Mis dos fotografías de Lucio V. Mansilla

Por Miguel Angel de Marco, para LA GACETA - Buenos Aires. El historiador evoca la figura del político, militar y escritor argentino.

11 Noviembre 2007
En su tiempo, y hasta el día de su muerte, Lucio V. Mansilla (1831 -1913) era definido por muchos de sus contemporáneos como "un loco lindo", por sus variadas excentricidades y por sus arrestos marciales, próximos a la temeridad. Fue, sin duda, una de las figuras más notables y pintorescas de la Argentina, que supo combinar en su persona las dotes del escritor con las galas del conversador fino e ingenioso; el valor militar con la sagacidad que le permitió pactar con el cacique Mariano Rosas y, de paso, escribir uno de nuestros mayores monumentos literarios: Una excursión a los indios ranqueles; la erguida estampa del dandy efectista con la aplomada presencia del hombre de mundo acostumbrado a frecuentar tanto las cortes y los salones de la aristocracia europea, como los grandes saraos de la sociedad americana.
Prototipo del porteño, tuvo sin embargo actitudes y rasgos del hombre del interior del país o, para decirlo de manera cabal, supo ubicarse en cada momento y circunstancia. Así, fue periodista en Santa Fe como en Paraná y en Buenos Aires, y cuando las alternativas de nuestras disensiones fratricidas lo llevaron a las provincias, se sintió partícipe de sus vidas insertándose en ellas sin esfuerzo.
Hijo de un guerrero ilustre, el general Lucio Norberto Mansilla, oficial de San Martín y héroe de la batalla de la Vuelta de Obligado contra la poderosa escuadra anglo-francesa que había invadido los ríos interiores de la Argentina; era su madre, Agustina Ortiz de Rozas, "la mujer más bella de Buenos Aires", al decir de la época, hermana de quien rigió al país con mano férrea en una de las etapas más terribles de su historia. No le satisfacía el parentesco, y dedicó a la memoria de su tío su famosa página Los siete platos de arroz con leche, y el complicado libro Rozas, ensayo histórico-psicológico, en el que procuró poner distancia entre su familia, su persona y la del que los unitarios habían llamado tirano. Duelista que cargó sobre su reputación la muerte de Pantaleón Gómez de un certero pistoletazo, era proclive a buscar reparaciones en el campo del honor; también lo era, en otro aspecto, a reclamar por cualquier medio la atención de sus coetáneos argentinos y europeos.

Retratos de una época
Entre las manías inocentes de este hombre singular, estaba la de fotografiarse de las más diversas maneras, para obsequiar sus llamativos retratos a amistades y camaradas de armas. Hay que decir en su descargo, que un lapso prolongado de su existencia coincidió con el furor de las cartes de visite, que servían para anticipar visualmente a quienes aguardaban en la sala de recibo; expresar afecto a familiares y allegados o entregar, junto con un ramillete de flores, a las "bellas" de aquellos tiempos como prenda de apasionado amor. El daguerrotipo ya había cedido paso, casi completamente, a la más económica y manuable impresión en papel.
Mansilla se retrató repetidas veces desde su juventud, pero amplió ostensiblemente el número y variedad de sus imágenes, solo o en compañía, a partir de 1865, cuando estalló la guerra con el Paraguay. En los primeros meses de campamento, se lo contempla aún delgado, luciendo ropas militares que quebrantaban por completo las escasas normas existentes en materia de uniformes. Por ejemplo, con larga capa blanca y gorro de cosaco. Era el árbitro de la elegancia de sus oficiales, y no hay más que leer las exigencias de Dominguito Sarmiento -capitán del batallón 12 de línea que don Lucio comandaba- a su empobrecida madre, en materia de prendas de cuartel y gala, para comprobar de qué modo repercutía en aquellos muchachos de familias distinguidas los un tanto estrafalarios hábitos de su jefe. A medida que pasaron los meses, la mala alimentación, acrecentada por la costumbre de engordar la ración de carne cansada con grandes cantidades de grasa, fue ensanchando los cuerpos de la mayoría. Y así se lo contempla en otra fotografía, junto al coronel Ignacio Rivas, luciendo enorme barba y uniforme color gris, prenda en general rechazada, pues parecía signo de cobardía que los oficiales y soldados no dieran pecho al enemigo ataviados con colores y galones que los identificaran de lejos para dejar en claro que no los achicaba el miedo.
Pero vamos a las dos fotografías que poseo, y a la pequeña historia de cómo llegaron a mis manos.
La primera fue absolutamente inédita hasta que la facilité para la edición de Una excursión a los indios ranqueles que publicó Emecé en 1989. Dada su rareza, otros quisieron emplearla en artículos y libros; yo la utilicé en mi obra La Guerra del Paraguay (1995), y la profesora Eva Gilies, de la Universidad de Nebraska, me la pidió para ilustrar la primera edición en inglés de la Excursión..., en 1997.
Pues bien, yo era un joven estudiante que ya había publicado varios artículos sobre temas históricos en el diario La Capital de Rosario, cuando un amigo me preguntó si deseaba conocer a una anciana señora, hija de un expedicionario al desierto, que podría relatarme muchas cosas de los tiempos viejos. Por supuesto, se hicieron eternos los días hasta que llegó la entrevista. Con sus 97 años, doña Laura Sosa de Romero tenía una memoria prodigiosa y algunos recuerdos que no tardó en ofrecerme en calidad de obsequios ante mi emoción y deslumbramiento. Lo primero que me mostró, y regaló, fue un bellísimo álbum de nácar con fotografías de Mitre, de Sarmiento y gran cantidad de militares y civiles que su padre había conocido. Campeaban las cartes de visite familiares, incluida una de doña Laura al nacer, en que se confundían la blancura del rostro con las de las de las mantillas que la envolvían. Muchos retratos correspondían a gente de Villa Mercedes. Ella identificó a buena parte; a otros los encontré yo en la Historia de San Luis, de Juan W. Gez, con cuyo nombre y apellido, dicho sea de paso, se hacía un juego de palabras que se traducía Juan Doble Vejez.
De pronto, la anciana me dijo: "Mirá, este es don Lucio Mansilla". Efectivamente, lo era. Pero no se trataba de una imagen corriente sino de un retrato extraordinario, realizado por el conocidísimo fotógrafo Enrique Artigue en Buenos Aires, hacia 1868. Allí, el coronel vestía un imponente uniforme de su cosecha. Chaquetilla con galones húngaros y cuello de piel, de la que emergía una gruesa cadena de reloj, de oro, y sable de marfilina empuñadura. Entre sus manos se aprecia una delgada fusta.
Según la tradición, este incansable promotor de la candidatura presidencial de Sarmiento en las filas del ejército de operaciones en el Paraguay, se ofreció por aquellos días a don Domingo para ocupar la cartera de Guerra y Marina. El mandatario electo le habría dado esta ocurrente respuesta: "¡Usted ministro!... Nos tildan de locos; a usted menos que a mí, tal vez por no haber adquirido méritos para ellos todavía. Juntos seríamos inaguantables".
Vuelvo a la fotografía. Doña Laura me explicó que su padre había conocido a Mansilla hacia 1870, cuando comandaba la Frontera Oeste. Poco más tarde, el mayor Sosa, modesto oficial de fila, estuvo al frente del puñado de milicos que guarnecían el fortín Charlone, y combatió junto a Roca en la batalla de Santa Rosa (7 de diciembre de 1874). Murió muy joven, víctima de la sumatoria de enfermedades que se padecían en el desierto a raíz del frío y las privaciones: el reuma implacable y las lesiones en los pulmones y el corazón.

