La niñez y la sociedad de consumo

11 Agosto 2009
La relación niño y consumo, reflejada en nuestro suplemento Económico del domingo pasado, pone en evidencia los cambios que se vienen produciendo en nuestra sociedad desde la década de 1990, aproximadamente, y que van dejando atrás peligrosamente aquella romántica visión de la infancia que conservan aún muchos adultos. Los especialistas señalan que los chicos actuales participan activamente de las decisiones de los adultos. Opinan, por ejemplo, sobre dónde ir a comer, qué comprar., así como a la hora de adquirir un vehículo.
Un directivo de la Federación Económica de Tucumán indicó que antes, los padres compraban para los niños, pero hoy son los chicos los que imponen lo que quieren y sus progenitores acceden a sus pedidos. Las campañas de publicidad -dijo- son más agresivas, con más penetración en el inconsciente de los niños, que son los que presionan a los padres en la compra.
Según un informe de LatinPanel Argentina, en los hogares argentinos donde viven menores de 12 años se gasta un 3 % más en la canasta básica, que en los que no residen personas de este grupo. Se indica que, en estas familias se destina a ellos un cuarto del presupuesto total y son proclives a elegir primeras marcas al comprar para la canasta infantil. Existen diferencias sustanciales en el surtido y en las cantidades compradas, según el nivel socioeconómico de la vivienda. En los hogares de los distintos niveles socioeconómicos se percibe un denominador común en el consumo de los productos de la canasta básica: a la hora de abastecerse de artículos de alimentación, cosmética y limpieza destinados a los chicos menores de 12 años, en todas las casas son más propensos a comprar primeras marcas. Hay 10 millones de chicos de hasta doce años en el país y representan el 42 % del total de las viviendas en la Argentina.
También en nuestra edición del domingo, en LA GACETA Literaria, el escritor Sebastián Dozo Moreno se refirió a los niños asediados por el consumo que los convierten en pequeños tiranos, cuando no se los complace. "El consumismo hace del niño una persona materialista. Pero ser materialista no significa creer en la materia y negar el espíritu, sino tomar a las cosas y las personas como 'material', es decir, como instrumentos de la propia satisfacción", escribió. "El niño materialista sólo busca satisfacer sus sentidos o su ego, y no valora las cosas, a las personas, y las acciones, en sí mismas. Sólo tiene interés en lo que le proporciona algún tipo de placer efímero. ¿Por qué efímero? Porque un niño, ser espiritual al fin, no se sacia con la obtención y consumo de objetos, sino con el afecto recibido y prodigado, con los límites que templan su ánimo y su voluntad (afecto es sinónimo de contención), y con el despliegue de su personalidad en el juego creativo, la lectura, el aprendizaje, y la amistad", explica Dozo Moreno.
En una misma línea, la escritora tucumana Honoria Zelaya de Nader afirmó que un niño que está contenido afectivamente, juega con los crayones, con la mascota, con las palabras. "Vemos allí un niño creativo, al que le gusta jugar con la imaginación. En cambio, veo chicos que tienen las habitaciones llenas de juguetes -dijo- y están con la mirada triste, esperando ese otro legado que no le da la sociedad de consumo. El consumismo les mata la inocencia".
Estas reflexiones deben llevarnos a debatir en el seno familiar y en el ámbito educativo sobre el futuro que queremos para nuestros hijos. El alimento de toda relación humana es el amor, el afecto; nada material puede reemplazarlos. Los niños son el reflejo de la educación que reciben. Si no recreamos los valores espirituales, contribuiremos a forjar un mundo cada vez más deshumanizado, donde el valor de un ser humano estará dado por lo que tiene y no por lo que es.

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