Hay que traducir a Groussac
Por Carlos Páez de la Torre (h), para LA GACETA - Tucumán. Varios trabajos del maestro francoargentino editados en libro nunca fueron vertidos al castellano, como tampoco sus cerca de 700 notas periodísticas. Une enigme littéraire constituye algo más que un intento de develar la identidad de quien escribió el falso "Quijote".
UNE ENIGME LITTÉRAIRE. Portada de la primera y única edición, de 1903.
16 Diciembre 2007 Seguir en 

La Contribución a la bibliografía de Paul Groussac de Juan Canter (1930) registra, ligeramente contadas, ocho obras en francés de Paul Groussac nunca traducidas al castellano (entre ellas, Une enigme littéraire, le "Don Quichotte" d?Avellaneda) y cerca de 700 artículos en la misma situación, aparecidos en diarios, sobre todo en Le Courrier Français y Le Courrier de La Plata, que se editaban en Buenos Aires.
Cuando realizaba la investigación para mi libro La cólera de la inteligencia. Una vida de Paul Groussac, revisé prácticamente todos sus artículos, ya directamente de los diarios, en la Biblioteca Nacional, o en los recortes que Groussac pegó prolijamente en álbumes encuadernados que guarda el Archivo General de la Nación.
Pude apreciar entonces el riquísimo material que allí está contenido. A quien no sabe leer en francés, obviamente, toda esa riqueza le está vedada. Sucede que el francés, hasta promediar el siglo XX, era la "lengua de la cultura" y la que se utilizaba en los diálogos y tratados internacionales. Lo hablaba -o por lo menos lo entendía- toda persona bien educada, y qué decir de la que alentaba inquietudes intelectuales. En las universidades, una gran cantidad de textos estaban editados en francés, lo que indica que -unos con más destreza, otros con menos- todos se las arreglaban para leerlos. Ocurría igualmente en los colegios secundarios. En una provincia tan lejana como Tucumán, en 1910 (es decir varios años antes de que allí existiera una universidad) el periodista Enrique Banchs testimonia, en Ciudades argentinas, que vio "en los tranvías, a los muchachos con libros franceses".
Pero hace mucho que el francés ha sido absolutamente derrotado. El mismo gobierno de Francia ha bajado los brazos en lo que a la difusión internacional de su lengua se refiere. Entiendo que aquella Alliance Française que existía en todas las capitales de nuestro país ya hace mucho que no depende de la embajada o de los consulados, y quedó librada a sus propias fuerzas.
Es más: me atrevo a decir que, hoy en día, un par de palabras en francés, insertadas en cualquier libro, deben ser forzosamente traducidas en nota al pie de página, porque de otra manera para el lector resultarán tan incomprensibles como si estuvieran escritas en chino. Encontrar hoy en Buenos Aires un libro francés de reciente edición es tarea azarosa.Y no necesito recordar que hasta ese recurso elegante de la conversación social, que era pespuntearla, de vez en cuando, con alguna palabra francesa, también yace enterrado en el pasado. En suma, el idioma de Racine y de Voltaire dista mucho de ser manejado actualmente por un porcentaje mínimamente considerable de personas, al contrario de lo que era común, dijimos, entre la gente educada, hasta las primeras décadas del siglo que pasó.
Estos antecedentes, no por sabidos menos necesarios de mención, vienen al caso a propósito de Paul Groussac. No hay duda de que, como consecuencia de ellos, hoy sólo es accesible a los lectores hispanohablantes la parte de su producción que se editó en castellano. Que yo sepa, sólo hay un libro suyo que se haya traducido, y es el conocido estudio de 1910 sobre las Islas Malvinas. No conozco de artículos, salvo párrafos como los que tuve que trasladar yo para mi obra biográfica.
Propongo que se traduzca a Paul Groussac.
