Pequeño ensayo sobre el ensayo

Por César Di Primio, para LA GACETA - Tucumán. El ensayo es el tratamiento de un tema sin la profundidad de un tratado; pero tampoco es un artículo periodístico de rápida digestión.

28 Octubre 2007
Desde Borges, no hay ensayo que no comience con una frase ingeniosa o sentenciosa. Ahora todo ensayista estimula al lector a las patadas epigramáticas, con un ingenio insoportable, con una triste pretensión de inteligencia sucinta, de la cual nos libran sólo algunos escritores sobrios y moderados. Claro que la inteligencia es equivalente a la alegría, a ganas de continuar leyendo. Pero los escritores que nos asombran con su ruido verbal, con sus anfibologías indecentes, no nos parecen inteligentes. Mejor aquellos que nos aburren unas 50 páginas para entonces formular una idea innovadora y trascendente. Como Descartes o Wittgenstein, escritores prima facie tediosos, pero verdaderos innovadores del pensamiento. Algunos dirán que en realidad no formularon nada innovador, nada inteligente, que lo que ocurre en realidad es que, leídas unas 50 páginas, el lector se encuentra en el vórtice inicial de una especie de trance de hastío, del cual rehúye encontrando ideas importantes en vacuas proposiciones. No es lícito negar su posibilidad; puede ocurrir que, por contraste, el lector encuentre apasionante una idea trillada, pero para salvar su vigilia tenga que extasiarse con un lugar común metamorfoseado en espejismo filosófico.
Por otra parte el ensayo, inaugurado extraoficialmente por Montaigne y reglado por escritores del siglo XX, viene siendo ya una especie en proliferación estrepitosa. El ensayo es casi un tratado, pero no llega a serlo, porque no tiene orden predispuesto ni la extensión de aquel ni sus temáticas planificadas. Se da, como en el diálogo, espontáneamente. En el ensayo se da el agradable caos de la conversación donde casi todo es tácito y también impreciso y sugerido. Los temas sobre los que discurre el autor pueden estar dirigidos a uno en especial (verbigracia: la literatura medieval o la pintura bizantina) pero el método del ensayo es, por lo general, impredecible y sui generis, cuando no extraño. Como en el diálogo, en el ensayo hay ocurrencias y hasta puede aparecer alguna clase de broma hacia el lector.
El ensayo es, se dijo, el tratamiento de un tema sin la profundidad del tratado; pero tampoco es un artículo periodístico de rápida digestión y de rigor esquemático. En el ensayo el escritor y el lector conversan aún más de lo que ya dialogan en todo libro; sólo faltan sillas y café. Además, el escritor de ensayos se siente más a gusto con sus propios razonamientos porque están librados a su repentina aparición, no es necesario citar académicamente las fuentes o acertar fielmente en toda cita latina.
Vladimir Horowitz, el excelso pianista, dijo luego de tocar una sonata de W. A. Mozart, que había cometido ciertos errores en la ejecución pero que así estaba bien, porque eran obras humanas, tanto la composición como la ejecución. También en el ensayo el error es lícito, por la poca pretensión que contiene.
He aquí otras ventajas del ensayo: la primera, que el escritor puede citar algo en latín o en otra lengua sin que su interlocutor lo interrumpa con esa modestia apresurada que tienen algunos interlocutores, sobre todo los que viven de la compra y venta de algo. La segunda, que la ocurrencia de cualquier idea es propicia si viene al caso, y si no lo hace, también, porque no hay un caso prefijado. Tampoco el ensayo es una secuencia loca de avatares temáticos. Es más, es necesario que exista un eje discursivo sobre el cual improvisen ambos agentes, escritor y lector. Pero ese eje no está rigurosamente determinado y uno puede variar en digresiones, en citas no oportunas, en definiciones insuficientes, en desatinos inexorables... siempre se puede volver al tema inicial y nunca agotarlo. Finalmente, otra ventaja de la escritura de un ensayo es que se le puede dar fin en cualquier momento, por ejemplo: así.© LA GACETA

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