La huida de Narciso

Por Alvaro Simón Padrós, Redacción LA GACETA. asimonpadros@lagaceta.com.ar

22 Febrero 2011
Había una vez un masajista a domicilio llamado Luis Piccinetti. El cuento empieza así. Sobre la mitad aparecen las manchas de sangre; al cabo de unas páginas todos quieren saber cómo termina la historia.

Sin embargo, no hay final. El personaje está prófugo, lo busca la Policía. La ausencia del carismático acusado consternó a quienes desfilaban los pasillos del penal de Tribunales. Los oficiales uniformados de azul no reían cómo antes, la joven que suplicaba un autógrafo se comía las uñas en un banco de madera, el único que tuvo el coraje de armar una frase piccinetesca quedó en ridículo y los rostros de la tribuna -verdaderas muecas de disconformidad- le dictaron su propia sentencia.

Ayer no hubo pan ni vino, al proveedor se le olvidó protagonizar el talk show. O a lo mejor, se hizo a un costado. El tribunal lo tildó de rebelde y ordenó su captura. El panorama, entonces, es el siguiente: desapareció el devoto del chicle, el intelectualoide devenido en showman mediático; el presunto homicida -cual estrella de rock decadente- abandonó el escenario y a un pogo de numerosos curiosos.

"Para vivir en libertad hay que ser esclavo de la ley". El dandy no fraterniza con esta máxima. Prefiere saldar cuentas con el narcisismo del cual se lo acusa: "Narciso, cuando se miraba en el río, no era para ver su belleza, sino para tratar de estar solo y llorar, porque el hombre es el ser más peligroso de la tierra", escribió en su carta.

Bueno, Piccinetti ahora medita en soledad, vaya uno a saber dónde. El viernes lloró por teléfono. Lágrimas que acompañó con un sollozante "estoy hasta las manos".

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