La promesa fue cumplida, aunque hay mucho por hacer

21 Feb 2011
Rock del Valle cumplió. A las apuradas, con problemas e incomodidades, las bandas anunciadas pudieron tocar. Puede discutirse sobre una grilla sobreabundante en reggae (del mejor, por suerte); que tal vez faltó alguna otra banda fuerte y convocante: que hubo estilos o segmentos poco atendidos... O que las carpas no estuvieron bien ordenadas y los tiempos muertos en el escenario principal se hicieron largos. Mucho se puede mejorar.

El festival se hizo y creció en relación con la primera edición. La gente bailó, disfrutó bajo la lluvia y terminó haciendo del barro un buen compañero. No llegó en masa, no desbordó el club y muchos seguramente dudarán de volver en la próxima (si es que hay una). Hubo decepción por el breve show de No Te Va Gustar o por el abrupto fin del de Las Pelotas. Y es razonable pensar en cargar las responsabilidades sobre los organizadores.

En materia de entretenimiento masivo y artístico hay más para dar. Están los músicos, que hay muchos. Producen, tocan, graban. A algunos les va bien y hasta trascienden la frontera provincial. También está la versión interna, que tiene enormes y exitosos festivales... de folclore y de la movida tropical. No son muchos y no logran una clara referencia en el mapa nacional, pero están.

La cantidad y la calidad de la producción rockera tucumana es reconocida en todo el país, como también las complicaciones para organizar recitales pequeños o grandes, o abrir locales. Por eso, entre otras cosas, las marcas de cervezas dejaron de hacer sus giras norteñas. Y cuando los festivales parecían una cosa lejana en estas tierras, apareció en 2010 el de Tafí del Valle. Demasiados problemas ajenos a los factores climáticos, que también los hubo, hicieron cambiar el rumbo. Ahora se hizo en la capital; algunos palos dejaron de frenar el movimiento de las ruedas y surgieron otros.

Hay un Tucumán que tiene todas las condiciones para ser por fin una gran plaza rockera a nivel nacional. Es el que impulsan desde abajo los músicos y el público que quiere disfrutar en paz y con comodidad de las bandas que le gustan. Y está el otro, el de las trabas que no permiten desarrollar una movida artística, comercial y turística.

Planear grandes recitales o encuentros, más allá del estilo, es hoy un desafío para pocos. Deben tener los recursos económicos y la decisión de enfrentar demasiados contratiempos. Para muchos es más fácil hacerlos en otras provincias, y ahí está Salta dispuesta a recibir todo lo que se cae de Tucumán y a generar su propio circuito con la inercia natural de una escena siempre en movimiento. No se trata sólo de subsidios estatales, sino de decisiones de fondo.

El tope horario es sólo uno de esos escollos para quienes quieren invertir, organizar, tocar o divertirse. Es el botón de muestra de una forma de organizar la vida de la sociedad que genera un mercado (ilegal, según estas normas) que se desarrolla casi sin problemas y provoca el desaliento de quienes quieren hacer bien las cosas.

Rock del Valle es a esta altura una gesta en trance. Todavía no terminó esta edición, y sería deseable que haya muchas más por venir. También que surjan más productores dispuestos a pensar a largo plazo, en convertir a la provincia en un punto de referencia. Aunque de nada sirven estas decisiones si no se encuentren las condiciones para arriesgar.
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