Diré por qué. Largas monografías eruditas sobre temas hispanistas acaso sólo pudieran interesar a los estudiosos muy especializados (sin que decir esto propicie dejar de lado Le commentateur du "Laberinto" o a Le livre des "Castigos e Documentos" attribué au roi D. Sanche IV). En cuanto a las poesías de Le cahier des sonnets. Première suite, soy de los que creen, como Groussac, que a la poesía es mejor no traducirla. Sí tendría interés, pienso, una versión castellana de los cuentos de Trois bluettes, que son solamente 62 páginas, o de las 31 de M. Clemenceau et la Republique Argentine. Pero me parece imprescindible que, por lo menos, contemos con una versión castellana de Une enigme littéraire. Significaría que ese trabajo (tan citado a la hora de solazarse con un tropezón de Groussac, como nada leído), pudiera estar por fin a disposición de los lectores argentinos.
Vale la pena recordar que el ensayo central de esa obra, titulado Le Don Quichotte d?Avellaneda, tiene bastante más miga que arriesgar una hipótesis sobre la verdadera identidad de aquel Alonso Fernández de Avellaneda, que publicó, en 1614, una apócrifa segunda parte del Quijote de Cervantes. Es un estudio cargado de interés sobre el famoso libro. Si bien su autor declaraba, en el prefacio, que no entendía renovar, con su trabajo, "la bibliografía y la crítica" de Cervantes, sí opinaba que era una demostración de que esa biografía y esa crítica necesitaban una renovación.Además, ese tomo compila, bajo el título de Le drame espagnol, artículos de Groussac aparecidos en 1898, en Le Journal des Débats. Asimismo, titulada Philologie amusante, está su carta polémica del mismo año dirigida al crítico Francisque Sarcey. En ella, a propósito de la palabra scalabreux, Groussac hacía notar la necesidad de que los franceses dejaran de lado, de una vez por todas, su orgullosa indiferencia hacia las lenguas extranjeras, en especial el castellano. También trae un escrito juvenil sobre Carmen, de Merimée. Todo esto jamás tuvo versión española. Unicamente el estudio titulado Hernani, que apareció en La Nación, obviamente en castellano, en 1886.
Debiéramos contar entonces, insisto, con una versión castellana de Une enigme littéraire, libro que, por otro lado, tiene apenas 303 páginas en su primera -y única- edición, estampada por Picard en París en 1903.Ahora, los artículos. He recordado en otra parte que Groussac proclamaba su desdén por el periodismo. En Los que pasaban afirmó que los artículos de diario eran "hojarasca de consumo cotidiano, que únicamente cuando proviene de los maestros en el oficio, y aún así muy entresacada, consigue sobrevivir a su objeto momentáneo". Sin embargo, dirigió diarios y escribió en ellos prácticamente toda su vida.
De las casi 700 producciones de ese género que registra Juan Canter en su bibliografía, buena parte son editoriales del momento, políticos por lo general; o notas de circunstancias, rellenos que van desde el tema municipal hasta cualquier aspecto de la vida diaria.
Obvio es decir que eso no les quita interés para el estudio de la historia y de las mentalidades, aparte de que el personal punto de vista de Groussac y su inimitable estilo literario constituyen un fuerte valor agregado. Muchos de esos textos estás disponibles ahora con correcciones y añadidos de puño y letra del autor en los álbumes donde los compiló. Me parece que esta conservación en álbumes, así como las cuidadosas addenda, expurganda y corrigenda practicadas en cada recorte, pueden indicar razonablemente que Groussac les concedía valor, si es que no aspiraba a reeditarlos en parte.No propicio el rescate de todos sus artículos de diario. Pero habría que examinarlos uno por uno. Al comentar la "inflación" tipográfica representada por los 12 tomos de Escritos y discursos de Nicolás Avellaneda, Groussac decía que en tales conjuntos póstumos había mucho por eliminar. Dejaba afuera únicamente el caso de estilistas, "cuya ligera fantasía se escapa con cualquier pretexto en alas del estilo, al modo que la mariposa de flor en flor, y nunca más graciosa en su revoloteo verbal que cuando no tiene nada que decir". En fin, habría que revisarlos con cuidado.
