El peligroso empequeñecimiento del individuo
Por Alvaro José Aurane. El Nobel de Economía sostiene que la posibilidad de paz en el mundo tal vez resida en el reconocimiento de la pluralidad de las filiaciones. El autor sostiene que volver a examinar y a evaluar cuestiones como la globalización económica, la etnicidad social y el terrorismo.
EL FUTURO DE LA IDENTIDAD. Sen reunió en esta obra las ponencias de un ciclo de conferencias en la Universidad de Boston.
23 Diciembre 2007 Seguir en 

Se puede ser, al mismo tiempo, tucumano, con ciudadanía europea, con antepasados españoles y libaneses, haber sido residente en Colombia para realizar especializaciones en periodismo, y preferir Brasil para las vacaciones. Ser comunicador social y ejercer la docencia en Historia, ser un fuerte creyente en el laicismo y un defensor convencido de la democracia y del sistema republicano de Gobierno. Ser hombre y feminista, heterosexual y defensor de los derechos de los homosexuales. Estar casado por la Iglesia y llevar una vida no religiosa, ser egresado de una universidad confesional y no ser creyente. Ser simpatizante, en el orden provincial, del Club Atlético San Martín, apodado peyorativamente como ciruja y, en el orden nacional, de River Plate, denominado exageradamente millonario.
Hipotéticamente, no sólo se puede articular todo este espectro de diversidades sin conflicto, sino que además todas estas categorías de identificación logran comprometer y movilizar a la misma persona, con distintos grados de intensidad, casi de manera cotidiana.
Sin embargo, toda esta amplitud se ve regularmente acosada por dos peligros. Uno de ellos es la indiferencia hacia la identidad, a menudo expuesta en estudios sociales y económicos, cuando aquel individuo tan variado en sus adhesiones, es enrolado sin demora en estratos que tienen en cuenta sólo sus ingresos. Entonces, toda su vida discurre en un segmento de consumo.
El otro peligro es la filiación singular. Mediante esta forma de suponer que cualquier persona pertenece especialmente, para todos los propósitos prácticos, a una sola colectividad, el individuo arriba descrito será considerado, simplemente, como argentino. O católico. Y esto, con suerte. Abundarán quienes le llamen, sin más, occidental.
Todas estas reducciones son conjuradas por Amartya Sen, en su libro Identidad y violencia. Los terribles efectos del empequeñecimiento de los individuos son el tema de este libro.
El premio Nobel de Economía en 1998 sostiene que es necesario volver a examinar y a evaluar cuestiones como la globalización económica, el multiculturalismo político, el post-colonialismo histórico, la etnicidad social, el fundamentalismo religioso y el terrorismo mundial. "Las posibilidades de que haya paz en el mundo contemporáneo bien pueden residir en el reconocimiento de la pluralidad de nuestras filiaciones y en el uso del razonamiento, que nos muestra que somos habitantes comunes de un mundo amplio, en vez de convertirnos en prisioneros rígidamente encarcelados en pequeños contenedores", alerta sagazmente.
Existe una gran cantidad de categorías a las que pertenecemos simultáneamente, advierte. Y cuando se es inevitablemente considerado como francés, judío, brasileño, afroamericano, árabe, musulmán o argentino, aún tiene que decidirse qué importancia exacta adjudicarle a esa identidad, por sobre la importancia de otras categorías a las que uno también pertenece. Aún la categoría "argentino" es enorme. Basta advertir que un tucumano no se identifica necesariamente con un porteño. Y viceversa.
El volumen nació a partir de un ciclo conferencias (El futuro de la identidad) que Sen dio en la Universidad de Boston, entre 2001 y 2002. De allí que algunas cuestiones aparezcan reiteradas en distintos capítulos, lo cual no conspira contra la calidad del texto, gracias a la riqueza del abordaje del autor y, además, a lo criterioso de su análisis.
Por cierto, la obra no sólo constituye una defensa de la identidad sino que también emprende una crítica, lúcida e implacable, contra postulados que hoy son casi venerados. Sen, nacido en la India en 1933 y radicado en Gran Bretaña, cuestiona certeramente la concepción expuesta en El choque de las civilizaciones por Samuel Huntington. Señala que una dificultad fundamental radica en la viabilidad de clasificar a las personas según las civilizaciones a las que supuestamente pertenecen. Luego, no niega que la tolerancia y la libertad sean logros de la Europa moderna, pero no se olvida de las aberraciones de la Alemania nazi ni de los excesos imperiales de Inglaterra, Francia y Portugal en Asia y en Africa. "La defensa de la libertad y de la tolerancia religiosa (?) no es una característica histórica antigua de un país o de una civilización. El pensamiento de Platón y de Aquino no fue menos autoritario que el de Confucio, lo que no significa negar que hubiera defensores de la tolerancia en el pensamiento clásico europeo", desnuda. A renglón seguido, recuerda una máxima del emperador indio Ashoka, del siglo III A.C.: "las sectas de otros pueblos merecen reverencia por una u otra razón".
Cuando aborda el drama del terrorismo, el ex profesor de Economía en las universidades de Calcuta y Oxford, Dheli y Harvard, enciende la alarma. Y expone que, contra la dinámica de la violencia actual, sólo se opone una división religiosa del mundo. Esto -afirma- intensifica a tal punto la distinción de las personas sobre la base de una única categoría de identificación, que el resto de las cuestiones (a menudo, las más importantes) quedan excluidas. "Entre los miembros devotos de cada religión ha habido feroces guerreros y grandes defensores de paz, y en vez de preguntar cuál es el creyente verdadero y cuál es un mero impostor, deberíamos aceptar que la fe religiosa no resuelve, por sí misma, todas las decisiones que debemos tomar en nuestras vidas", resume.
