19 Agosto 2007 Seguir en 

En El idioma analítico de John Wilkins (1952), Jorge Luis Borges propone que en la enciclopedia china Emporio celestial de conocimientos, los animales se clasifican en (a) pertenecientes al emperador, (b) embalsamados, (c) amaestrados, (d) lechones, (e) sirenas, (f) fabulosos, (g) perros sueltos, (h) incluidos en esta clasificación, (i) que se agitan como locos, (j) innumerables, (k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, (l) etcétera, (m) que acaban de romper un jarrón, (n) que de lejos parecen moscas.
Catorce años después, Michel Foucault publicaría Las palabras y las cosas, nacido de ese texto. En su Prefacio sentenció que en el asombro de la taxinomia borgeana, lo que se nos muestra como el encanto exótico de otro pensamiento es el límite de nuestro pensamiento: la imposibilidad de pensar esto. "Lo imposible no es la vecindad de las cosas, es el sitio mismo en el que podrían ser vecinas". El pensador francés escribió, también, que la creación del argentino lo hizo reír por mucho tiempo, no sin un infranqueable malestar. "Quizá porque entre sus surcos nació la sospecha de que hay un desorden peor que el de lo incongruente". Eso peor, identificó, es el desorden de un gran número de órdenes posibles, sin ley.
Claro está, Foucault sostenía que semejante monstruosidad sólo era posible en el no-lugar del lenguaje. Era un optimista. Porque sí hay un lugar físico que desafía la incapacidad de razonar. Una geografía en la cual lo que no se puede pensar, sí puede existir. Una abrumadora mayoría de los lectores de este artículo vive dentro de sus límites.
En América Latina, el 46% de la población, es decir, la mitad, vive por debajo de la línea de pobreza. Y la mitad de esa mitad vive bajo la línea de indigencia: ni siquiera gana para comer. Hay 58 millones de jóvenes que son pobres. De ellos, 21 millones viven en la pobreza extrema. Es decir, no tienen ni siquiera un dólar por día para consumir las calorías indispensables para subsistir, que son aportadas, por ejemplo, por 150 gramos de margarina. De modo que en la clasificación de modos de vida habría que pautar (a) las vacaciones más allá del océano, (b) el cambio del 0 kilómetro cada cuatro años, (c) las compras en el súper con tarjeta a 12 pagos sin interés, (d) el festejo de la camisita limpia, (e) ni siquiera dos medialunas por día.
La deserción en la escuela primaria de América Latina alcanza el 50%, con lo cual el índice de escolarización para este lado del mundo es de seis años. Según los estándares internacionales, si no se tienen, al menos, 11 años de educación formal, o sea el doble, difícilmente pueda salirse de la pobreza. De modo que el progreso de las naciones puede clasificarse en (a) países desarrollados con altos grados de escolaridad; (b) los "Tigres Asiáticos", cuyo despegue tiene como correlato una población con un promedio de casi 14 años de instrucción formal; (c) este lado del mundo, donde si saber no es un derecho seguramente dirán que es un izquierdo.
De cada 1.000 nacidos vivos, desde México hacia abajo, 71 mueren, en promedio, antes de cumplir los cinco años. En los países nórdicos, esa tasa es de sólo cuatro almitas por cada 1.000 nacidos vivos. Así que, en materia de demografía continental habría que distinguir entre (a) los que nacen con suerte, (b) los que nacen en América Latina. En especial porque en el continente pleno en la producción de alimentos, padecen hambre el 27% de los niños bolivianos, el 26% de los niños ecuatorianos, el 25% de los niños peruanos y el 20% de los niños del Gran Buenos Aires.
La tasa de desempleo de los jóvenes, casi como regla sin excepciones, duplica en cada país a la tasa de desempleo general, que en el caso de Tucumán es, oficialmente, casi del 12%. Pero para qué preocuparse por la desocupación, cuando todavía hay que ocuparse de la situación de los que sí tienen empleo. En Latinoamérica, sólo cuatro de cada 10 trabajadores ocupados aporta a algún sistema de seguridad social. En Tucumán, entre los asalariados, el 49,2% (nuevamente, la mitad) no registra descuentos jubilatorios. En materia laboral, aparecen (a) los que padecen el azote del desempleo, (b) los que sufren el flagelo de estar empleados.
