Una forma de hacer política
El gobernador tomó distancia de Miranda, de Juri, del matrimonio Kirchner y de Reutemann. Por Juan Manuel Asis - Prosecretario de Redacción.
Diferenciarse. Esa es la norma de conducta que se impuso el gobernador, José Alperovich, para abrirse paso en la política, tanto en la comarcana como en la nacional. En 14 años de vida política fue legislador (1995-1999), ministro de Economía (1999-2001), senador nacional (2001-2003) y titular del Ejecutivo (desde 2003 a la fecha). Para sumarse al gabinete peronista de Julio Miranda tuvo que diferenciarse del radicalismo; luego, instalado en la Casa de Gobierno, se diferenció de su mentor para no ser el heredero de la gestión que quedó marcada hasta internacionalmente por la desnutrición infantil. Después se distanció de Fernando Juri para sumar definitivamente al PJ a su proyecto personal. Con todo el poder en sus manos, quiso establecer diferencias con lo que denominó "la vieja política"; aunque luego mutó la idea y habló de la cultura del trabajo -"nueva política"- por sobre la actividad venida a menos que él entendía por política. Es decir, discursivamente trató de imponer que en la historia local debía contemplarse un antes y un después de su gestión. Eso y decir "soy distinto" es lo mismo. Lo mostró en sus peleas iniciales con Miranda y Juri.
De alguna forma, también quiso parecer diferente del matrimonio presidencial luego del prolongado conflicto con el campo, que lo arrastró al lodo de la política por su encolumnamiento ciego tras los Kirchner. Luego midió sus pasos, no se arriesgó a perder el caudal electoral acumulado en seis años por avalar posturas indefendibles a los ojos de la sociedad. "Hay que dialogar", repitió hasta el cansancio después de que Julio Cobos abriera la página del inicio del fin del kirchnerismo en el plano nacional. No quiso copiar el modelo confrontativo que irradiaban los Kirchner porque advirtió que podía pagar un precio electoral caro por necedad ajena. Y se diferenció. No nacionalizó la elección de junio, defendió su gestión y tibiamente recordó la ayuda nacional. Pero no peleó con el campo, ni con los opositores.
El peligro para él se verificó después del 28 de junio, cuando triunfó en medio de la derrota kirchnerista. Surgieron otras diferencias, nacidas al amparo de los analistas políticos y de los dirigentes peronistas que ganaron y que se posicionaron hacia 2011. Esta vez, la distancia no las marcó Alperovich, sino los observadores, para incomodidad del propio mandatario que descubrió que, a veces, ganar también genera contratiempos. Así, algunos lo mostraron como un dirigente que el kirchnerismo derrotado podía mostrar como propio para discutir espacios en 2011. Otros apuntaron que, en condición de victorioso, mantiene comunicaciones con el senador Carlos Reutemann, el santafesino triunfante y presidenciable desde la trinchera ideológica opuesta a los Kirchner. He aquí un verdadero dilema para Alperovich; frente a estas dos situaciones, en apariencia adversas, tiene que diferenciarse, y jugarse. Desde los dos sectores, con su condimento ideológico a cuestas, le exigirán, si bien no explícitamente, que diga dónde quiere estar parado, que se diferencie, por lo menos con gestos. No puede tener los pies en dos platos, no personalmente, claro. Es decir, aquella conducta que le sirvió para convertirse en el dueño de las decisiones en Tucumán, ahora le tendió una trampa.
Temor a la reprimenda
A partir de los acontecimientos de los últimos días se visualizó que Alperovich aún juega en la cancha del lado de los Kirchner, no tanto por una identificación con la forma de conducirse del matrimonio patagónico sino, más que nada, porque teme que la crisis finalmente le estalle en Tucumán. Sin embargo, según algunos medios nacionales, Alperovich tuvo contactos telefónicos con Reutemann. Por eso, tal vez temiendo reprimendas -que para los Kirchner pasan por cerrar la billetera y asfixiar a los gobernadores- es que el miércoles sostuvo que la Nación le está cumpliendo con todo a Tucumán (antes de los comicios pedía el voto de los tucumanos para agradecer la ayuda que recibían de Cristina). No podía decir menos, a tan solo 48 horas de la reunión con la Presidenta.
Pero dijo más aún, como para que no queden dudas sobre su alineamiento: "voy sin expectativas, no voy a pedir nada, porque están cumpliendo todo". En este caso también, más allá de adelantarse a un probable comentario irónico de Cristina sobre sus probables diálogos con Reutemann, recurrió a su conducta diferenciadora para congraciarse de antemano con la santacruceña: si los otros mandatarios fueron a quejarse, él no lo hará; es más, apuntó que sólo va a charlar formalmente.
Sin embargo, si bien pudo tener el cuidado de llegar limpio de manchas al encuentro en la Casa Rosada, un concepto que deslizó ayer le puede significar un pequeño dolorcito de cabeza. "No quiero el diálogo para quedar bien con la gente, el diálogo tiene que valer la pena, no mostrarse para la foto", expresó en la charla matutina con la prensa. Justo 24 horas antes de reunirse con la Presidente para no pedirle nada, según sus propias palabras. En suma, tal como lo viene haciendo, es otra forma de fijar diferencias, una línea de conducta que le rindió frutos, si se la mide por el resultado electoral.







