Una puerta que golpear

La mediación del arzobispo en el conflicto médico motivó que la dirigencia sindical y política haya dirigido su mirada al pastor católico. Por Juan Manuel Asis - Prosecretario de Redacción.

28 Noviembre 2009
"Lo que sí me di cuenta es que la gente quiere una Iglesia que se comprometa con el pueblo. Eso sí lo vi. A veces nosotros, desde la Iglesia, tenemos el peligro de que hablamos bien y hacemos grandes discursos, defendemos los grandes principios y valores, pero cuando el caso concreto de bajar a la realidad y de comprometerse, medio que nos lavamos las manos". Joaquín Piña, obispo emérito de Puerto Iguazú, Misiones, luego de ganar la elección de constituyentes en 2006.

Dicen que estaba inquieto porque las partes en conflicto firmaran finalmente el acuerdo; dicen que el documento tuvo que modificarse un par de veces antes de satisfacer sus demandas de que apresuraran el trámite; dicen que cuando preguntaron el porqué de su apuro explicaron que tenía otras responsabilidades por cumplir; dicen que cuando le consultaron qué tenía más importante que finalizar con éxito la mediación entre el Gobierno provincial y los médicos dijo: "debo dar misa". La misión apostólica del arzobispo de Tucumán, monseñor Luis Héctor Villalba, queda clara, está muy por encima del rol momentáneo de mediador que le cupo en los últimos meses y que el jueves concluyó con éxito al cerrarse un capítulo de la pelea salarial entre el Poder Ejecutivo y los Autoconvocados de la Salud.
Ahora bien, a los fines prácticos y atendiendo a los intereses de los que ahora en adelante enfrenten al Gobierno, la Iglesia aparecerá en un esquema de lucha como una herramienta más a la hora de buscar presionar al Ejecutivo para sacarle una respuesta más o menos favorable. Es decir, más de uno pensará en el pastor cristiano para conseguir sus objetivos. Claro, hay que pensar si el arzobispo aceptará esa tarea contemporizadora de manera permanente, o si dejará -como correspondería en una comunidad organizada- que los arreglos de partes transiten las sendas de negociación que correspondan.
En su homilía del 9 de julio, en presencia de la presidenta, Cristina Fernández, monseñor Villalba reflexionó sobre las  responsabilidades para con el pueblo que le caben a los que tienen puestos claves en la sociedad. "Si hay algo que el país reclama -apuntó- es la honestidad, la transparencia: en una palabra, la moral de todos sus ciudadanos, comenzando por quienes tienen mayores responsabilidades políticas, económicas, sindicales, culturales, religiosas".
Se puede sostener, en función de lo que expresó en aquel momento, que cumplió con su parte. Es decir: "bajó a la realidad y se comprometió", en palabras de Piña, el obispo emérito que, de manera muy distinta, se involucró en un conflicto político en defensa de la calidad institucional presentándose como candidato no testimonial para impedir que Carlos Rovira lograra modificar la Constitución de Misiones e impusiera la reelección.

