Expresar nuestro mundo

Por Joaquín Ezequiel Linares.

10 Enero 2010

Pertenezco a una generación que tiene un desarrollo bastante parecido, tanto en nuestros problemas estéticos, como en los políticos y por ende en los culturales. La generación que nos precedió, estuvo formada en lo mejor de la poesía, la novelística, la pintura europeas. Y hasta los grandes valores de ellas, sufrieron un acondicionamiento cultural que no les permitió ver con claridad lo que los rodeaba, con total desprejuicio, con verdadera libertad de acción. Sobre todo estéticamente fuimos formados por ellos, con conocimientos profundos, sobre el manejo y el ejercicio de nuestro quehacer.

En casi la totalidad de los escritores y pintores latinoamericanos, se nota en el primer período de su obra, esta preocupación por la buena factura, por el juego estético de alto nivel, que los maestros habían impregnado en nosotros.  

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Pero cuando llegó el momento de definir nuestra acción, nos dimos cuenta que lo que hacíamos, estaba bastante ausente de contenidos. Que no expresábamos lo que vivíamos cotidianamente, que repetíamos fórmulas importadas y que aunque lo hiciéramos a veces con inmejorable "factura artística", esto no satisfacía nuestras necesidades de expresarnos a nosotros mismos. Que los problemas estéticos no lo eran todo. Que había que decir a gritos, balbucientemente, de cualquier manera, urgentemente lo que nos inquietaba.

Verdaderamente, no podíamos tirar por la borda lo que ya era carne en nosotros; esto era evidente, y rastreando la obra de cualquier creador latinoamericano, podemos analizar las influencias, los conocimientos adquiridos. Partir de cero, es un absurdo tan grande como creer que gritando ¡basta de cultura! podemos hacer una nueva cultura. El quehacer artístico tiene un desarrollo del que es imposible cortar el cordón umbilical que nos une al hombre de las cavernas, y creo que en todo desarrollo humano sucede lo mismo.  

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Lo que sí era necesario, era mirar a nuestro alrededor, era expresar conscientemente el mundo que nos rodeaba. Tratar de expresar ese mundo tan rico en imaginaciones, en mitos, en ideales, que es el pueblo al que pertenecemos. Por eso el abocarnos a esta tarea es nuestro común denominador, el rasgo que quizá con mayor claridad nos caracteriza y en Tucumán no podemos escapar a este proceso que cada vez va siendo más claro, más consciente.

Si pensamos de una misma manera, sufrimos por los mismos problemas y nos nutrimos de las mismas esencias populares, por lógica consecuencia tenemos que desarrollar un arte que tenga un denominador común, una manera homogénea de expresarnos. Cuando los "críticos" señalan como un defecto, con esa cortedad de imaginación que los caracteriza generalmente, el que nos influenciemos unos a otros y que tomemos lo que nos interesa de otro artista que trabaja a nuestro lado, esto debieran interpretarlo como un diálogo fructífero, que idénticas preocupaciones y fuentes comunes hacen posible el nacimiento de un arte nuestro, de todos.

© LA GACETA

 

(3 de septiembre de 1972)

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