
enhorabuenas y postales
con votos de renovación;
y yo que sé del otro mundo
que pide vida en los portales,
me doy a hacer una canción.
La gente luce estar de acuerdo,
maravillosamente todo
parece afín al celebrar.
Unos festejan sus millones,
otros la camisita limpia
y hay quien no sabe qué es brindar".
Silvio Rodríguez, Canción de Navidad
La pregunta es planteada cada tanto. Desde los 90 volvió a oírsela con insistencia, aunque siempre en tono velado, porque se trataba, simplemente, de soltar la interrogación. Su insidia haría el resto. ¿Para qué sirven las instituciones?, deslizaron. Eso sí, con camuflaje de discusión sobre la Década Infame porque, ya que no era estrictamente una década (iba del 30 al 43), tampoco tenía que ser necesariamente infame. Y para sostener este último proyecto de amnistía histórica se enarboló el estandarte de la economía. En síntesis, la Argentina de entonces creció a pesar de los efectos de la Gran Depresión de 1929, y el modelo agroexportador siguió dando frutos. En consecuencia, ¿para qué sirven las instituciones, como la del voto, si con el fraude llegan al poder los que manejan eficientemente, a los fines económicos, el Estado?
Ahora, cuando 2007 agoniza, la misma pregunta vuelve. Claro está, el contexto es otro. Y el fraude evolucionó. Ya no consiste en volcar urnas porque ya no es posterior a los comicios: es previo y concomitante, mediante la compra de voluntades con prácticas miserables. Pero hay, todavía, un fraude mayor. Uno que se da pasada la votación pero que no refiere a lo electoral. Es el fraude institucional. Bastardea la división de poderes porque el Ejecutivo hace que se legisle y que se falle como a él se le da la gana, mientras amenaza la estabilidad de legisladores, jueces y fiscales que no se dejen domesticar.
Sin embargo, cada vez que se reclama calidad institucional, los gobernantes responden que esa es una artimaña de la oposición y de la prensa para difamarlos, dado que no quieren reconocer la recuperación económica. Luego, ¿para qué sirven las instituciones si, pese al atropello contra parlamentos y tribunales, estamos mejor que en 2001?
La pregunta, claro, escandaliza. Muchos hasta dirán, no sin razón, que ese interrogante debe ser conjurado. Las instituciones sirven para que esto no sea la jungla, aunque a veces las ocupen quienes no tienen las mejores intenciones. Y en este país, cada vez que derogaron de facto las instituciones, la selva se convirtió en un mejor lugar para irse a vivir. Sin embargo, el interrogante inquieta por otras razones. Como la de evitar una incómoda extensión del ¿para qué sirven las instituciones? a las otras instituciones. Las que involucran no sólo a los políticos.
Por ejemplo, ¿para qué sirven los informes sobre la pobreza? Abundan, pero nada ha cambiado. Por el contrario, los pobres son más pobres. Y la brecha que los separa de los ricos, cada vez más ricos, es el combustible de la inseguridad. Cuanto más acumulan unos, y más nada tienen otros, más arden las sociedades. En especial, cuando quieren convencerse de que no es con un reparto equitativo de la riqueza sino con penas más duras como se combate el delito. Y cuando no quieren preguntarse ¿para qué sirve este modelo económico? Un modelo, esencialmente, sirve para producir, acumular y distribuir. Pero aquí no rige la última pauta: el 10% más rico recibe 33 veces más que lo obtenido por el 10% más pobre. Millones de argentinos, mal que le pese al Indec, sienten que el sistema ha decidido que sobran. Y la tendencia mundial se empecina en darles la razón: el capitalismo ha excluido a Africa. Si no le importó un continente, ¿cuánto le pueden importar los vecinos de Alberdi? O los de Tucumán. O los argentinos. Ahora bien, es comprensible que al capitalismo no le importe. Pero ¿y a los seres humanos?
Si los pobres no importan, cada uno contiene, en sí mismo, su propia ausencia.
