El amor y la fascinación por los líderes
Idealización, empobrecimiento del que ama y pérdida de juicio crítico se repiten en ambas pasiones. Vincere, la película recientemente estrenada que recrea pasajes de la vida de Mussolini y de una de sus amantes, muestra las conexiones entre la política y el enamoramiento.
03 Octubre 2010 Seguir en 

Por Alfredo Ygel
Para LA GACETA - Tucumán
¿Qué diferencia esa pasión amorosa que se desata en una enamorada de la fascinación hipnótica de un pueblo por su líder? Nada, nos responde Marco Bellocchio desde su estupenda película Vincere, su personal aproximación a la figura de Benito Mussolini. Ya Sigmund Freud, el genial creador del psicoanálisis, con fineza clínica nos había advertido que el enamoramiento se diferenciaba de la hipnosis colectiva de las masas en que en el amor se trata de una relación de a dos, la que involucra al amante y al amado. El engrandecimiento e idealización del objeto amado, el empobrecimiento del yo de quien ama, la escasa posibilidad de raciocinio y de crítica, son características que encontramos tanto en el enamorado como en la psicología de las masas subyugadas por un líder. Esto es lo que magistralmente nos muestra este film cuya narración es un contrapunto entre la ficción de la vida amorosa de Mussolini y su amante Ida Dalser, y las imágenes de archivo documental de los discursos del Duce frente a su masa en la empobrecida Italia de los primeros años del siglo XX. La entrega de cuerpo y alma de una mujer en su loca pasión por su amado que la lleva al desprendimiento total, van acompañadas de la entrega absoluta de todo un pueblo a su líder y dictador. Este le ofrece a la masa en sus arengas victoriosas el grito de "Vincere", venceré, incluyendo al pueblo en su gesta guerrera a fin de destrozar al enemigo. El poder absoluto le brinda a la masa la posibilidad de alcanzar en ese frenesí colectivo la desbordante sensación de alcanzar el ideal de vencer el dolor, la carencia, la finitud de la muerte.
Ida es desatada en su pasión allí donde su mirada embelesada se encuentra con el personaje de Mussolini en sus arengas políticas en el que reta a Dios para demostrar su inexistencia, o cuando de espaldas y desnudo enfrenta a una multitud imaginaria en la plaza. Mussolini desafía todo poder que lo limite, sea Dios, la monarquía o el conjunto de los hombres. Su mirada solo busca el poder y la gloria no encontrando límites ni en los encuentros sexuales, en el amor, o en su descendencia filiatoria, lo que lo situaría en falta como cualquier humano.
Ida ofrece en su sometimiento, en su humillación y maltrato, su subjetividad, y la del hijo concebido por ese amor, en el afán de hacer existir un padre terrible. El pueblo ofrece su libertad y su razón en su trágica fascinación: la del pueblo italiano hacia el Duce, encarnación del más seductor y monstruoso fascismo. Se ofrece haciendo existir un Otro que lo someta a su voluntad caprichosa. Vincere, venceré, venceremos, es la promesa que ofrece el amado, el líder absoluto, encarnando una imaginaria salida a la fragilidad que nos constituye como humanos.
La locura y la tragedia
A partir de ser desconocida por su amado, Ida no deja de escribir cartas, aún sabiendo que no llegarán a destino y no obtendrán respuesta en su intento de ser reconocida y amada. Una carta, la de su hijo, será la única respuesta a la humanidad perdida en ese totalitarismo de masas en donde claudican no solo el pueblo, sino los poderes de la iglesia y de la ciencia, representada por la psiquiatría. Letra escrita, palabras que se inscriben en un papel, que dicen de la resistencia a la deshumanización en la posibilidad del intercambio y del lazo con el otro. Ida y el hijo concebido con Mussolini mueren internados en manicomios dando testimonio con sus trágicos destinos de que allí donde fracasa el amor y el lazo con el otro, solamente sobreviene la locura y la muerte.
Esta película viene a mostrarnos y a advertirnos sobre la facilidad que tenemos los seres humanos de caer en la locura pasional tanto individual como en forma colectiva cuando invocamos a un amo al cual nos sometemos pasivamente. Nada más atinado como advertencia en momentos actuales de la civilización donde las salidas totalitarias y los fundamentalismos intentan una y otra vez, ofrecerse como salidas frente al difícil tránsito que cada ser humano nos toca realizar en nuestro paso por la vida.
