesa electoral. En el Estado no sobra dinero para multiplicar obras públicas o redistribuir riqueza, como se cree, y sólo queda un estrecho margen para urdir travesuras.
Aunque las finanzas fiscales andan bien, se mantienen latentes las dificultades sociales, educativas, sanitarias y de seguridad personal, que se arrastran por el desinterés gubernamental, cuyas prioridades pasan por otro lado.
De todos modos, los empresarios dicen que vienen meses tranquilos para Tucumán, como consecuencia de la estabilidad nacional, del aumento de la recaudación y de la eficiencia del equipo de Hacienda para manejar los recursos, no por otra cosa.
Será contraproducente que los funcionarios, aunque se renueve el gabinete, hagan la plancha y esperen inactivos el reemplazo. No es suficiente pagar los sueldos y tener ordenado al sector público. La gente pide más.
Por el debilitamiento que muestra la administración saliente, a los empresarios les gustaría -lo dicen sin ruborizarse- un cambio anticipado de mando, teniendo en cuenta que octubre está lejos, aunque saben que eso es imposible. Si no es así, esperan que el mirandismo reparta el juego medianamente bien y que se ocupe ahora de los problemas que afligen a la gente.

Un juego injusto
En esta puja de intereses políticos y de necesidades insatisfechas en todos los niveles de la sociedad, siempre salen perdiendo los tucumanos y ganan unos pocos privilegiados.
La ansiedad por encontrar una salida, con promesas de controlar el gasto que nadie cree, tropieza con el endeudamiento del Estado. El fisco es un sector voluminoso del problema tucumano, pero existe otra enorme porción, no estatal, que también lucha por sobrevivir.
Aplastan al sector privado la falta de crédito por las altas tasas y la selección que hacen los bancos de sus clientes, en busca de los más sólidos; el enfriamiento del consumo, porque la plata no alcanza para grandes gastos, y la escasez de inversiones, salvo en el sector agroindustrial, que es uno de los beneficiados con la devaluación y el auge de las exportaciones.
Las luchas políticas ocultan otros inconvenientes. Son inentendibles el conflicto municipal, en una ciudad de 600.000 almas que está a la deriva, o el desinterés estatal en reducir impuestos y despejar el camino a las empresas, para que se animen a crear empleos, como única forma de atacar una desocupación que afecta a 200.000 tucumanos.
Existe una oscura pulseada entre los que salen, los que entran y los que se quedan, en busca de definir quién se quedará con el poder y como se manejará a Tucumán. Los políticos creen que son el centro de la galaxia y que todo debe girar alrededor de ellos. Mientras tanto, la gente no come, no trabaja, no se educa.

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