La vivencia como aprendizaje

16 Noviembre 2009
La mejor de las enseñanzas es aquella que apela constantemente a la práctica. Con la experiencia viva se puede aprender mucho más rápido que con sólo el estudio de la teoría. Un filósofo solía decir que una persona puede pasarse mucho tiempo estudiando el plano de París y saber de memoria, por ejemplo, la ubicación exacta de tal o cual monumento o museo, pero le bastaría caminar media hora por la Ciudad Luz para tener una vivencia más concreta. Por esa razón, en muchas escuelas y colegios hay laboratorios de ciencias.
Para los más pequeños esta es seguramente una de las formas más efectivas de aprendizaje. Da cuenta de la experiencia realizada la semana pasada por 200 niños de 5 años, de distintas escuelas públicas, que tomaron parte de las actividades a cielo abierto que se organizaron en los jardines del Instituto Miguel Lillo. Como consignamos en nuestra crónica, fue su primer contacto con científicos e investigadores, que les prepararon diferentes propuestas educativas por medio de juegos, películas, marionetas gigantes y experimentos con plantas, verduras y frutas.
Alrededor de 40 estudiantes de la Facultad de Ciencias Naturales se ofrecieron como voluntarios para acompañar a los niños en los recorridos de los jardines del Lillo. La propuesta es realizada por esa entidad desde hace dos años conjuntamente con el Ministerio de Educación de la provincia y la Dirección de Nivel Inicial. El objetivo es que los investigadores puedan transmitirles experiencias a los maestros del nivel Inicial, para que a su vez estos las apliquen en las salitas de jardín.
En un sector del parque, rodeado de especies autóctonas, niños de la Escuela Griet estaban casi hipnotizados observando nidos de distintos pájaros, mientras una investigadora les enseñaba dónde ponían sus huevos los colibríes.
Nos parece una experiencia positiva que los chicos pequeños y no tanto tomen contacto con los valiosos tesoros del Instituto Lillo, entidad que goza de gran prestigio en el exterior por su historia y la calidad de sus investigadores, pero que paradójicamente es casi una desconocida para los tucumanos. Conocer la flora y la fauna de Tucumán debería ser algo normal para cualquier comprovinciano.
En otras oportunidades, hemos señalado la importancia de las artes -en particular, el teatro- como herramientas pedagógicas para introducir a los chicos en el conocimiento de distintas ciencias o en la toma de conciencia de enfermedades de nuestro tiempo. Hace unas semanas, en el parque 9 de Julio durante la jornada "Día D, dengue", organizada en forma conjunta por los ministerios de Educación y de Salud, se llevaron a cabo dramatizaciones a cargo de escolares. Por ejemplo, los alumnos de la escuela Luis Pasteur se convirtieron en actores para teatralizar sobre las características de la enfermedad, sus síntomas y los mejores métodos de prevención. Por su parte, los chicos de la escuela Capitán de los Andes realizaron otra experiencia saludable: inundaron su barrio con folletos, y se valieron de megáfonos para hablar de la enfermedad, de los métodos de prevención y hasta se metieron en los fondos de las casas para sacar los cacharros que podían juntar agua.
Sería más que auspicioso si estas experiencias se llevaran a cabo en forma permanente porque  no sólo los chicos aprenden, sino que se estimula la creatividad tanto de ellos como de los docentes. Si a los niños se los acercara a la matemática, a la química o a la física partiendo de ejemplos que proporciona la misma naturaleza, tal vez estas asignaturas no serían traumáticas para muchos de ellos en el nivel secundario. Si ya durante su formación, se estimula la inventiva del docente, este aplicará luego su imaginación cuando deba pararse frente a los alumnos. Lo interesante es ver el bosque que se esconde atrás del árbol.

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