El gasto estatal por habitante latinoamericano en salud es, en promedio, de 438 dólares. La media mundial es de 640 dólares. Y la de los países desarrollados es de 2.514 dólares. Luego, en la clasificación de riesgos comunitarios se encuentran (a) la inseguridad ciudadana, (b) la inseguridad jurídica, (c) la inseguridad de la seguridad social.
Ante semejante escenario, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) decidió el año pasado, durante su trigésimo congreso, proponer para la región un "Pacto de Protección Social". O sea, hay que proteger a la sociedad de la sociedad. Lo que implica toda una clasificación sobre las catástrofes: (a) las de la naturaleza, (b) las de la civilización.
El hombre no es el lobo del hombre porque los lobos no se comen entre sí. El hombre es el hambre del hombre.
Cerca, tan lejos
En los semáforos de un cruce de avenidas de San Miguel de Tucumán, un niño se ríe de un joven varios años mayor que no sabe en qué día nació. Ignora su edad. No puede celebrar, siquiera, su cumpleaños. La pobreza subtropical es salvaje. Y puede optarse por tres métodos para identificar a los pobres: (a) por sus necesidades básicas insatisfechas; (b) por sus ingresos por debajo de la línea de pobreza; (c) porque tienen un dónde, pero nacen despojados de un cuándo.
Luego, una clasificación complementaria es la del futuro: (a) es un tiempo verbal, (b) una construcción colectiva, (c) un sueño azul, pero lejano, (d) un bien privatizado. Privativo de unos pocos. Para otros, los muchos, rige el encierro del presente. Ese es el laberinto social: como todos los días son iguales, no puede distinguirse cuál corresponde al mañana. La clase gobernante lo supo temprano y, en lugar de derogar el futuro como un bien social, prefirió abrogarlo por medio de la costumbre. La costumbre de la política del sálvese quien pueda, en la que ellos fueron los primeros en salvarse. Mujeres y niños, después. Y como en el país, el cupo de futuro era escaso, hubo que buscarlo en otra parte.
Dicho de otro modo, el grito pelado de 2001 y 2002 fue "que se vayan todos". Como ninguno se fue, se marcharon los argentinos. En un año, 1 millón de extranjeros cruzó las fronteras para venir como inmigrantes y 3,5 millones de argentinos lo hicieron en sentido contrario, para emigrar. La mala noticia es que ese es el éxodo de 2000, anterior a la debacle.
Pero en el bestiario nacional, al lado del "que se vayan todos" está el "que se quede alguno". En el Tucumán que, de acuerdo con el calendario occidental, transita el tercer milenio, la oposición reclamaba incluir en la Constitución, durante su última reforma, un instituto de los tiempos de la colonia. El oficialismo se negó: debe haberlo considerado vanguardista. Era el Juicio de Residencia, consistente en que los funcionarios públicos, electivos o ejecutivos, debían permanecer un mínimo de años después de cesadas sus funciones, por si debían ser sometidos a procesos legales. Es inevitable reparar en el Juicio de Residencia, que tiene como fondo a una provincia arrasada, y no pensar en los ladrones nómades. Para Atila, el huno, no importaba que la hierba no volviera a crecer porque no pensaban volver. La taxinomia que se desprende es casi obvia: (a) oleadas bárbaras, (b) malones indios, (c) gobiernos que tomaron el nombre del pueblo en vano.Por supuesto, hay al respecto distintos niveles de autocrítica: (a) la personal, (b) la institucional, (c) la que se plasma en las normas vigentes. Para el caso, la ordenanza que reglamenta las publicidades en los ómnibus para San Miguel de Tucumán prohíbe difundir en ellos propaganda de tipo político, "y de cualquier otra que afecte la moral y las buenas costumbres".
Del mismo modo, la irresponsabilidad también es, aquí, (a) personal, (b) institucional, (c) legal. La Ley Orgánica de Comunas Rurales exige el ciclo de educación primario completo para los candidatos a delegados comunales, pero la Constitución, en su artículo 46, no establece ese requisito para los postulantes a legisladores. De modo que para administrar un caserío hay que poseer cierto grado alfabetización, pero no para votar el presupuesto general de la Provincia, de $ 3.500 millones para este año.
