El duro trabajo de ocuparse de los problemas
Cuando las cuestiones personales traspasan la puerta del trabajo, generalmente inciden en la productividad del empleado o del jefe. Gestionarlos suele ser una meta difícil: se requiere un gran autocontrol. No obstante, hay caminos paralelos a las terapias que permiten a la persona no confundir los tantos y no estresar a propios ni a extraños.
"Mirá, no sé qué hacer. Tengo mil problemas en la cabeza que no sé por dónde empezar. Llego estresado desde la oficina a mi casa y, al día siguiente, me levanto con la misma sensación y traslado mis discusiones familiares al trabajo". La charla se dio en un café entre dos colegas y amigos. Uno intentaba encontrar respuestas a situaciones cotidianas y muy frecuentes entre los trabajadores. El otro le ponía sus oídos y estaba dispuesto a darle su punto de vista para hallar el camino de la solución.
Conciliar la vida laboral con la personal es difícil y hasta puede convertirse en un círculo vicioso si el trabajador no está dispuesto a "ocuparse" de sus problemas. De hecho, trasladarlos de la casa al trabajo y viceversa puede causar improductividad laboral y resentimientos hogareños. Treinta minutos de meditación antes de llegar a la oficina o a casa permitirá separar los tantos y no mezclar las cuestiones, suelen recomendar los expertos como primer paso para gestionar los problemas. Otros sugieren ir al gimnasio antes o después del horario de oficina o salir a caminar para no transferir a otros el estrés familiar o laboral.
"La tarea no es fácil: requiere de un gran autocontrol porque la persona es un todo", indica a LA GACETA Graciela Chamut, Magister en Dirección Ejecutiva de Empresas. Por lo general, los problemas que se "trasladan" de un lugar a otro constituyen situaciones desagradables para el conjunto que crean conflictos en un lugar donde, posiblemente, no se encontrará la solución. Así, se dan casos donde un empleado está insoportable por cuestiones familiares o el padre o esposo que se vuelve intratable por cuestiones de trabajo. "Allí aparece la ?contaminación? de un contexto a otro, en donde la persona (cada vez más parecida a una víctima o con vocación de serlo), ?crea? su propio infierno y lo traslada a todos los sectores de su vida, aumentando las complicaciones sin resolver nada. Es poco inteligente, y muy, muy ineficaz en términos del problema", señala Chamut.
Sin embargo, aclara, dicen que los problemas también son oportunidades de mostrar nuestra capacidad, nuestra inteligencia y nuestro potencial. En realidad, suelen ser un objetivo mal enunciado. La experta plantea: ¿qué tal si lo escribo correctamente, como algo positivo a obtener, y no como algo negativo a evitar? "A veces este cambio de mirada puede hacer surgir respuestas impensables con el paradigma anterior", dice.
Muchas cosas que aparecen como problemas pueden ser bendiciones disfrazadas (un desalojo inminente que me lleva a "saltar la valla" y animarme a un crédito hipotecario, el fallecimiento de una persona que estaba ya clínicamente inviable ).
"Los problemas deben estar frente nuestro, sobre la mesa, a nuestro nivel, y no por encima de nuestras cabezas, ni a nuestra espalda, como mochilas que nos impiden avanzar y nos agobian. Son algo para ocuparse, no para preocuparse ni angustiarse, porque eso, otra vez, inmoviliza, paraliza, y quita posibilidades de resolución", puntualiza Chamut.
Mirada desapasionada
Por cierto, acota la especialista, suele haber problemas que exceden nuestra capacidad de decidir, que nos asustan o que nos dejan sin respuestas válidas o constructivas. En ese caso puede ser una idea compartirlo con alguien que no esté inmerso en el problema, que sea capaz de mirarlo desapasionadamente, y que no tenga ?inversiones personales? puestas en él. Por esa razón los médicos prefieren no operar a su propia familia, porque el miedo a los riesgos posibles los lleva a actuar con menos libertad de la necesaria, y por ende con menos capacidad de resolución; por esa razón, también, los mejores negociadores son los que no están comprometidos personalmente con los resultados de la negociación, sino que actúan por mandato de otro.
Por ejemplo, si voy yo a comprar la casa de mis sueños, la que he deseado toda la vida, es poco probable que actúe desapasionadamente, y va a ser difícil que logre un buen precio por ella; el otro verá mi ansiedad, y aumentará las exigencias.