General de mirada melancólica
A la segunda fotografía me la obsequió no hace mucho la doctora Beatriz Figallo, quien la halló, con otras muy interesantes, entre las pertenencias de su bisabuelo don Toribio Fernández y Sánchez. Al contemplarla recordé que era similar a la que adorna la portada de uno de los fascículos del Album de la Guerra del Paraguay (1893), cuyo redactor ubicaba a los antiguos jefes devenidos generales en un lugar preferente. La imagen de esa publicación entre cuyos méritos está el constituir un vasto registro de las figuras y biografías de los que combatieron, es en realidad un dibujo litográfico de Fortuny, como burilado en una placa o una medalla, que tuvo sin duda como modelo una copia de la foto que aquí se reproduce.
Mansilla está de perfil, envuelto en una túnica de reminiscencias romanas, ancha la frente, entrecana la cabellera y barba. La placa fue realizada por el célebre Estudio Fotográfico de Chute & Brooks, con casas en Montevideo y en Buenos Aires. Con su inconfundible letra y tinta morada la dedicó al canadiense Guillermo Perkins, a quien había conocido años atrás en Rosario. Era este un hombre realmente extraordinario, que después de intentar fortuna como buscador de oro en California, se casó con la bella catamarqueña Parmenia Navarro, hermana de su amigo y compañero de aventuras Ramón Gil Navarro. Animado por este, viajó a la Argentina, se instaló en la pujante ciudad santafesina y se dedicó a diversas actividades. Fue periodista y director de El Ferro-Carril (1863) y El Cosmopolita (1865), miembro de la Corporación Municipal, de la Comisión Promotora de la Inmigración y de otras entidades. Además, su nombre se vinculó a diferentes empresas orientadas al desarrollo económico local.
Ignoro cómo llegó la fotografía de Mansilla a manos del profesor de primeras letras Fernández y Sánchez, recibido en la Escuela de Maestros de León, España, quien se instaló en Rosario hacia 1890, después de desempeñarse por varios años en un establecimiento educativo de Montevideo. En la urbe ribereña del Paraná, fue por dos décadas director del reconocido Liceo Argentino.
Así, sin haberlo buscado, tengo el placer de contemplar entre mis libros, al admirado -por inteligente y quijotesco caballero- coronel de 37 años; y al general de mirada melancólica que escribía sin cesar en el cotidiano Sud-América las Causeries de los Jueves, tras abandonar, al menos parcialmente, sus aspiraciones de llegar a los primeros puestos políticos de su patria. © LA GACETA

Tamaño texto
Comentarios