Se viene otro capítulo

El conflicto superado en los hospitales es un capítulo, si se quiere, en la historia de las disputas por reivindicaciones sectoriales entre el personal del Estado -en sus distintas reparticiones y agrupados sindicalmente por sus funciones- y el Gobierno. Pasaron los médicos, y ahora vienen los empleados públicos. ¿También mirarán a la Iglesia en busca de un salvavidas? Seguramente que sí, aunque tengan otros mecanismos diferentes de negociación que los denominados Autoconvocados de la Salud.
Estos últimos no podían ser orgánicos en las tratativas con el Gobierno, ya que no había una organización sindical que los representara completamente -y que fuera reconocida por los propios profesionales de la salud, aunque en los hechos existan-, como para sentarse en la mesa de tratativas en nombre de todos los médicos. Las asambleas populares reemplazaron a los sindicatos, en este caso. Y el arzobispo vino a desempeñar un papel trascendente en ese marco, porque su figura impidió -de alguna forma- que la anarquía prevaleciera.
A su manera, los autoconvocados fueron orgánicos, aunque las asambleas populares no constituyan un método usual y efectivo para destrabar este tipo de conflictos: siempre hay sectores, tal vez minoritarios, que logran imponer sus propios intereses por sobre los del grupo. Fue una apuesta arriesgada que, en esta disputa de más de siete meses, salió bien.  Y no porque !Dios sea grande!, como suele expresarse en broma, sino porque tuvo -dicho más en serio- un representante en la Tierra que hizo pesar su investidura para que nada saliese de su carril y se desmadrara. Su participación, o mediación, le puso presión a las partes, por más que alguna de ellas haya renegado por la "intromisión" del arzobispo.
Los estatales tiene gremios, tienen quien los represente, tienen quien dé la cara por ellos, no necesitan de asambleas populares, a lo sumo de delegados para fijar posición o cerrar negociaciones. Los representantes sindicales cuentan con amplios márgenes de negociación. Y tienen otro interlocutor distinto al de los médicos en el Poder Ejecutivo: el ministro de Gobierno, Edmundo Jiménez. Su par de Salud, Pablo Yedlin, salió con las ropas magulladas del conflicto. Sólo fue políticamente sostenido por el propio Alperovich, y tal vez jamás haya imaginado tener que soportar un conflicto de estas dimensiones, que lo haya puesto en la vereda contraria a sus propios colegas. ¿Yedlin fortalecido? Es imposible responder afirmativamente a esta pregunta, ya que, en algún momento tuvo que acudir a las tratativas con los Jiménez (el de Gobierno y Jorge, el de Economía) para que sostengan los ofrecimientos del Ejecutivo.
Si hay alguien que desgastó políticamente su gestión, ese fue Yedlin, porque quedó demostrado que -así como los médicos debían recurrir a los plenarios para fijar una posición como sector- él no tenía márgenes de autonomía  funcional para negociar. Debía recurrir al que manejaba los números -y además llevarlo a la mesa de las negociaciones para que  su propuesta  sonara creíble- y al que tiene un poco más de experiencia en este tipo de lides conflictivas para reforzar la idea que allí estaba representado el propio gobernador. Y a Yedlin sólo lo sostenía Alperovich, su respaldo fue vital; tanto que el mandatario, estando a 1.200 kilómetros de Tucumán, ordenó que fuera el ministro de Salud el vocero de la buena nueva sobre el acuerdo. No otro, sólo él, el del traje más maltrecho, pese a que había algunos en el gabinete desesperados por ser los protagonistas del anuncio, dispuestos a asumir roles que nunca tuvieron en esta historia.
En fin, el conflicto médico pasó, por ahora. Yedlin abandonó la escena, pero otro saldrá a la cancha a jugar un nuevo partido salarial: Edmundo Jiménez, que deberá atender los planteos de los sindicatos estatales. Los dirigentes, en base a que el PE finalmente concedió una mejora a los profesionales, ahora irán por lo mismo. Y aprovechan, no sin ironía, algunas frases del propio gobernador, que aseguró que "si le daba a uno, tenía que darles a todos". Y bueno, le dio a uno, y el  resto quiere ser "todos". Se trata de un juego en el que pretenden dejar entrampado a Alperovich en sus propias palabras.
En esta partida habrá muchas diferencias: 1)- el ministro es otro, Edmundo Jiménez tiene más experiencia y cintura política que su novel par del gabinete. 2)- los sindicalistas del Estado tienen una representatividad sindical a fuerza de legalidad que les garantiza cierta independencia a la hora de poder cerrar acuerdos. 3)- los gremios estatales no llegan tan rápidamente a las medidas de fuerza directas; tal el caso de los Autoconvocados de la Salud, y sólo porque al estar reconocidos por ley necesitan dar pasos legales. Generalmente celebran arreglos con el poder en medio de amenazas de un plan de lucha. 4)- el sindicalismo ha hecho de la negociación su razón de ser histórica -si no se sabe negociar no se puede ser un buen gremialista-, por lo que hay más disposición a la hora de sentarse a la mesa de tratativas. 5)- y no es menor, el titular de la cartera política tiene una paciencia budista a la hora de discutir con los dirigentes. 6)- el tiempo elegido por los gremios -casi fin de año, cuando las expectativas están en las vacaciones- no es el más propicio para hacer paros; el clima es de descanso más que de beligerancia, por más razones de peso que haya en reclamar una justa mejora salarial.
En ese marco, cabe una pregunta: ¿los dirigentes estatales pedirán la mediación del arzobispo? La participación de Villalba en la salida al conflicto hospitalario obliga a los gremialistas a mirar con atención al pastor católico, como un medio para presionar al PE. Tal vez la pregunta correcta sería plantear si el arzobispo se dejará usar políticamente como elemento de presión. Lo cierto es que su mediación favorable lo convierten en un protagonista a buscar, especialmente cuando la demanda sea dirigida al Gobierno. Probablemente hasta los políticos se estén fijando en su figura para explotar sus diferencias con el oficialismo, principalmente a la hora de señalar el crecimiento de la pobreza o de la desocupación, dos serios flagelos sociales. De hecho, en tiempos de elecciones, la foto más buscada por los candidatos es la de sus reuniones en el arzobispado: la única imagen que consiguen es saliendo del edificio, nunca una con Villalba. ¿Por qué será? Tal vez una respuesta sea la que Piña le dio a este columnista durante un diálogo mantenido en Misiones, hace tres años.

- Cuando venga algún dirigente político esperando sacarse la foto con usted, buscando una bendición política, ¿qué va a hacer?
- Seguro que van a venir, pero les voy a decir que me dejen tranquilo, que yo ya cumplí mi misión.

Tamaño texto
Comentarios
Comentarios