23 Septiembre 2007 Seguir en 

Siguiendo la tradición de los antiguos "bestiarios" medioevales, Alba Omil y su hijo Lucio Piérola han escrito este breve y encantador libro, donde se describen extrañas formas de erotismo. En el prefacio los autores nos explican: "este libro no pretende ser científico... es más bien un juego, una diversión, con algo de humor, algo de reflexión, no sin cierta melancolía y con mucho pudor. Intenta también un homenaje a la madre Naturaleza y una gratitud por la creación divina".
Las formas de este erotismo son muy distintas desde la sutileza de las mariposas, que lamen los pistilos de las flores, hasta la trágica acción de la viuda negra o el mamboretá, pues, terminado el encuentro, la hembra se come tranquilamente al macho. En el caso de la araña saltadora "la ceremonia de la comida fue más lenta y madurada que el apareamiento", dice el libro. Hay también casos extraños, como el de la tenia, que en el comienzo de su vida es macho, pero a medida que envejece se transforma en hembra.
También algunas especies animales parecen sensibles a la belleza, que es utilizada en una especie de galanteo destinado a conseguir pareja. Tal es el caso de la mariposa sátiro o del pavo real, que despliegan sus alas de brillantes colores, para atraer a las hembras. En otros casos, la unión se consigue mediante la destilación de suaves aromas.
La vida de las abejas, a pesar de la miel que fabrican, no es nada dulce: miles de obreras han sido diseñadas sólo para trabajar. Además, cuidan a su reina, cuya única función es perpetuar las especies.
También los machos, los zánganos, que viven del trabajo de las obreras y luchan entre ellos para alcanzar a la reina en vuelo nupcial, quien llega a alturas que nunca alcanzarán las obreras; sólo el macho más fuerte podrá acercarse a ella, la poseerá y morirá en el acto. Luego las obreras barrerán su cadáver.
¿Se puede hablar de amor, tal como lo entienden los hombres? Los autores creen que no, lo cual es evidente cuando se trata de insectos. Pero el asunto parece más complejo en especies superiores. Experiencias recientes han demostrado que los monos son capaces de sacrificarse para evitar el dolor de un congénere. Y los perros, ¿acaso no aman a sus dueños?
Posiblemente estas preguntas tengan respuestas si recordamos que la palabra griega eros (amor) significa muchas cosas desde el mandato ciego de propagar la especie hasta el sentimiento más puro y espiritual.© LA GACETA
Las formas de este erotismo son muy distintas desde la sutileza de las mariposas, que lamen los pistilos de las flores, hasta la trágica acción de la viuda negra o el mamboretá, pues, terminado el encuentro, la hembra se come tranquilamente al macho. En el caso de la araña saltadora "la ceremonia de la comida fue más lenta y madurada que el apareamiento", dice el libro. Hay también casos extraños, como el de la tenia, que en el comienzo de su vida es macho, pero a medida que envejece se transforma en hembra.
También algunas especies animales parecen sensibles a la belleza, que es utilizada en una especie de galanteo destinado a conseguir pareja. Tal es el caso de la mariposa sátiro o del pavo real, que despliegan sus alas de brillantes colores, para atraer a las hembras. En otros casos, la unión se consigue mediante la destilación de suaves aromas.
La vida de las abejas, a pesar de la miel que fabrican, no es nada dulce: miles de obreras han sido diseñadas sólo para trabajar. Además, cuidan a su reina, cuya única función es perpetuar las especies.
También los machos, los zánganos, que viven del trabajo de las obreras y luchan entre ellos para alcanzar a la reina en vuelo nupcial, quien llega a alturas que nunca alcanzarán las obreras; sólo el macho más fuerte podrá acercarse a ella, la poseerá y morirá en el acto. Luego las obreras barrerán su cadáver.
¿Se puede hablar de amor, tal como lo entienden los hombres? Los autores creen que no, lo cual es evidente cuando se trata de insectos. Pero el asunto parece más complejo en especies superiores. Experiencias recientes han demostrado que los monos son capaces de sacrificarse para evitar el dolor de un congénere. Y los perros, ¿acaso no aman a sus dueños?
Posiblemente estas preguntas tengan respuestas si recordamos que la palabra griega eros (amor) significa muchas cosas desde el mandato ciego de propagar la especie hasta el sentimiento más puro y espiritual.© LA GACETA
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