¿Para qué sirve la conciencia? Es decir, si en una misma cuadra hay un mendigo, un cartonero y un policía frente a una vidriera que exhibe carteras que cuestan, cada una, más de lo que los tres van a obtener en un mes, algo anda mal en la sociedad. Sobre todo porque muchos no lo advierten. O no lo admiten. Eso prueba que hace demasiado tiempo que la desigualdad se hizo carne. Jorge Luis Borges sostenía, filosamente, que estaba seguro de que El Corán había sido escrito por un árabe, porque de lo contrario circularían por sus páginas caravanas y más caravanas de camellos. Nadie repara en lo que su cultura tiene de obvio, por más perversa que resulte la obviedad.
¿Y para qué sirven las universidades? Hay profesionales que trabajan toda su vida para conseguir lo que algunos representantes del pueblo, sin primario completo, amasan en cuatro años de gestión. Luego, ¿para qué sirve estudiar? Muchos alumnos se lo plantean cuando ven que sus pares toman el atajo del machete con total impunidad. Es curioso: no denuncian a sus compañeros que copian porque aún no se preguntaron para qué sirve tener ciertos códigos que, equivocados o no, consideran válidos. En rigor, no hay personas sin código. Hay gente con códigos de porquería, pero que son códigos al fin.
Mas el interrogante sobre la instrucción tiene otras instancias: ¿para qué sirve buscar buenas notas? Si, en realidad, la meritocracia nunca llegó a esta parte del mundo. Ni al Estado ni al sector privado. Sigue preguntarse para qué sirve esforzarse y sobresalir si en muchos lugares da la impresión de que la mediocridad es un seguro contra el riesgo laboral. El que nada hace, o hace siempre lo mismo, no corre riesgos de equivocarse.Simultáneamente, de las universidades salen también exponentes de los cuales la sociedad no está, ciertamente, orgullosa. Pero aun así, ¿para qué sirve ser un médico que no negocia al paciente, o un abogado que no traiciona al cliente, o un contador que no trabaja para corruptos, si muchos de los que negocian, traicionan y asesoran a corruptos son varias veces más prósperos? ¿Para qué sirve ejercer el periodismo como lo que es, como contrapoder, si los mercaderes de la información lucran tranquilos con el Poder? ¿Para qué sirve ser un policía honrado y poner la vida en riesgo si los que tienen arreglos espurios con los malvivientes no viven mal? ¿Para qué sirve ser honesto en la política si a los deshonestos no les va tan mal en los comicios?
¿Para qué sirve el perdón si no hay castigo?
¿Y para qué sirven las ciudades si las pautas de convivencia no son respetadas? ¿Y para qué sirve su patrimonio cultural, arquitectónico e histórico si conspira contra la instalación de shoppings en cualquier parte, y contra los puestos de trabajo que estos generan? Si sólo eso importa, ¿para qué sirve llegar a la tercera edad, en especial, con la realidad del sistema previsional argentino? ¿Y para qué sirven los partidos políticos, la solidaridad, las leyes, las fuerzas armadas, el entendimiento mutuo, las prisiones, la libertad, el arte, el medio ambiente, la familia, la Constitución?
Albert Camus sigue vigente. Cuando le entregaron el Nobel de Literatura, manifestó que cada generación se cree destinada a rehacer el mundo. "La mía sabe, sin embargo, que no podrá hacerlo -admitió-. Pero su tarea es quizás mayor. Consiste en impedir que el mundo se deshaga". Parece que no lo escucharon.
Un mismo interrogante anuda la crisis de las instituciones estatales y la crisis de las instituciones ciudadanas: ¿para qué sirve triunfar? La sociedad está tan obsesionada con el triunfo que la pregunta es casi informulable. A muchos hasta les parecerá estúpida. Y allí, acaso, su triunfo. Las preguntas anteriores pueden resultar admisibles. Pero ¿para qué sirve triunfar? es hasta absurda. Casi la ocurrencia de un perdedor.Paradójicamente, muchos seguidores del triunfar no pueden definirlo.