Por que muchos de estos artículos a mi juicio constituyen verdaderas joyas. Esto además de que la prosa francesa de Groussac tenía el mismo modo ondulante y cargado de sorpresas que infundía a la castellana.
Están, por ejemplo, los cuentos que aparecieron en la prensa, cargados de referencias autobiográficas, como Souvenir de Noel. Un sale type!, o Pierrot tragique. O las notas biográficas, que recuerdan sus agudos "medallones" de La Biblioteca, por la independencia y la falta de miramientos con que están redactados. Pienso, por ejemplo, en las bellas semblanzas de Aimée Bonpland, de Amadeo Jacques, de Napoleón Uriburu. Y en aquellas otras, para nada relamidas, que dedicó a personajes tan variados como Augusto Vacquerie, Ferdinand de Lesseps, el arzobispo Federico Aneiros, el padre Mossi, Federico Brandsen, Hipólito Bouchard, Marcel Prévost, Gastón Maspero, Robert Louis Stevenson, Víctor Hugo, el abate de Broglie, Ignacio Pirovano, o José M. Torres, para citar algunos.
Y por fin, la enorme cantidad de crónicas del pasado o del presente de ese momento. Pienso en Un attentat social, sobre el duelo que costó la vida a su amigo Lucio V. López; en Autour de Santiago, acerca de su llegada a la provincia de ese nombre, inmediatamente después del derrocamiento de la dinastía Taboada; en Quelques profils de brigands expatriés; en Voyagueurs françaises en Argentine, en Le journal des Goncourt, y un largo etcétera.Hallo también de enorme valor aquellas notas críticas sobre la temporada teatral de Sarah Bernhard en Buenos Aires, que indignaron a la célebre diva. Tanto, que requirió a Groussac una entrevista de explicaciones en su hotel.
En fin, creo que enriquecería a la cultura argentina traer hasta nosotros esos textos de Paul Groussac en francés sepultados en periódicos que nadie consulta, imprescindibles para que se amplíe el conocimiento sobre la obra del maestro. Traducirlos y publicarlos en libro es un tributo que, creo, debemos al ilustre maestro francoargentino.
Apuntemos que no ha sido generoso nuestro país con los libros de Groussac, en lo que a reediciones se refiere. En un inventario -que hago de memoria y que por tanto puede ser inexacto- recordaré que Los que pasaban fue reeditado nada más que tres veces desde 1919, año en que apareció; el Liniers, cuatro veces desde 1907; La divisa punzó, cuatro desde 1923; Del Plata al Niágara, tres veces, y una sola Los jesuitas en Tucumán. En estos últimos años, han aparecido las primeras reediciones de Crítica literaria y de los dos tomos de El viaje intelectual. No se han reeditado nunca, me parece, Mendoza y Garay, ni los formidables Estudios de Historia Argentina, ni Páginas de Groussac, que en vida del autor y con su visto bueno, compiló lo que más apreciaba de su producción. Esa reticencia a poner de nuevo en las librerías la obra de Groussac (como un clásico de nuestras letras que sin duda es) me mueve a una previsible y melancólica reflexión. Si lo que imprimió en castellano se ha reeditado sólo en parte y con tanta parsimonia ¿qué puede esperarse del material que requiere previamente traducción? De todos modos, no resisto a dejar plantada la inquietud.
En el prólogo de Une enigme, Groussac afirmaba que "toda traducción es realmente una traición", y que "de una lengua a otra, la tonalidad y los efectos cambian: tanto, que si uno se traduce a sí mismo, sucumbe casi inevitablemente a la tentación de cambiar todo". Tal juicio no debe descorazonarnos. De más está decir que la tarea que dejo expresada como anhelo no es sencilla. El sagaz estudio reciente de Patrice Vermeren (Paul Groussac, la república y la moneda falsa de las ideas) menta esa tensión entre las dos lenguas como marca de los escritos de este hombre que, dice, "debió inventar su lengua argentina para traducir su pensamiento a los argentinos".
