La filosofía en el banquillo

Por Jorge Estrella, para LA GACETA - Tucumán. "Nacida desde la voluntad de entender al mundo (cosmología), al hombre dentro de él (antropología) y al sentido de la vida (sabiduría), la filosofía ejercida hoy ni de lejos está dispuesta a cumplir con esos propósitos iniciales. Los ha reemplazado por un interminable recuento de lo que ella misma fue en el pasado. Se niega sistemáticamente a ver el universo, el hombre y el sentido de sus días".

28 Octubre 2007
No es sencillo definir con suficiente precisión qué es la filosofía. De modo que sentarla en el banquillo de los acusados tampoco será fácil. Porque ante cualquier crítica que se le haga, ella podrá decir (por boca de sus intérpretes, claro): señor, usted está hablando de otra cosa.
Diré en mi favor que tampoco es sencillo precisar qué es el arte, o el tiempo, o la vida, o el sentido, o lo mental o? detengo aquí una lista que se abre indefinidamente ante la curiosidad filosófica. Y ello no ha impedido que se haga arte, se viva, se maneje el tiempo o se simulen mentes artificiales.
Voy a limitarme aquí a señalar sólo una de las deserciones que advierto en la filosofía real: su propensión a la autorreferencia.
Nacida desde la voluntad de entender al mundo (cosmología), al hombre dentro de él (antropología) y al sentido de la vida (sabiduría), la filosofía ejercida hoy ni de lejos está dispuesta a cumplir con esos propósitos iniciales. Los ha reemplazado por un interminable recuento de lo que ella misma fue en el pasado. Se niega sistemáticamente a ver el universo, el hombre y el sentido de sus días. Y remeda un gesto equívoco: porque parece cumplir con aquel antiguo propósito que la hizo nacer, pero de hecho sólo revisa la vasta biblioteca de su historia.
Temo que esto suene demasiado general para ser entendido, así que aterrizaré en un ejemplo suficientemente ejemplificador. Movido más por la curiosidad que por interés, asistí hace años a un seminario que un conocido discípulo de Heidegger, Fedier, daba sobre su maestro. El ánimo de los concurrentes en el recinto universitario semejaba al de los feligreses de una iglesia más que al de aprendices de la filosofía. En un momento dado, impaciente ante la cantidad de afirmaciones impunes de este gurú, se las señalé. Su respuesta fue sumamente definitoria: - Yo exijo a mis alumnos que no piensen; deben limitarse a repetir lo dicho por el Maestro, él lo ha pensado, usted sólo debe recorrer el camino de su lectura, porque es el único modo que aprenda, si tiene suerte, a ver la luz que hay en el lenguaje del Maestro.
No pensar sino repetir. Esto aproxima la filosofía a la religión: ha de tratarse al texto como si fuese un texto sagrado. Y sin embargo, la filosofía ha nacido exactamente desde la intención opuesta: entender lo real no desde la fe sino desde la inteligencia. No desde la respuesta habida sino desde la pregunta. No desde el ejercicio del sometimiento sino desde la libertad. No desde el dogma sino desde la duda.

