"El deber de la sociedad es erradicar la pobreza"
Según el investigador Aldo Isuani, el flagelo se puede combatir decididamente reasignando un 2% del PBI para asistir a la población más necesitada. Dijo que en el país no se puede sostener el concepto productivista del trabajo, sino que hay que repensar nuevas formas de empleo.
30 Agosto 2009 Seguir en 
Más que una cuestión de mediciones, en la Argentina existe un problema conceptual acerca de la pobreza. Mientras en el país, el Gobierno trata de polemizar con la Iglesia sobre si ese flagelo afecta al 30% o al 40% de la población, Aldo Isuani, master en Ciencias Políticas, sostiene que la cuestión es más profunda que tratar de ponerle un límite de ingresos para determinar su alcance. "La medición, por caso, no establece si esa persona vive, por ejemplo, en un tugurio, si tiene acceso a la salud o a la educación", plantea en una charla con LA GACETA. Isuani vino a esta ciudad para dictar un posgrado de Administración Pública en la Universidad Nacional de Tucumán y para participar de una mesa panel en la que la vicerrectora de la UNT, María Luisa Rossi de Hernández, dejó inaugurada una mesa permanente de lucha contra la pobreza en el ámbito de la Universidad. El sociólogo señaló que el Estado puede hacer mucho para bajar los índices.
-En los últimos días, la Iglesia y el Gobierno intercambiaron opiniones acerca del impacto de la pobreza en el país...
-En realidad, hay problemas de mediciones y todo se hace muy difícil cuando no hay estadísticas oficiales confiables. Como concepto comienza a quedar claro que ser pobre es estar privado de ciertos consumos que son básicos y aquellos que están dentro de lo que es la tarifa social. Ese es el núcleo de necesidades básicas. Debajo de eso no hay bienestar posible. Ser pobre en la Argentina es tener menos de $ 1.000 o $ 1.200 mensuales, es decir, menos de U$S 300. De los 10 millones de hogares hay dos millones que están en condiciones de pobreza que para contenerlos se precisarían unos U$S 7.000 millones, es decir un 2% del Producto Bruto Interno (PBI).
-¿Cómo hay que encarar las políticas de inclusión social?
-A través de una combinación de transferencias monetarias. El Estado debe procurar ingresos condicionales e incondicionales, estos últimos destinados a las personas a las que no se les puede pedir nada a cambio, a los menores y a los mayores. Deberían recibir una pensión o asignación básica universal y esto se soluciona con poca plata. La exclusión no es sólo un problema de falta de dinero para el que la padece, sino también de la ausencia de trabajo. Mientras lo primero se soluciona a través de una reasignación de recursos, lo otro (combatir la desocupación) obliga a repensar el concepto de trabajo. Tenemos una idea muy productivista del trabajo y eso no es sólo fabricar bienes. La tendencia mundial marca que en el país sólo dos millones de los 10 millones de asalariados producen bienes o están en la industria. Hay que ensanchar esa franja, por ejemplo hacia los servicios personales. En el país hay 600.000 adultos mayores y sólo con la cobertura de servicio del 10% de esa franja etaria se generarían unos 60.000 nuevos puestos, que ni siquiera los llega a generar la industria argentina en un año. Tenemos que abrir un poco la cabeza para pensar otras formas de trabajo que no sean sólo producir algo.
-La pobreza y la desocupación reaparecen cuando cambia el ciclo económico, como ahora...
-En los momentos de crecimiento nos olvidamos que se nos llena de pobres el recibidor, como dice la canción. Se piensa que ya va a desaparecer el problema o que irá bajando de a poco. Pero en momentos difíciles como los actuales los problemas se reponen en la vidriera. En un año recesivo naturalmente el tema cobra fuerza porque se observa que crece el número de pobres. Pero estos no vienen de la nada. Siempre hubo, y muchos.
-¿El Gobierno está en condiciones de encarar una decidida lucha contra la pobreza?
-Absolutamente. Universalizando las asignaciones familiares casi garantizaría la erradicación de la indigencia. Y eso se logra reasignando unos $ 7.200 millones al año (un 0,7% del PBI). Insisto el flagelo de la pobreza no es un problema de recursos, sino de prioridades porque el Estado nacional destina el 20% del PBI (U$S 60.000 millones) en políticas sociales y sigue existiendo una enorme cantidad de pobres. El deber de una sociedad moderna es erradicar la pobreza.
-En los últimos días, la Iglesia y el Gobierno intercambiaron opiniones acerca del impacto de la pobreza en el país...
-En realidad, hay problemas de mediciones y todo se hace muy difícil cuando no hay estadísticas oficiales confiables. Como concepto comienza a quedar claro que ser pobre es estar privado de ciertos consumos que son básicos y aquellos que están dentro de lo que es la tarifa social. Ese es el núcleo de necesidades básicas. Debajo de eso no hay bienestar posible. Ser pobre en la Argentina es tener menos de $ 1.000 o $ 1.200 mensuales, es decir, menos de U$S 300. De los 10 millones de hogares hay dos millones que están en condiciones de pobreza que para contenerlos se precisarían unos U$S 7.000 millones, es decir un 2% del Producto Bruto Interno (PBI).
-¿Cómo hay que encarar las políticas de inclusión social?
-A través de una combinación de transferencias monetarias. El Estado debe procurar ingresos condicionales e incondicionales, estos últimos destinados a las personas a las que no se les puede pedir nada a cambio, a los menores y a los mayores. Deberían recibir una pensión o asignación básica universal y esto se soluciona con poca plata. La exclusión no es sólo un problema de falta de dinero para el que la padece, sino también de la ausencia de trabajo. Mientras lo primero se soluciona a través de una reasignación de recursos, lo otro (combatir la desocupación) obliga a repensar el concepto de trabajo. Tenemos una idea muy productivista del trabajo y eso no es sólo fabricar bienes. La tendencia mundial marca que en el país sólo dos millones de los 10 millones de asalariados producen bienes o están en la industria. Hay que ensanchar esa franja, por ejemplo hacia los servicios personales. En el país hay 600.000 adultos mayores y sólo con la cobertura de servicio del 10% de esa franja etaria se generarían unos 60.000 nuevos puestos, que ni siquiera los llega a generar la industria argentina en un año. Tenemos que abrir un poco la cabeza para pensar otras formas de trabajo que no sean sólo producir algo.
-La pobreza y la desocupación reaparecen cuando cambia el ciclo económico, como ahora...
-En los momentos de crecimiento nos olvidamos que se nos llena de pobres el recibidor, como dice la canción. Se piensa que ya va a desaparecer el problema o que irá bajando de a poco. Pero en momentos difíciles como los actuales los problemas se reponen en la vidriera. En un año recesivo naturalmente el tema cobra fuerza porque se observa que crece el número de pobres. Pero estos no vienen de la nada. Siempre hubo, y muchos.
-¿El Gobierno está en condiciones de encarar una decidida lucha contra la pobreza?
-Absolutamente. Universalizando las asignaciones familiares casi garantizaría la erradicación de la indigencia. Y eso se logra reasignando unos $ 7.200 millones al año (un 0,7% del PBI). Insisto el flagelo de la pobreza no es un problema de recursos, sino de prioridades porque el Estado nacional destina el 20% del PBI (U$S 60.000 millones) en políticas sociales y sigue existiendo una enorme cantidad de pobres. El deber de una sociedad moderna es erradicar la pobreza.