En este punto, el cuarto oscuro también es (en la misma escala que el continente, el país y la provincia) ese lugar donde la incongruencia se hace real. Porque, por increíble que parezca, los tucumanos (y los argentinos) a menudo votan para que los gobierne a gente que ni siquiera invitarían a su casa. O, desde un plano menos personal, a gente a la que jamás le darían un empleo. De modo que en la clasificación de sociedades posibles están: (a) las que condenan la corrupción, (b) las que la admiten sin reparos, (c) las que la critican socialmente pero le asignan intención de voto. Bastante alta, por cierto.
Hay, pues, una necesaria clasificación del presente: (a) el que está anclado en el pasado, (b) el que se desespera por el porvenir, (c) el que no puede mirar más allá de sus narices, (d) el que no soporta la mirada del ayer, (e) el que se queda quietito. Juan Bautista Alberdi rescataba como ejemplo a emular la Constitución de California, por su simpleza, su practicidad, su previsión y su claridad de objetivos. En definitiva, aquel era un desierto por poblar, a diferencia del vergel de nuestra patria. De allí una clasificación ya conocida de países: (a) desarrollados, (b) no desarrollados, (c) Japón, (d) la Argentina. Tras la II Guerra Mundial, "la tierra del sol naciente", de tener nada pasó a tenerlo todo. Maldita viceversa nacional.
El resultado final enrostra la estremecedora coherencia de lo incongruente. La situación de estas tierras (latinoamericanas, argentinas, tucumanas) no sólo puede explicarse en el mismo ordenamiento bestial que proponía Borges. En rigor, ya está incluida allí. ¿Qué otra realidad, si no esta, puede esperarse de un lugar donde el grueso de la clase dirigente cabe en el Emporio Celestial de Conocimientos?
Los que prometieron conducir los destinos del pueblo con lealtad y patriotismo se clasifican, según su tarea y su comportamiento, en: (a) pertenecientes al emperador, (b) embalsamados, (c) amaestrados, (d) lechones, (e) sirenas, (f) fabulosos, (g) perros sueltos, (h) incluidos en esta clasificación, (i) que se agitan como locos, (j) innumerables, (k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, (l) etcétera, (m) que acaban de romper un jarrón, (n) que de lejos parecen moscas. © LA GACETA
Catorce años después, Michel Foucault publicaría Las palabras y las cosas, nacido de ese texto. En su Prefacio sentenció que en el asombro de la taxinomia borgeana, lo que se nos muestra como el encanto exótico de otro pensamiento es el límite de nuestro pensamiento: la imposibilidad de pensar esto. "Lo imposible no es la vecindad de las cosas, es el sitio mismo en el que podrían ser vecinas". El pensador francés escribió, también, que la creación del argentino lo hizo reír por mucho tiempo, no sin un infranqueable malestar. "Quizá porque entre sus surcos nació la sospecha de que hay un desorden peor que el de lo incongruente". Eso peor, identificó, es el desorden de un gran número de órdenes posibles, sin ley.
Claro está, Foucault sostenía que semejante monstruosidad sólo era posible en el no-lugar del lenguaje. Era un optimista. Porque sí hay un lugar físico que desafía la incapacidad de razonar. Una geografía en la cual lo que no se puede pensar, sí puede existir. Una abrumadora mayoría de los lectores de este artículo vive dentro de sus límites.
En América Latina, el 46% de la población, es decir, la mitad, vive por debajo de la línea de pobreza. Y la mitad de esa mitad vive bajo la línea de indigencia: ni siquiera gana para comer. Hay 58 millones de jóvenes que son pobres. De ellos, 21 millones viven en la pobreza extrema. Es decir, no tienen ni siquiera un dólar por día para consumir las calorías indispensables para subsistir, que son aportadas, por ejemplo, por 150 gramos de margarina. De modo que en la clasificación de modos de vida habría que pautar (a) las vacaciones más allá del océano, (b) el cambio del 0 kilómetro cada cuatro años, (c) las compras en el súper con tarjeta a 12 pagos sin interés, (d) el festejo de la camisita limpia, (e) ni siquiera dos medialunas por día.