Los freezers académicos
Esa deserción de la filosofía en los centros universitarios donde se la cultiva me recuerda este viejo cuento que escuché:
"El diablo camina por la vía blanca de Tucumán seguido de su séquito de diablitos menores. Uno de ellos advierte que del bolsillo de su jefe ha caído una idea y ha quedado sobre la acera. El diablito la recoge y exclama mientras procura entregársela: -¡Maestro, maestro! Mire, se le ha caído esta idea. Y es una idea excelente.
El diablo mayor se vuelve y responde: - Déjala en el suelo, ya verás en qué se convierte esa buena idea en manos de los hombres".
Esta propensión a la entropía, a la adulteración del sentido primerizo de las buenas ideas originarias, tal vez sea el destino de los asuntos humanos. Véase en qué aterriza hoy la idea de democracia entre nosotros (bolsones, prebendas, corrupción, punteros, ¿estaban prefiguradas en el papelito que se le cayó al diablo criollo?) Entonces ¿por qué culpabilizar a la filosofía de su metamorfosis hacia lo peor? Por muchos motivos, pero elegiré sólo este: porque existe otro modo de hacerse cargo de la realidad, también nacido en la Grecia clásica, que permanece más fiel a su origen. Es el conocimiento vigoroso surgido desde las ciencias. Los científicos tienen claro que se investiga lo desconocido, mientras que se enseña el saber ya consolidado. Los filósofos profesionales (y los dedicados a las humanidades en general) simulan hacer investigación cuando en rigor sólo están ofreciendo resúmenes de las creencias de filósofos del pasado (o del presente que ellos han resuelto relevar como significativos). A los profesionales de la filosofía les cuesta ver ese ademán patético presente en sus abultadas publicaciones. Casi invariablemente responden a este esquema: "El asunto X en el pensamiento de Y". No importa que la versión de Y sobre el asunto X haya sido abandonada por falsa según el escrutinio exigente de la ciencia actual. De modo que las facultades de humanidades suelen ser reservorios anticuados de saberes abandonados. Algo así como freezers, donde han quedado congeladas antiguas y "nuevas" creencias sobre el mundo, el hombre y su sentido en el cosmos.
Y sin embargo el real espíritu inquisitivo de la filosofía palpita en esos clásicos conservados literalmente. Cultivando su letra, los profesionales de la filosofía suelen olvidar su espíritu. El esfuerzo de "pensar" los temas filosóficos debería ser más atractivo que el de enseñar a "repetir". Una consecuencia indeseable de no hacerlo es que la filosofía ha pasado a ser una sirvienta de las ideologías, así como en otros tiempos lo fue de la teología. Porque cada profesional de las humanidades se siente inscrito espontáneamente en "una concepción del mundo" no sometida a discusión. Y hay un frondoso menú de concepciones intransigentes fundadas cada una en un "credo", no en un "conocimiento", de beaterías con textos distintos. En los congresos de filosofía (penosas vitrinas donde cada credo agrupa a sus feligreses y recita sus consignas sacadas de sus propios textos sagrados) se advierte esa heterogeneidad donde precisamente el elemento unificador, el espíritu filosófico, está ausente y sólo queda la yuxtaposición de feligresías incomunicadas.

Mejor equivocarse con Sartre...
Vuelvo a otro ejemplo, también francés, para señalar esta servidumbre de la filosofía al "credo", no al "conocimiento". En un libro escrito en colaboración con A. Renaut (Heidegger y los modernos), Luc Ferry, luego de mostrar con buenas razones (en contra de J. Derrida y de sus seguidores) que el nazismo de Heidegger no puede ser un humanismo, defendía al Sartre comprometido con la defensa de muchos de los crímenes comunistas: "como todos sabemos, ?más vale equivocarse con Sartre que tener razón con Aron?, una fórmula que ilustra perfectamente los valores en los cuales se reconoce y se autolegitima la corporación de los intelectuales" (p 22). Nótese la nitidez de la renuncia al espíritu filosófico en esa preferencia por el error en reemplazo de la verdad. ¿Por qué reconocer "autoridad moral" a Sartre y desconocerla a un nazi como Heidegger cuando ambos seguían la lógica del "intelectual comprometido"? La violación del principio de no contradicción parece no provocar rubor alguno en estos filósofos.Mencionaré al pasar otras dos consecuencias que trae consigo el abandono del espíritu filosófico: a) la tendencia a construir una jerigonza propia en el interior de cada secta; b) su distanciamiento notorio del hombre común.
El mismo Luc Ferry citado, ha publicado un libro (cuya venta, dice la contratapa, asciende a más de cien mil ejemplares sólo en Francia en un mes), Aprender a vivir (Buenos Aires,Taurus, 2007). El autor ensaya en él superar ese par de vicios, ofreciendo una historia de la filosofía desde un lenguaje no erudito y accesible al gran público. Y aunque en parte lo consigue (en la descripción del pensamiento estoico, la relación fe y razón en el cristianismo o su lectura de Nietzsche, por ejemplo) dedica un esfuerzo importante a mostrar la filosofía como medio de salvación personal y, por eso, semeja a ratos esos manuales actuales de autoayuda.© LA GACETA

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