MEDITADOR. Bauman mezcla estudio crítico y reflexión filosófica.
16 Agosto 2009 Seguir en 

El conocido sociólogo polaco conjuga, en este libro, un estudio crítico con una meditación filosófica. Ambos tienen como asunto el mencionado en el título, con especial referencia a la busca de la felicidad, que parece ser el principal motivo de las acciones humanas.
Aduce Bauman que las sociedades inmersas en la "modernidad líquida" (concepto al que él debe su celebridad) no manifiesta, según las encuestas del caso, una correlación positiva entre la prosperidad material y el logro de la felicidad; que ello se debe a que tales sociedades han equiparado la dicha con el consumo y su buscador con el individuo que sólo mira por sí; que, así las cosas, la identidad personal se torna tan efímera como las modas que dictan las oficinas de publicidad, por lo que la condición de persona llega a ser precaria, incapaz de proyectos de largo plazo, y obligada, con incesante desasosiego, a cambiar de hábitos cada vez más a menudo.
A pesar de todo, semejante estado de cosas ha contribuido, quiera que no, a extender al conjunto de las personas lo que antaño estaba reservado sólo a los artistas: forzadas a elegir y reelegir su modo de ser, obran sobre sí mismas como un escultor sobre su materia, y son por ende libres, es decir, responsables de lo que hagan con su existencia.
Bauman sugiere que el arte de vivir se ejerce mejor si se puede alcanzar un equilibrio entre los motivos "centrípetos" y los "centrífugos", esto es, si se es capaz de encontrar a los demás en el fondo de uno mismo, y si, recíprocamente, vuelto hacia los otros, se sabe reconocer en ellos el propio rostro. © LA GACETA
Aduce Bauman que las sociedades inmersas en la "modernidad líquida" (concepto al que él debe su celebridad) no manifiesta, según las encuestas del caso, una correlación positiva entre la prosperidad material y el logro de la felicidad; que ello se debe a que tales sociedades han equiparado la dicha con el consumo y su buscador con el individuo que sólo mira por sí; que, así las cosas, la identidad personal se torna tan efímera como las modas que dictan las oficinas de publicidad, por lo que la condición de persona llega a ser precaria, incapaz de proyectos de largo plazo, y obligada, con incesante desasosiego, a cambiar de hábitos cada vez más a menudo.
A pesar de todo, semejante estado de cosas ha contribuido, quiera que no, a extender al conjunto de las personas lo que antaño estaba reservado sólo a los artistas: forzadas a elegir y reelegir su modo de ser, obran sobre sí mismas como un escultor sobre su materia, y son por ende libres, es decir, responsables de lo que hagan con su existencia.
Bauman sugiere que el arte de vivir se ejerce mejor si se puede alcanzar un equilibrio entre los motivos "centrípetos" y los "centrífugos", esto es, si se es capaz de encontrar a los demás en el fondo de uno mismo, y si, recíprocamente, vuelto hacia los otros, se sabe reconocer en ellos el propio rostro. © LA GACETA
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