La heterogeneidad se da dentro de cada cultura. Y, para hacerlo notar, Sen cita, en su alegato, La decadencia de Occidente, de Oswald Spengler. "No hay nada absurdo en la idea de imaginar a Sócrates, Epicuro y Diógenes, sentados en le ribera del Ganges", manifestó el célebre filósofo. El también advertió que en una megalópolis occidental, en cambio, Diógenes apenas sería "un tonto sin importancia".© LA GACETA
Hipotéticamente, no sólo se puede articular todo este espectro de diversidades sin conflicto, sino que además todas estas categorías de identificación logran comprometer y movilizar a la misma persona, con distintos grados de intensidad, casi de manera cotidiana.
Sin embargo, toda esta amplitud se ve regularmente acosada por dos peligros. Uno de ellos es la indiferencia hacia la identidad, a menudo expuesta en estudios sociales y económicos, cuando aquel individuo tan variado en sus adhesiones, es enrolado sin demora en estratos que tienen en cuenta sólo sus ingresos. Entonces, toda su vida discurre en un segmento de consumo.
El otro peligro es la filiación singular. Mediante esta forma de suponer que cualquier persona pertenece especialmente, para todos los propósitos prácticos, a una sola colectividad, el individuo arriba descrito será considerado, simplemente, como argentino. O católico. Y esto, con suerte. Abundarán quienes le llamen, sin más, occidental.
Todas estas reducciones son conjuradas por Amartya Sen, en su libro Identidad y violencia. Los terribles efectos del empequeñecimiento de los individuos son el tema de este libro.
El premio Nobel de Economía en 1998 sostiene que es necesario volver a examinar y a evaluar cuestiones como la globalización económica, el multiculturalismo político, el post-colonialismo histórico, la etnicidad social, el fundamentalismo religioso y el terrorismo mundial. "Las posibilidades de que haya paz en el mundo contemporáneo bien pueden residir en el reconocimiento de la pluralidad de nuestras filiaciones y en el uso del razonamiento, que nos muestra que somos habitantes comunes de un mundo amplio, en vez de convertirnos en prisioneros rígidamente encarcelados en pequeños contenedores", alerta sagazmente.
Existe una gran cantidad de categorías a las que pertenecemos simultáneamente, advierte. Y cuando se es inevitablemente considerado como francés, judío, brasileño, afroamericano, árabe, musulmán o argentino, aún tiene que decidirse qué importancia exacta adjudicarle a esa identidad, por sobre la importancia de otras categorías a las que uno también pertenece. Aún la categoría "argentino" es enorme. Basta advertir que un tucumano no se identifica necesariamente con un porteño. Y viceversa.
El volumen nació a partir de un ciclo conferencias (El futuro de la identidad) que Sen dio en la Universidad de Boston, entre 2001 y 2002. De allí que algunas cuestiones aparezcan reiteradas en distintos capítulos, lo cual no conspira contra la calidad del texto, gracias a la riqueza del abordaje del autor y, además, a lo criterioso de su análisis.
Por cierto, la obra no sólo constituye una defensa de la identidad sino que también emprende una crítica, lúcida e implacable, contra postulados que hoy son casi venerados. Sen, nacido en la India en 1933 y radicado en Gran Bretaña, cuestiona certeramente la concepción expuesta en El choque de las civilizaciones por Samuel Huntington. Señala que una dificultad fundamental radica en la viabilidad de clasificar a las personas según las civilizaciones a las que supuestamente pertenecen. Luego, no niega que la tolerancia y la libertad sean logros de la Europa moderna, pero no se olvida de las aberraciones de la Alemania nazi ni de los excesos imperiales de Inglaterra, Francia y Portugal en Asia y en Africa. "La defensa de la libertad y de la tolerancia religiosa (?) no es una característica histórica antigua de un país o de una civilización. El pensamiento de Platón y de Aquino no fue menos autoritario que el de Confucio, lo que no significa negar que hubiera defensores de la tolerancia en el pensamiento clásico europeo", desnuda. A renglón seguido, recuerda una máxima del emperador indio Ashoka, del siglo III A.C.: "las sectas de otros pueblos merecen reverencia por una u otra razón".
Cuando aborda el drama del terrorismo, el ex profesor de Economía en las universidades de Calcuta y Oxford, Dheli y Harvard, enciende la alarma. Y expone que, contra la dinámica de la violencia actual, sólo se opone una división religiosa del mundo. Esto -afirma- intensifica a tal punto la distinción de las personas sobre la base de una única categoría de identificación, que el resto de las cuestiones (a menudo, las más importantes) quedan excluidas. "Entre los miembros devotos de cada religión ha habido feroces guerreros y grandes defensores de paz, y en vez de preguntar cuál es el creyente verdadero y cuál es un mero impostor, deberíamos aceptar que la fe religiosa no resuelve, por sí misma, todas las decisiones que debemos tomar en nuestras vidas", resume.
La heterogeneidad se da dentro de cada cultura. Y, para hacerlo notar, Sen cita, en su alegato, La decadencia de Occidente, de Oswald Spengler. "No hay nada absurdo en la idea de imaginar a Sócrates, Epicuro y Diógenes, sentados en le ribera del Ganges", manifestó el célebre filósofo. El también advertió que en una megalópolis occidental, en cambio, Diógenes apenas sería "un tonto sin importancia".© LA GACETA
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