Triunfar es triunfar. Su tautología lo exhibe como algo difícil de conceptuar pero fácil de entender. Y eso responde a que triunfar es un eufemismo de consumir. Samuel Schkolnik lo clarificó (LA GACETA Literaria 25/11/2007) cuando consignó que, en muchos casos, "la identidad de las personas se define mucho más por lo que consumen que por lo que producen". Sólo así puede cumplirse la promesa de encontrar la felicidad en esta vida, reservada no para los virtuosos, sino para los que pueden comprarla. Así, no importa lo que se haga -ni cómo-, mientras se logre capacidad de consumo. Porque lo que cuenta es consumir para, así, ser alguien. Y ser feliz. O sea, triunfar.
Como agravante, este triunfalismo no es un movimiento tolerante: tiene vocación absolutista. Como ganar es todo, perder es nada. Triunfar, pues, es condición de existencia. Es sorprendente la manera en que involuciona la humanidad. En La cuestión de la guerra, Hannah Arendt destaca que aunque la de Troya fue una guerra de aniquilación, el canto de Homero incluye a los vencidos, recoge la grandeza de Héctor y reconoce la causa troyana. Aquí, el que no triunfa no existe. Se observa, nítidamente, en el Estado: el que gana toma la suma del poder público. Y el que pierde, pierde todo.
En este marco, las instituciones son, simplemente, precios. Hablar de ellas es hablar de cuánto cuesta triunfar. Y como hay que triunfar a cualquier precio, la discusión sobre las instituciones es inútil. La dádiva corrompe la institución del voto, pero ese es el precio para triunfar y acceder a la caja estatal. Además, la sociedad redime el disvalor del representante con la aserción roba pero hace, que no es la resignación a que la eficiencia estatal tenga un costo extra, sino que es asumir que si se estuviera en el poder, también se robaría. Pero, eso sí, cuánto se haría por la gente?En la medida que triunfar, ese triunfar, sea la meta, cualquiera que intente plantear, por ejemplo, que triunfó por constituir una familia, será mirado con condescendencia. ¿A quién le ganó con eso? Y, encima, tiene más gastos. Vaya y siga participando. Pero el triunfar no deja cabos sueltos. Al que plantee que triunfó por no formar una familia, le van a pedir el resumen de la cuenta bancaria. Y si no le da el crédito, los triunfadores le preguntarán por qué, cuando tuvo la oportunidad, no buscó una pareja y tuvo hijos.
Precisamente, la victoria más perversa del triunfar fue establecer que los valores no triunfan. Por ende, no hay que pelear por ellos. Para ponerlo en perspectiva, en los comicios tucumanos de agosto, en materia parlamentaria, se advirtió con claridad que no triunfó la convicción de muchos opositores sino el dineral de muchos más acoplados. Aquí es donde el triunfo del triunfar y la derrota de los valores encuentran una esencia común: ambos representan dejar de batallar. Y, acaso, lo que le da sentido a la vida no es el triunfo sino la lucha. La lucha por los valores. Para evitar que ¿para qué sirven las instituciones? dé lugar a ¿para qué sirven los valores? Para que algún día sea masivamente inadmisible eso de que "el que no afana es un gil", porque Cambalache fue escrito en 1935 y Enrique Santos Discépolo describía la Década Infame. La que fue más de una década y mucho más que infame.
La que ya no debería ser.
Claro está, no es una pelea pareja. ¿Para qué sirve pelear por los valores? sólo encuentra respuestas comprometidas, frente al cautivante simplismo del dime qué consumes y te diré quién eres. Pero las instituciones, y los valores, sirven en un mundo que aspira a la responsabilidad antes que a la simpleza, porque la claridad es la promesa de la demagogia. La que por ejemplo augura a todos, sin dudar, "Feliz Navidad y próspero Año Nuevo". Sí, cómo no?© LA GACETA







