TAN AFINADO COMO SIEMPRE. Por medio de "Los rebeldes" puede disfrutarse de un Márai expandido en términos de ironía e imaginación.
09 Agosto 2009 Seguir en 

En la nutrida obra de Sándor Márai consta una trilogía que el propio autor consideró el punto culminante de su travesía estética: Los celosos, Los ofendidos y Los rebeldes, publicada por vez primera en 1930 y corregida en 1988, pocos meses antes de la muerte del destacado narrador húngaro. Consideraba Márai, a la hora de editar una novela que había promovido aceptación, impacto y elogios en dosis significativas, que morigerar las alusiones a cierta homosexualidad cifrada, lateral, latente, evitaría la posibilidad de que los lectores tomaran la parte por el todo y se distrajeran en exceso en un aspecto anecdótico.
Pues bien, como la primera versión de Los rebeldes jamás fue traducida al castellano, las diferencias con la versión definitiva no nos llegan de primera mano, pero sí recibimos, en todo caso -y bienaventurados por ello-, un Márai afinado como siempre pero expandido como nunca en términos de humor, de ironía y de imaginación frondosa.
Suspenso macerado
Abel, Tibor, Béla y Ërno viven en un pequeño pueblo húngaro. Es la primavera de 1918 y la guerra pulsa como un lastre que porta evocaciones desoladoras y una sorda amenaza que en tanto tal va labrando inquietudes, desconfianzas y pesimismos. Más tarde o más temprano los convocarán a formar parte de una cruzada que no terminan de sentir como propia.
Pero Abel, Tibor, Béla y Ërno tienen 18 años y se supone que a esa edad cualquier desmesura debe ponerse en acto, sin medir las consecuencias y siempre en el cauce de los vigores de la vida. ¿Qué hacen entonces? Se embarcan en una especie de batalla sin tregua contra el orden instituido. Abundan en tragos y tabacos, en hurtos perpetrados en sus propias casas, en vestimentas llamativas, en picardías, en burlas a sus mayores y en otras extravagancias que son celebradas en una especie de refugio ajeno a las hostilidades del mundo.
Sin embargo, nada es tan perfecto como para que los cuatro jóvenes puedan eludir interrogarse y examinarse de cara a valores tan fundantes como la amistad, el amor, el sexo, los deberes de los hombres, el sentido de la vida y de las cosas. Llegado este punto, la noción de la lealtad y su negación impregnan la aventura en un crescendo que va del ejercicio de la inocente simbolización a los asedios de la franca literalidad. Primero, la ética de la cofradía es vulnerada por uno de sus miembros, después entra en escena un adulto que presume de ser el dueño de las mejores respuestas a las peores preguntas. La fascinación por este personaje propiciará un collar de circunstancias cuyo eslabón principal Márai se reservará para ser develado en tiempo y forma, como le cuadra a una novela de suspenso macerado, y en las no menos maceradas derivas de la comedia al drama. Por si no se ha dicho hasta aquí, el autor de Divorcio en Buda, La Herencia de Eszter y Confesiones de un burgués, ofrece una prosa que se corresponde con los paladares más exigentes. © LA GACETA
Pues bien, como la primera versión de Los rebeldes jamás fue traducida al castellano, las diferencias con la versión definitiva no nos llegan de primera mano, pero sí recibimos, en todo caso -y bienaventurados por ello-, un Márai afinado como siempre pero expandido como nunca en términos de humor, de ironía y de imaginación frondosa.
Suspenso macerado
Abel, Tibor, Béla y Ërno viven en un pequeño pueblo húngaro. Es la primavera de 1918 y la guerra pulsa como un lastre que porta evocaciones desoladoras y una sorda amenaza que en tanto tal va labrando inquietudes, desconfianzas y pesimismos. Más tarde o más temprano los convocarán a formar parte de una cruzada que no terminan de sentir como propia.
Pero Abel, Tibor, Béla y Ërno tienen 18 años y se supone que a esa edad cualquier desmesura debe ponerse en acto, sin medir las consecuencias y siempre en el cauce de los vigores de la vida. ¿Qué hacen entonces? Se embarcan en una especie de batalla sin tregua contra el orden instituido. Abundan en tragos y tabacos, en hurtos perpetrados en sus propias casas, en vestimentas llamativas, en picardías, en burlas a sus mayores y en otras extravagancias que son celebradas en una especie de refugio ajeno a las hostilidades del mundo.
Sin embargo, nada es tan perfecto como para que los cuatro jóvenes puedan eludir interrogarse y examinarse de cara a valores tan fundantes como la amistad, el amor, el sexo, los deberes de los hombres, el sentido de la vida y de las cosas. Llegado este punto, la noción de la lealtad y su negación impregnan la aventura en un crescendo que va del ejercicio de la inocente simbolización a los asedios de la franca literalidad. Primero, la ética de la cofradía es vulnerada por uno de sus miembros, después entra en escena un adulto que presume de ser el dueño de las mejores respuestas a las peores preguntas. La fascinación por este personaje propiciará un collar de circunstancias cuyo eslabón principal Márai se reservará para ser develado en tiempo y forma, como le cuadra a una novela de suspenso macerado, y en las no menos maceradas derivas de la comedia al drama. Por si no se ha dicho hasta aquí, el autor de Divorcio en Buda, La Herencia de Eszter y Confesiones de un burgués, ofrece una prosa que se corresponde con los paladares más exigentes. © LA GACETA
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