La deserción en la escuela primaria de América Latina alcanza el 50%, con lo cual el índice de escolarización para este lado del mundo es de seis años. Según los estándares internacionales, si no se tienen, al menos, 11 años de educación formal, o sea el doble, difícilmente pueda salirse de la pobreza. De modo que el progreso de las naciones puede clasificarse en (a) países desarrollados con altos grados de escolaridad; (b) los "Tigres Asiáticos", cuyo despegue tiene como correlato una población con un promedio de casi 14 años de instrucción formal; (c) este lado del mundo, donde si saber no es un derecho seguramente dirán que es un izquierdo.
De cada 1.000 nacidos vivos, desde México hacia abajo, 71 mueren, en promedio, antes de cumplir los cinco años. En los países nórdicos, esa tasa es de sólo cuatro almitas por cada 1.000 nacidos vivos. Así que, en materia de demografía continental habría que distinguir entre (a) los que nacen con suerte, (b) los que nacen en América Latina. En especial porque en el continente pleno en la producción de alimentos, padecen hambre el 27% de los niños bolivianos, el 26% de los niños ecuatorianos, el 25% de los niños peruanos y el 20% de los niños del Gran Buenos Aires.
La tasa de desempleo de los jóvenes, casi como regla sin excepciones, duplica en cada país a la tasa de desempleo general, que en el caso de Tucumán es, oficialmente, casi del 12%. Pero para qué preocuparse por la desocupación, cuando todavía hay que ocuparse de la situación de los que sí tienen empleo. En Latinoamérica, sólo cuatro de cada 10 trabajadores ocupados aporta a algún sistema de seguridad social. En Tucumán, entre los asalariados, el 49,2% (nuevamente, la mitad) no registra descuentos jubilatorios. En materia laboral, aparecen (a) los que padecen el azote del desempleo, (b) los que sufren el flagelo de estar empleados.
El gasto estatal por habitante latinoamericano en salud es, en promedio, de 438 dólares. La media mundial es de 640 dólares. Y la de los países desarrollados es de 2.514 dólares. Luego, en la clasificación de riesgos comunitarios se encuentran (a) la inseguridad ciudadana, (b) la inseguridad jurídica, (c) la inseguridad de la seguridad social.
Ante semejante escenario, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) decidió el año pasado, durante su trigésimo congreso, proponer para la región un "Pacto de Protección Social". O sea, hay que proteger a la sociedad de la sociedad. Lo que implica toda una clasificación sobre las catástrofes: (a) las de la naturaleza, (b) las de la civilización.
El hombre no es el lobo del hombre porque los lobos no se comen entre sí. El hombre es el hambre del hombre.
Cerca, tan lejos
En los semáforos de un cruce de avenidas de San Miguel de Tucumán, un niño se ríe de un joven varios años mayor que no sabe en qué día nació. Ignora su edad. No puede celebrar, siquiera, su cumpleaños. La pobreza subtropical es salvaje. Y puede optarse por tres métodos para identificar a los pobres: (a) por sus necesidades básicas insatisfechas; (b) por sus ingresos por debajo de la línea de pobreza; (c) porque tienen un dónde, pero nacen despojados de un cuándo.
Luego, una clasificación complementaria es la del futuro: (a) es un tiempo verbal, (b) una construcción colectiva, (c) un sueño azul, pero lejano, (d) un bien privatizado. Privativo de unos pocos. Para otros, los muchos, rige el encierro del presente. Ese es el laberinto social: como todos los días son iguales, no puede distinguirse cuál corresponde al mañana. La clase gobernante lo supo temprano y, en lugar de derogar el futuro como un bien social, prefirió abrogarlo por medio de la costumbre. La costumbre de la política del sálvese quien pueda, en la que ellos fueron los primeros en salvarse. Mujeres y niños, después. Y como en el país, el cupo de futuro era escaso, hubo que buscarlo en otra parte.
Dicho de otro modo, el grito pelado de 2001 y 2002 fue "que se vayan todos". Como ninguno se fue, se marcharon los argentinos. En un año, 1 millón de extranjeros cruzó las fronteras para venir como inmigrantes y 3,5 millones de argentinos lo hicieron en sentido contrario, para emigrar. La mala noticia es que ese es el éxodo de 2000, anterior a la debacle.