Es decir; estamos ante una obra que no puede confiarse a un traductor al acaso. Requiere, de modo indispensable, uno de los buenos. Por suerte, los hay entre nosotros.© LA GACETA
Cuando realizaba la investigación para mi libro La cólera de la inteligencia. Una vida de Paul Groussac, revisé prácticamente todos sus artículos, ya directamente de los diarios, en la Biblioteca Nacional, o en los recortes que Groussac pegó prolijamente en álbumes encuadernados que guarda el Archivo General de la Nación.
Pude apreciar entonces el riquísimo material que allí está contenido. A quien no sabe leer en francés, obviamente, toda esa riqueza le está vedada. Sucede que el francés, hasta promediar el siglo XX, era la "lengua de la cultura" y la que se utilizaba en los diálogos y tratados internacionales. Lo hablaba -o por lo menos lo entendía- toda persona bien educada, y qué decir de la que alentaba inquietudes intelectuales. En las universidades, una gran cantidad de textos estaban editados en francés, lo que indica que -unos con más destreza, otros con menos- todos se las arreglaban para leerlos. Ocurría igualmente en los colegios secundarios. En una provincia tan lejana como Tucumán, en 1910 (es decir varios años antes de que allí existiera una universidad) el periodista Enrique Banchs testimonia, en Ciudades argentinas, que vio "en los tranvías, a los muchachos con libros franceses".
Pero hace mucho que el francés ha sido absolutamente derrotado. El mismo gobierno de Francia ha bajado los brazos en lo que a la difusión internacional de su lengua se refiere. Entiendo que aquella Alliance Française que existía en todas las capitales de nuestro país ya hace mucho que no depende de la embajada o de los consulados, y quedó librada a sus propias fuerzas.
Es más: me atrevo a decir que, hoy en día, un par de palabras en francés, insertadas en cualquier libro, deben ser forzosamente traducidas en nota al pie de página, porque de otra manera para el lector resultarán tan incomprensibles como si estuvieran escritas en chino. Encontrar hoy en Buenos Aires un libro francés de reciente edición es tarea azarosa.Y no necesito recordar que hasta ese recurso elegante de la conversación social, que era pespuntearla, de vez en cuando, con alguna palabra francesa, también yace enterrado en el pasado. En suma, el idioma de Racine y de Voltaire dista mucho de ser manejado actualmente por un porcentaje mínimamente considerable de personas, al contrario de lo que era común, dijimos, entre la gente educada, hasta las primeras décadas del siglo que pasó.
Estos antecedentes, no por sabidos menos necesarios de mención, vienen al caso a propósito de Paul Groussac. No hay duda de que, como consecuencia de ellos, hoy sólo es accesible a los lectores hispanohablantes la parte de su producción que se editó en castellano. Que yo sepa, sólo hay un libro suyo que se haya traducido, y es el conocido estudio de 1910 sobre las Islas Malvinas. No conozco de artículos, salvo párrafos como los que tuve que trasladar yo para mi obra biográfica.
Propongo que se traduzca a Paul Groussac.
Diré por qué. Largas monografías eruditas sobre temas hispanistas acaso sólo pudieran interesar a los estudiosos muy especializados (sin que decir esto propicie dejar de lado Le commentateur du "Laberinto" o a Le livre des "Castigos e Documentos" attribué au roi D. Sanche IV). En cuanto a las poesías de Le cahier des sonnets. Première suite, soy de los que creen, como Groussac, que a la poesía es mejor no traducirla. Sí tendría interés, pienso, una versión castellana de los cuentos de Trois bluettes, que son solamente 62 páginas, o de las 31 de M. Clemenceau et la Republique Argentine. Pero me parece imprescindible que, por lo menos, contemos con una versión castellana de Une enigme littéraire. Significaría que ese trabajo (tan citado a la hora de solazarse con un tropezón de Groussac, como nada leído), pudiera estar por fin a disposición de los lectores argentinos.
