Como el ave Fénix

Su rostro muestra las huellas de un pasado de excesos. Sin embargo, su presente se muestra menos oscuro. Nominado a un Oscar como mejor actor por su papel en "El luchador", se ha convertido en el símbolo del que regresa a casa con más gloria que tristeza. "Fui arrogante", dice.

04 Febrero 2009

LOS ANGELES.- El éxito rutilante duró poco más de nueve semanas y media. Hoy cuesta reconocer en Mickey Rourke al que fuera uno los hombres más deseados de Hollywood a pesar de haber luchado contra el paso del tiempo a fuerza de bisturí. Sin embargo, ahora se le presenta una nueva oportunidad con la candidatura al Oscar como mejor actor por "El luchador", el drama de Darren Aronofsky, que ya se alzó con el León de Oro en Venecia.
Su fuerza interpretativa, amilanada durante años por los fantasmas de las drogas y el alcohol, consigue traspasar ese rostro estirado en un quirófano para emocionar nuevamente dando vida a una figura de la lucha libre en declive, que malvive en una caravana y se aferra a una bailarina de striptease (Marisa Tomei) en un intento de darle algún sentido a su vida.
Aunque la suerte ha sido esquiva en su carrera, lo cierto es que los críticos de Toronto, Washington, Londres o Kansas ya lo han ensalzado como mejor intérprete. También en los Globos de Oro se consagró en la misma categoría. Esa noche se impuso a Frank Langella ("Frost/Nixon"), Sean Penn ("Milk") y Brad Pitt ("El curioso caso de Benjamin Button"), que también se disputan ahora con él la estatuilla dorada, así como con Richard Jenkins ("The Visitor").
Ninguno de ellos le va a hacer fácil el camino a Rourke (nacido en Nueva York en 1956) para subir al escenario del Teatro Kodak de Los Angeles para recoger el que sería su primer Oscar y que confirmaría lo que vieron en él sus primeros directores como Francis Ford Coppola ("Rumble Fish") o Michael Cimino ("The Year of the Dragon").
Aunque su primera aparición en la gran pantalla llegó a fines de los años 70 con "1941", una comedida olvidada de Steven Spielberg, Rourke alcanzó el estrellato con una película de alta tensión erótica, "Nueve semanas y media" (1986), junto a Kim Basinger.
El director Alan Parker lo hizo compartir protagónico con Robert de Niro en un thriller tan curioso como olvidado, "Corazón satánico", y más tarde se estrelló con el intento de volver a sacar partida del mito erótico con "Orquídea salvaje", junto a Carré Ottis, que después se convirtió en su esposa. Ese trabajo le valió una Frambuesa de Oro como peor actor.
Empezó a participar con escasa suerte en varios proyectos, pero los grandes directores no se olvidaron de él y tampoco sus compañeros de actuación que daban el salto a la dirección como Vincent Gallo, Steve Buscemi o Sean Penn.
Ya en el nuevo milenio su carrera comenzó a tomar bríos renovados. Y nuevas generaciones de directores recurrieron a él. Así, Robert Rodríguez lo convocó para "Había una vez en México" y para la película que dirigió junto con Frank Miller, "Sin city", mientras que Tony Scott lo hizo trabajar en "Domino".
Sin embargo ha sido Darren Aronofsky quien ha sabido sacarle su máximo partido dramático en el que se considera el largometraje más convencional del director de "Requiem para un sueño". Rourke dice que nunca se fue, que siempre ha estado ahí, y es cierto. No obstante, con o sin Oscar, hacía más de dos décadas que no vivía un momento profesional tan exultante como este.
Hoy, a sus 56 años de edad, Rourke dista mucho de aquel joven galán que hacía suspirar a las mujeres de todo el mundo. Más de dos décadas después, el aspecto demacrado de Rourke es el reflejo de una vida llena de sinsabores: una infancia marcada por el abandono de su padre biológico, una relación problemática con su padrastro y la dolorosa muerte de su hermano debido al cáncer. No faltaron en su existencia las reiteradas acusaciones por agredir a su ex esposa, Carré Ottis. La policía detuvo a Rourke varias veces por violencia doméstica y esto truncó su carrera.
"Fui arrogante... No fui lo suficientemente listo ni lo suficientemente educado", explicó Rourke en una entrevista concedida al diario The New York Times. De hecho, su fama de violento y problemático generó que Rourke fuera evitado en sets de grabación de Hollywood. "Gritaba mucho y perdía la calma", confesó. Hoy, el artista comienza a escribir una nueva historia. Y tal vez la corone con el Oscar. (DPA-Especial)

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