Pero en el bestiario nacional, al lado del "que se vayan todos" está el "que se quede alguno". En el Tucumán que, de acuerdo con el calendario occidental, transita el tercer milenio, la oposición reclamaba incluir en la Constitución, durante su última reforma, un instituto de los tiempos de la colonia. El oficialismo se negó: debe haberlo considerado vanguardista. Era el Juicio de Residencia, consistente en que los funcionarios públicos, electivos o ejecutivos, debían permanecer un mínimo de años después de cesadas sus funciones, por si debían ser sometidos a procesos legales. Es inevitable reparar en el Juicio de Residencia, que tiene como fondo a una provincia arrasada, y no pensar en los ladrones nómades. Para Atila, el huno, no importaba que la hierba no volviera a crecer porque no pensaban volver. La taxinomia que se desprende es casi obvia: (a) oleadas bárbaras, (b) malones indios, (c) gobiernos que tomaron el nombre del pueblo en vano.Por supuesto, hay al respecto distintos niveles de autocrítica: (a) la personal, (b) la institucional, (c) la que se plasma en las normas vigentes. Para el caso, la ordenanza que reglamenta las publicidades en los ómnibus para San Miguel de Tucumán prohíbe difundir en ellos propaganda de tipo político, "y de cualquier otra que afecte la moral y las buenas costumbres".
Del mismo modo, la irresponsabilidad también es, aquí, (a) personal, (b) institucional, (c) legal. La Ley Orgánica de Comunas Rurales exige el ciclo de educación primario completo para los candidatos a delegados comunales, pero la Constitución, en su artículo 46, no establece ese requisito para los postulantes a legisladores. De modo que para administrar un caserío hay que poseer cierto grado alfabetización, pero no para votar el presupuesto general de la Provincia, de $ 3.500 millones para este año.
En este punto, el cuarto oscuro también es (en la misma escala que el continente, el país y la provincia) ese lugar donde la incongruencia se hace real. Porque, por increíble que parezca, los tucumanos (y los argentinos) a menudo votan para que los gobierne a gente que ni siquiera invitarían a su casa. O, desde un plano menos personal, a gente a la que jamás le darían un empleo. De modo que en la clasificación de sociedades posibles están: (a) las que condenan la corrupción, (b) las que la admiten sin reparos, (c) las que la critican socialmente pero le asignan intención de voto. Bastante alta, por cierto.
Hay, pues, una necesaria clasificación del presente: (a) el que está anclado en el pasado, (b) el que se desespera por el porvenir, (c) el que no puede mirar más allá de sus narices, (d) el que no soporta la mirada del ayer, (e) el que se queda quietito. Juan Bautista Alberdi rescataba como ejemplo a emular la Constitución de California, por su simpleza, su practicidad, su previsión y su claridad de objetivos. En definitiva, aquel era un desierto por poblar, a diferencia del vergel de nuestra patria. De allí una clasificación ya conocida de países: (a) desarrollados, (b) no desarrollados, (c) Japón, (d) la Argentina. Tras la II Guerra Mundial, "la tierra del sol naciente", de tener nada pasó a tenerlo todo. Maldita viceversa nacional.
El resultado final enrostra la estremecedora coherencia de lo incongruente. La situación de estas tierras (latinoamericanas, argentinas, tucumanas) no sólo puede explicarse en el mismo ordenamiento bestial que proponía Borges. En rigor, ya está incluida allí. ¿Qué otra realidad, si no esta, puede esperarse de un lugar donde el grueso de la clase dirigente cabe en el Emporio Celestial de Conocimientos?
Los que prometieron conducir los destinos del pueblo con lealtad y patriotismo se clasifican, según su tarea y su comportamiento, en: (a) pertenecientes al emperador, (b) embalsamados, (c) amaestrados, (d) lechones, (e) sirenas, (f) fabulosos, (g) perros sueltos, (h) incluidos en esta clasificación, (i) que se agitan como locos, (j) innumerables, (k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, (l) etcétera, (m) que acaban de romper un jarrón, (n) que de lejos parecen moscas. © LA GACETA
Bibliografía:
Jorge Luis Borges, Otras Inquisiciones, Emecé editores.
Michel Foucault, Las palabras y las cosas, Siglo Veintiuno Editores.
Bernardo Kliksberg (compilador), La agenda ética pendiente de América Latina, Fondo de Cultura Económica
Martín Caparrós, Qué País, Planeta.
Cepal, Notas de la Cepal, Número Especial.
Juan Bautista Alberdi, Bases, Losada.
Diario La Gaceta.
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