Vale la pena recordar que el ensayo central de esa obra, titulado Le Don Quichotte d?Avellaneda, tiene bastante más miga que arriesgar una hipótesis sobre la verdadera identidad de aquel Alonso Fernández de Avellaneda, que publicó, en 1614, una apócrifa segunda parte del Quijote de Cervantes. Es un estudio cargado de interés sobre el famoso libro. Si bien su autor declaraba, en el prefacio, que no entendía renovar, con su trabajo, "la bibliografía y la crítica" de Cervantes, sí opinaba que era una demostración de que esa biografía y esa crítica necesitaban una renovación.Además, ese tomo compila, bajo el título de Le drame espagnol, artículos de Groussac aparecidos en 1898, en Le Journal des Débats. Asimismo, titulada Philologie amusante, está su carta polémica del mismo año dirigida al crítico Francisque Sarcey. En ella, a propósito de la palabra scalabreux, Groussac hacía notar la necesidad de que los franceses dejaran de lado, de una vez por todas, su orgullosa indiferencia hacia las lenguas extranjeras, en especial el castellano. También trae un escrito juvenil sobre Carmen, de Merimée. Todo esto jamás tuvo versión española. Unicamente el estudio titulado Hernani, que apareció en La Nación, obviamente en castellano, en 1886.
Debiéramos contar entonces, insisto, con una versión castellana de Une enigme littéraire, libro que, por otro lado, tiene apenas 303 páginas en su primera -y única- edición, estampada por Picard en París en 1903.Ahora, los artículos. He recordado en otra parte que Groussac proclamaba su desdén por el periodismo. En Los que pasaban afirmó que los artículos de diario eran "hojarasca de consumo cotidiano, que únicamente cuando proviene de los maestros en el oficio, y aún así muy entresacada, consigue sobrevivir a su objeto momentáneo". Sin embargo, dirigió diarios y escribió en ellos prácticamente toda su vida.
De las casi 700 producciones de ese género que registra Juan Canter en su bibliografía, buena parte son editoriales del momento, políticos por lo general; o notas de circunstancias, rellenos que van desde el tema municipal hasta cualquier aspecto de la vida diaria.
Obvio es decir que eso no les quita interés para el estudio de la historia y de las mentalidades, aparte de que el personal punto de vista de Groussac y su inimitable estilo literario constituyen un fuerte valor agregado. Muchos de esos textos estás disponibles ahora con correcciones y añadidos de puño y letra del autor en los álbumes donde los compiló. Me parece que esta conservación en álbumes, así como las cuidadosas addenda, expurganda y corrigenda practicadas en cada recorte, pueden indicar razonablemente que Groussac les concedía valor, si es que no aspiraba a reeditarlos en parte.No propicio el rescate de todos sus artículos de diario. Pero habría que examinarlos uno por uno. Al comentar la "inflación" tipográfica representada por los 12 tomos de Escritos y discursos de Nicolás Avellaneda, Groussac decía que en tales conjuntos póstumos había mucho por eliminar. Dejaba afuera únicamente el caso de estilistas, "cuya ligera fantasía se escapa con cualquier pretexto en alas del estilo, al modo que la mariposa de flor en flor, y nunca más graciosa en su revoloteo verbal que cuando no tiene nada que decir". En fin, habría que revisarlos con cuidado.
Por que muchos de estos artículos a mi juicio constituyen verdaderas joyas. Esto además de que la prosa francesa de Groussac tenía el mismo modo ondulante y cargado de sorpresas que infundía a la castellana.
