19 Agosto 2007 Seguir en 

El frío y la crueldad son dos elementos que están presentes en todo el libro. La acción transcurre en los comienzos de la guerra del 14 y el protagonista es un militar sueco que tiene una misión secreta: diseñar rutas marítimas para ser utilizadas en el caso que su país se viera envuelto en la contienda bélica. De esa manera, va recorriendo los mares con su plomada siempre midiendo las profundidades marinas. También, con una especie de obsesión mide mentalmente todo lo que ve. Es como si buscara una profundidad absoluta que está más allá de todos los datos que recoge su plomada.
A pesar de la excelente traducción de Carmen Montes Cano, que vierte el original sueco en un castellano límpido, claro y armonioso, el lector o la lectora, no se entusiasma con el libro. Hasta que llega un momento misterioso en que descubre que no puede dejar de leerlo: está totalmente atrapado por la personalidad de Lars Tobiasson-Svartman, el protagonista que quiere alcanzar una profundidad absoluta. Quizás ese deseo no es más que una metáfora de la búsqueda del yo, de la necesidad de saber quién es uno mismo. Pero, las profundidades del personaje son muy hondas, además de estar marcadas por las contradicciones.
Lars se presenta al comienzo de la novela como un joven amable e inteligente, muy bien casado con una mujer rica que se dedica a coleccionar porcelanas. Todo parece muy tranquilo y convencional. Pero en sus viajes llega a la isla de Halkaakar. En ella conoce a la única habitante; una mujer, cuya mayor ambición es poder salir de la isla. Lars le promete llevarla consigo, sin la menor intención de cumplir su promesa. Desde ese momento lleva una doble vida y en las páginas finales sus dos mujeres esperan una hija: ambas tendrán el mismo nombre que él ha elegido.
La crueldad del personaje parece no tener límites. En la isla mata a tiros a un muchacho alemán que ha llegado buscando un refugio ante los horrores de la guerra y a él no le gustan los desertores. En la ciudad intenta, aprovechando la oscuridad de la noche, matar a su suegro, pero sólo alcanza a herirlo.
Al terminar la lectura de la novela tuve la extraña y amarga sensación de que no debía haberla leído. La constante presencia del frío y la crueldad me disgustan, así que después de terminar esta nota trataré de olvidarla © LA GACETA
A pesar de la excelente traducción de Carmen Montes Cano, que vierte el original sueco en un castellano límpido, claro y armonioso, el lector o la lectora, no se entusiasma con el libro. Hasta que llega un momento misterioso en que descubre que no puede dejar de leerlo: está totalmente atrapado por la personalidad de Lars Tobiasson-Svartman, el protagonista que quiere alcanzar una profundidad absoluta. Quizás ese deseo no es más que una metáfora de la búsqueda del yo, de la necesidad de saber quién es uno mismo. Pero, las profundidades del personaje son muy hondas, además de estar marcadas por las contradicciones.
Lars se presenta al comienzo de la novela como un joven amable e inteligente, muy bien casado con una mujer rica que se dedica a coleccionar porcelanas. Todo parece muy tranquilo y convencional. Pero en sus viajes llega a la isla de Halkaakar. En ella conoce a la única habitante; una mujer, cuya mayor ambición es poder salir de la isla. Lars le promete llevarla consigo, sin la menor intención de cumplir su promesa. Desde ese momento lleva una doble vida y en las páginas finales sus dos mujeres esperan una hija: ambas tendrán el mismo nombre que él ha elegido.
La crueldad del personaje parece no tener límites. En la isla mata a tiros a un muchacho alemán que ha llegado buscando un refugio ante los horrores de la guerra y a él no le gustan los desertores. En la ciudad intenta, aprovechando la oscuridad de la noche, matar a su suegro, pero sólo alcanza a herirlo.
Al terminar la lectura de la novela tuve la extraña y amarga sensación de que no debía haberla leído. La constante presencia del frío y la crueldad me disgustan, así que después de terminar esta nota trataré de olvidarla © LA GACETA
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