Alguien compró todas las entradas de una cena en su homenaje, sólo para dejarla desierta, y otros compraron toda la platea del teatro para poner un público que únicamente lo abucheó. Enrique Santos Discépolo provocaba estos rechazos en su época, mientras más se acercaba al peronismo a fines de los 50, y aquella temporada teatral de "Blum" pasó del éxito de taquilla a la declinación. En la obra, el señor Blum, dueño de industrias diversas (desde el teléfono hasta el jabón, pasando por los tranvías), es un todopoderoso que sólo piensa en su romance mientras afuera de su edificio se escuchan los reclamos obreros; Discépolo, tal vez, quedó envuelto en sus contradicciones, porque retrata una realidad que está lejos de su pensamiento político, contaminado por su amistad con Evita y Juan Perón. De todas formas, la obra de teatro trata con bastante liviandad esta situación, y se convierte en una comedia, también liviana, salpicada con una historia de amor con tinte de enredos, no resuelta.
El Teatro Estable arrancó su temporada el sábado con la puesta de "Blum", con la dirección de Jorge Gutiérrez, pero no quedó claro el por qué de la elección de esta obra de parte de las autoridades (una decisión que forma parte de la política cultural cuando se tratan de los Elencos Estables).
Por el contrario, quedó evidenciado el profesionalismo de la mayoría de los actores, que, a fuerza de gags (entendido como efectos burlescos) y de la creación de situaciones un tanto divertidas, levantó el tono de la comedia. En ese camino se destaca la elocuencia de Jorge García (pasa de su rol teñido con solemnidad, al principio, a la desfachatez de las últimas escenas); la picardía criolla que asume, por ejemplo, Sergio Aguilar, un botones fiel al patrón, pero también a las propinas; Rubén Ávila, en su doble papel de un insistente vendedor a un amanerado coreógrafo; y la composición de Andrea Barbá, de una Lucy, entre inocente y seductora, que, estando de novia con el asistente de Blum llega a enamorarlo a él mismo. También se destacan Andrés D?Andrea (marcó primero en el aplausómetro de la función del viernes por la noche), y por supuesto un Ricardo Podazza que no debe haber encontrado ninguna dificultad para representar a Blum. Sin duda, fue una vuelta de tuerca del director haber planteado la puesta en un ascensor.
El Teatro Estable arrancó su temporada el sábado con la puesta de "Blum", con la dirección de Jorge Gutiérrez, pero no quedó claro el por qué de la elección de esta obra de parte de las autoridades (una decisión que forma parte de la política cultural cuando se tratan de los Elencos Estables).
Por el contrario, quedó evidenciado el profesionalismo de la mayoría de los actores, que, a fuerza de gags (entendido como efectos burlescos) y de la creación de situaciones un tanto divertidas, levantó el tono de la comedia. En ese camino se destaca la elocuencia de Jorge García (pasa de su rol teñido con solemnidad, al principio, a la desfachatez de las últimas escenas); la picardía criolla que asume, por ejemplo, Sergio Aguilar, un botones fiel al patrón, pero también a las propinas; Rubén Ávila, en su doble papel de un insistente vendedor a un amanerado coreógrafo; y la composición de Andrea Barbá, de una Lucy, entre inocente y seductora, que, estando de novia con el asistente de Blum llega a enamorarlo a él mismo. También se destacan Andrés D?Andrea (marcó primero en el aplausómetro de la función del viernes por la noche), y por supuesto un Ricardo Podazza que no debe haber encontrado ninguna dificultad para representar a Blum. Sin duda, fue una vuelta de tuerca del director haber planteado la puesta en un ascensor.