Están, por ejemplo, los cuentos que aparecieron en la prensa, cargados de referencias autobiográficas, como Souvenir de Noel. Un sale type!, o Pierrot tragique. O las notas biográficas, que recuerdan sus agudos "medallones" de La Biblioteca, por la independencia y la falta de miramientos con que están redactados. Pienso, por ejemplo, en las bellas semblanzas de Aimée Bonpland, de Amadeo Jacques, de Napoleón Uriburu. Y en aquellas otras, para nada relamidas, que dedicó a personajes tan variados como Augusto Vacquerie, Ferdinand de Lesseps, el arzobispo Federico Aneiros, el padre Mossi, Federico Brandsen, Hipólito Bouchard, Marcel Prévost, Gastón Maspero, Robert Louis Stevenson, Víctor Hugo, el abate de Broglie, Ignacio Pirovano, o José M. Torres, para citar algunos.
Y por fin, la enorme cantidad de crónicas del pasado o del presente de ese momento. Pienso en Un attentat social, sobre el duelo que costó la vida a su amigo Lucio V. López; en Autour de Santiago, acerca de su llegada a la provincia de ese nombre, inmediatamente después del derrocamiento de la dinastía Taboada; en Quelques profils de brigands expatriés; en Voyagueurs françaises en Argentine, en Le journal des Goncourt, y un largo etcétera.Hallo también de enorme valor aquellas notas críticas sobre la temporada teatral de Sarah Bernhard en Buenos Aires, que indignaron a la célebre diva. Tanto, que requirió a Groussac una entrevista de explicaciones en su hotel.
En fin, creo que enriquecería a la cultura argentina traer hasta nosotros esos textos de Paul Groussac en francés sepultados en periódicos que nadie consulta, imprescindibles para que se amplíe el conocimiento sobre la obra del maestro. Traducirlos y publicarlos en libro es un tributo que, creo, debemos al ilustre maestro francoargentino.
Apuntemos que no ha sido generoso nuestro país con los libros de Groussac, en lo que a reediciones se refiere. En un inventario -que hago de memoria y que por tanto puede ser inexacto- recordaré que Los que pasaban fue reeditado nada más que tres veces desde 1919, año en que apareció; el Liniers, cuatro veces desde 1907; La divisa punzó, cuatro desde 1923; Del Plata al Niágara, tres veces, y una sola Los jesuitas en Tucumán. En estos últimos años, han aparecido las primeras reediciones de Crítica literaria y de los dos tomos de El viaje intelectual. No se han reeditado nunca, me parece, Mendoza y Garay, ni los formidables Estudios de Historia Argentina, ni Páginas de Groussac, que en vida del autor y con su visto bueno, compiló lo que más apreciaba de su producción. Esa reticencia a poner de nuevo en las librerías la obra de Groussac (como un clásico de nuestras letras que sin duda es) me mueve a una previsible y melancólica reflexión. Si lo que imprimió en castellano se ha reeditado sólo en parte y con tanta parsimonia ¿qué puede esperarse del material que requiere previamente traducción? De todos modos, no resisto a dejar plantada la inquietud.
En el prólogo de Une enigme, Groussac afirmaba que "toda traducción es realmente una traición", y que "de una lengua a otra, la tonalidad y los efectos cambian: tanto, que si uno se traduce a sí mismo, sucumbe casi inevitablemente a la tentación de cambiar todo". Tal juicio no debe descorazonarnos. De más está decir que la tarea que dejo expresada como anhelo no es sencilla. El sagaz estudio reciente de Patrice Vermeren (Paul Groussac, la república y la moneda falsa de las ideas) menta esa tensión entre las dos lenguas como marca de los escritos de este hombre que, dice, "debió inventar su lengua argentina para traducir su pensamiento a los argentinos".
Es decir; estamos ante una obra que no puede confiarse a un traductor al acaso. Requiere, de modo indispensable, uno de los buenos. Por suerte, los hay entre nosotros.© LA GACETA
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