© LA GACETA
Alfredo Ygel - Profesor de la Facultad de Psicología de la
UNT, presidente del Grupo de Psicoanálisis de Tucumán.
Para LA GACETA - Tucumán
¿Qué diferencia esa pasión amorosa que se desata en una enamorada de la fascinación hipnótica de un pueblo por su líder? Nada, nos responde Marco Bellocchio desde su estupenda película Vincere, su personal aproximación a la figura de Benito Mussolini. Ya Sigmund Freud, el genial creador del psicoanálisis, con fineza clínica nos había advertido que el enamoramiento se diferenciaba de la hipnosis colectiva de las masas en que en el amor se trata de una relación de a dos, la que involucra al amante y al amado. El engrandecimiento e idealización del objeto amado, el empobrecimiento del yo de quien ama, la escasa posibilidad de raciocinio y de crítica, son características que encontramos tanto en el enamorado como en la psicología de las masas subyugadas por un líder. Esto es lo que magistralmente nos muestra este film cuya narración es un contrapunto entre la ficción de la vida amorosa de Mussolini y su amante Ida Dalser, y las imágenes de archivo documental de los discursos del Duce frente a su masa en la empobrecida Italia de los primeros años del siglo XX. La entrega de cuerpo y alma de una mujer en su loca pasión por su amado que la lleva al desprendimiento total, van acompañadas de la entrega absoluta de todo un pueblo a su líder y dictador. Este le ofrece a la masa en sus arengas victoriosas el grito de "Vincere", venceré, incluyendo al pueblo en su gesta guerrera a fin de destrozar al enemigo. El poder absoluto le brinda a la masa la posibilidad de alcanzar en ese frenesí colectivo la desbordante sensación de alcanzar el ideal de vencer el dolor, la carencia, la finitud de la muerte.
Ida es desatada en su pasión allí donde su mirada embelesada se encuentra con el personaje de Mussolini en sus arengas políticas en el que reta a Dios para demostrar su inexistencia, o cuando de espaldas y desnudo enfrenta a una multitud imaginaria en la plaza. Mussolini desafía todo poder que lo limite, sea Dios, la monarquía o el conjunto de los hombres. Su mirada solo busca el poder y la gloria no encontrando límites ni en los encuentros sexuales, en el amor, o en su descendencia filiatoria, lo que lo situaría en falta como cualquier humano.
Ida ofrece en su sometimiento, en su humillación y maltrato, su subjetividad, y la del hijo concebido por ese amor, en el afán de hacer existir un padre terrible. El pueblo ofrece su libertad y su razón en su trágica fascinación: la del pueblo italiano hacia el Duce, encarnación del más seductor y monstruoso fascismo. Se ofrece haciendo existir un Otro que lo someta a su voluntad caprichosa. Vincere, venceré, venceremos, es la promesa que ofrece el amado, el líder absoluto, encarnando una imaginaria salida a la fragilidad que nos constituye como humanos.
La locura y la tragedia
A partir de ser desconocida por su amado, Ida no deja de escribir cartas, aún sabiendo que no llegarán a destino y no obtendrán respuesta en su intento de ser reconocida y amada. Una carta, la de su hijo, será la única respuesta a la humanidad perdida en ese totalitarismo de masas en donde claudican no solo el pueblo, sino los poderes de la iglesia y de la ciencia, representada por la psiquiatría. Letra escrita, palabras que se inscriben en un papel, que dicen de la resistencia a la deshumanización en la posibilidad del intercambio y del lazo con el otro. Ida y el hijo concebido con Mussolini mueren internados en manicomios dando testimonio con sus trágicos destinos de que allí donde fracasa el amor y el lazo con el otro, solamente sobreviene la locura y la muerte.
Esta película viene a mostrarnos y a advertirnos sobre la facilidad que tenemos los seres humanos de caer en la locura pasional tanto individual como en forma colectiva cuando invocamos a un amo al cual nos sometemos pasivamente. Nada más atinado como advertencia en momentos actuales de la civilización donde las salidas totalitarias y los fundamentalismos intentan una y otra vez, ofrecerse como salidas frente al difícil tránsito que cada ser humano nos toca realizar en nuestro paso por la vida.
© LA GACETA
Alfredo Ygel - Profesor de la Facultad de Psicología de la
UNT, presidente del Grupo de Psicoanálisis de Tucumán.
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