23 Septiembre 2007 Seguir en 

Esta obra escrita en portugués en 1991 ha conocido numerosas ediciones y traducciones a varios idiomas. Ha despertado tanto interés como rechazo, ya que difícilmente el lector puede permanecer indiferente ante sus planteos. Porque las convicciones más arraigadas se ven desafiadas por un cambio total de perspectiva. El Jesús de Saramago no es el predicador confiado en el amor incondicional de Dios. Está atormentado desde joven por sentimientos de culpa (¿a cuántos niños mató Herodes a causa suya?). Se muestra inseguro a la hora de decidir. Lo paraliza la timidez en sus relaciones. Lo abruman las dudas sobre lo que Dios quiere de él.
El lector encuentra desde el comienzo un relato que contradice las creencias más tradicionales. Porque el autor parece resistirse a aceptar como incuestionable una visión que el creyente considera evidente: que lo que sucedió en Jesús se basa en la misericordia de Dios y en su solicitud amorosa. Los diálogos de Jesús con Dios y con el Diablo, sorprendentemente contrarios a lo acostumbrado en la literatura religiosa, pueden admirar o irritar al lector.
Jesús se inicia como aprendiz de Pastor, un misterioso personaje que lo tienta con una vida más natural y menos religiosa. Pero no será Jesús el que lo rechace, sino que Pastor (el Diablo) terminará despidiéndolo porque "no ha aprendido nada". Esta figura del tentador la continúa el mismo Dios, que promete a Jesús "poder y gloria" a cambio de su vida, sin explicarle el modo de entregarla. Su muerte sería aprovechada por Dios para imponerse universalmente a la humanidad, aunque siguiera después "una historia interminable de hierro y sangre, de fuego y cenizas, un mar infinito de sufrimientos y de lágrimas". Jesús morirá sintiéndose engañado y pidiendo que se perdone a Dios: "Hombres, perdonadle, porque él no sabe lo que hizo".
Más allá del encuadre novelístico, esta obra de Saramago es una serie de largas reflexiones sobre temas que interesan tanto a creyentes como a no creyentes. Podría calificarse de anticristología, en cuanto que cuestiona los títulos tradicionalmente aplicados a Jesús. Mucho más se la podría llamar antiteodicea, ya que Dios se auto-justifica afirmando que necesita que siga existiendo el Mal para que él continúe siendo el Bien.
A pesar de su planteo iconoclasta, que expone un panorama teológico deliberadamente opuesto al profesado por el cristianismo, no puede ocultarse la admiración de Saramago por la figura histórica de Jesús, de la cual da muestras de conocer muy bien. Tal vez su presentación intencionadamente chocante sea una provocación para considerar más detenidamente afirmaciones (tanto de creyentes como de escépticos) que a menudo no son objeto de suficiente reflexión.© LA GACETA
El lector encuentra desde el comienzo un relato que contradice las creencias más tradicionales. Porque el autor parece resistirse a aceptar como incuestionable una visión que el creyente considera evidente: que lo que sucedió en Jesús se basa en la misericordia de Dios y en su solicitud amorosa. Los diálogos de Jesús con Dios y con el Diablo, sorprendentemente contrarios a lo acostumbrado en la literatura religiosa, pueden admirar o irritar al lector.
Jesús se inicia como aprendiz de Pastor, un misterioso personaje que lo tienta con una vida más natural y menos religiosa. Pero no será Jesús el que lo rechace, sino que Pastor (el Diablo) terminará despidiéndolo porque "no ha aprendido nada". Esta figura del tentador la continúa el mismo Dios, que promete a Jesús "poder y gloria" a cambio de su vida, sin explicarle el modo de entregarla. Su muerte sería aprovechada por Dios para imponerse universalmente a la humanidad, aunque siguiera después "una historia interminable de hierro y sangre, de fuego y cenizas, un mar infinito de sufrimientos y de lágrimas". Jesús morirá sintiéndose engañado y pidiendo que se perdone a Dios: "Hombres, perdonadle, porque él no sabe lo que hizo".
Más allá del encuadre novelístico, esta obra de Saramago es una serie de largas reflexiones sobre temas que interesan tanto a creyentes como a no creyentes. Podría calificarse de anticristología, en cuanto que cuestiona los títulos tradicionalmente aplicados a Jesús. Mucho más se la podría llamar antiteodicea, ya que Dios se auto-justifica afirmando que necesita que siga existiendo el Mal para que él continúe siendo el Bien.
A pesar de su planteo iconoclasta, que expone un panorama teológico deliberadamente opuesto al profesado por el cristianismo, no puede ocultarse la admiración de Saramago por la figura histórica de Jesús, de la cual da muestras de conocer muy bien. Tal vez su presentación intencionadamente chocante sea una provocación para considerar más detenidamente afirmaciones (tanto de creyentes como de escépticos) que a menudo no son objeto de suficiente reflexión.© LA GACETA
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