EDUCADO POR LOS JESUITAS. En su nueva novela, el argentino Sturlese apela otra vez a la atmósfera opresiva y amenazante.
16 Agosto 2009 Seguir en 

Hija del siglo XVIII, la novela gótica surge en un contexto protestante, alentada por la creciente alfabetización, por la leyenda negra de la Iglesia Católica y por el naciente romanticismo, fascinado por todo lo que el iluminismo había desechado por primitivo.
La novela El monje (1796), de Mathew Lewis, inglés, abundante en oscuridades y perversiones, crea un particular lector, al que el francés Eugène Sue exigirá una mayor percepción histórica en El judío errante (1844). ¿De qué estamos hablando, pues? De un tipo de ficción bautizado hace poco como sacro-thriller -¿qué tal de suspenso sacro?-, donde recalan inquisidores, exorcistas, satanismo, hallazgos que desautorizan el dogma, reliquias errantes y sangre -no precisamente ceremonial-, y fuego -para nada proveniente del Espíritu Santo-.
El apetito por el sacro-suspenso no amengua. Pregúntenle a Dan Brown. O a Patricio Sturlese (1973), argentino, con miles de ejemplares vendidos de su primera novela, El inquisidor (2007) y otros miles más de La sexta vía, que aquí comentamos.
No es una secuela de la primera, aunque reaparezcan algunos personajes, como el inquisidor Angelo DeGrasso, sino más bien una novela paralela, con la misma atmósfera opresiva, amenazante, de penumbras y de torturas, de lobos y de lunas llenas. Y nieve. Mucha.
Sin llegar a la impecable formulación del género que Umberto Eco alcanza en El nombre de la rosa, Sturlese también emplea documentación auténtica, como las cinco "vías" de raíz aristotélica con que Tomás de Aquino intenta probar la existencia de Dios, para agregar una sexta -tranquilo, Santo Tomás, es sólo ficción- cuyo conocimiento sacudiría a la Cristiandad tanto como sacude a los personajes que intentan poseer el ícono que la contiene: traiciones, crueldades de distinto calibre -formato grueso-, irreprimibles pasiones, todo ello abundando en copiosos clichés del género, pero narrado con agilidad y discreto uso de la ambientación. Entretenimiento puro, digamos.
Por ahí se cuela algún anacronismo, como el repetido uso del adjetivo "medieval", término que, según el medievalista estadounidense Bernard Lewis, aparece mucho después de fines del siglo XVI, momento en que transcurre la acción. Otros son válidos: como un guiño al lector, se menciona un libro de ocultismo, Necromicón, que H.P. Lovecraft inventara en 1927.
Patricio Sturlese, educado en teología por los jesuitas, está cosechando éxito internacional entre los amantes del género. Ha encontrado su voz. Le resta afinarla. © LA GACETA
La novela El monje (1796), de Mathew Lewis, inglés, abundante en oscuridades y perversiones, crea un particular lector, al que el francés Eugène Sue exigirá una mayor percepción histórica en El judío errante (1844). ¿De qué estamos hablando, pues? De un tipo de ficción bautizado hace poco como sacro-thriller -¿qué tal de suspenso sacro?-, donde recalan inquisidores, exorcistas, satanismo, hallazgos que desautorizan el dogma, reliquias errantes y sangre -no precisamente ceremonial-, y fuego -para nada proveniente del Espíritu Santo-.
El apetito por el sacro-suspenso no amengua. Pregúntenle a Dan Brown. O a Patricio Sturlese (1973), argentino, con miles de ejemplares vendidos de su primera novela, El inquisidor (2007) y otros miles más de La sexta vía, que aquí comentamos.
No es una secuela de la primera, aunque reaparezcan algunos personajes, como el inquisidor Angelo DeGrasso, sino más bien una novela paralela, con la misma atmósfera opresiva, amenazante, de penumbras y de torturas, de lobos y de lunas llenas. Y nieve. Mucha.
Sin llegar a la impecable formulación del género que Umberto Eco alcanza en El nombre de la rosa, Sturlese también emplea documentación auténtica, como las cinco "vías" de raíz aristotélica con que Tomás de Aquino intenta probar la existencia de Dios, para agregar una sexta -tranquilo, Santo Tomás, es sólo ficción- cuyo conocimiento sacudiría a la Cristiandad tanto como sacude a los personajes que intentan poseer el ícono que la contiene: traiciones, crueldades de distinto calibre -formato grueso-, irreprimibles pasiones, todo ello abundando en copiosos clichés del género, pero narrado con agilidad y discreto uso de la ambientación. Entretenimiento puro, digamos.
Por ahí se cuela algún anacronismo, como el repetido uso del adjetivo "medieval", término que, según el medievalista estadounidense Bernard Lewis, aparece mucho después de fines del siglo XVI, momento en que transcurre la acción. Otros son válidos: como un guiño al lector, se menciona un libro de ocultismo, Necromicón, que H.P. Lovecraft inventara en 1927.
Patricio Sturlese, educado en teología por los jesuitas, está cosechando éxito internacional entre los amantes del género. Ha encontrado su voz. Le resta afinarla. © LA GACETA
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