29 Julio 2007 Seguir en 

La figurita más difícil era la de San Martín. En el año del Libertador, tal vez se trataba de un homenaje: que en el centro de todos los álbumes, ya con las demás figuritas pegadas en sus respectivos lugares, faltara justamente la del Padre de la Patria; como si su ausencia comunicara que su lugar era otro, no equiparable al de Angel Labruna ni al de Oscar Gálvez, héroes, sí, pero de este mundo. Claro que en 1950, alumno de primer grado inferior en la escuela Belgrano, yo no pensaba en esos términos; sólo me gustaba comprar de vez en cuando un paquete de figuritas para jugar en los recreos al punto o a la tapadita. Era de “inferior” (“achatao”, en la burla de los grandes), y carecía de la prolija constancia de los que revisaban el álbum, pegaban las redondelas donde correspondía, separaban las repetidas para cambiarlas por las que les faltaban, y llevaban, en fin, todas las cuentas del caso. Para disciplina, me bastaba y me sobraba con la del trajinado cuaderno borrador, con la del temible cuaderno único, con la del ocurrente libro de lectura (“mi mamá amasa la masa”), con la de formar fila tomando distancia, con la de cantar, dos veces por día, todos los días, que “alta en el cielo/ un águila guerrera/ audaz se eleva/ en vuelo triunfal”. Así que con las figuritas yo sólo quería jugar, y el único cuidado que eso exigía era el de que apareciera alguno de repente y nos las arrebatara, alguno que casi siempre era más grande, y como si eso no fuera suficiente, gritaba en medio del arrebato: “¡Quilita!”, misteriosa invocación que confería legitimidad a su robo y enmudecía toda queja. (A veces el ladrón era más escrupuloso; profería: “¡Quilita legal!”, como si le importara distinguir su “quilita” de otra que fuera ilegal.) Había un modo, sin embargo, de impedir esas operaciones de rapiña. Si, mientras jugaba, uno permanecía atento a lo que sucedía en los alrededores, le era posible ver acercarse al depredador. Un instante previo a su golpe de mano, uno debía gritar: “¡Alto todo!”, lo que quitaba validez al saqueo e inhibía la ejecución de la maniobra. Pero había que precaverse de cualquier otra fórmula legitimadora que el arrebatador pudiera conocer, de suerte que lo aconsejable era exclamar: “¡Alto todo invento que sepa!”, conjuro que inmovilizaba por completo al que venía con malas intenciones, y lo forzaba a retirarse con cara de desencanto, a menudo murmurando maldiciones que no quiero transcribir. (Muchos años después, en la cola ante la ventanilla de la Dirección de Rentas, o mirando en mi boleta de sueldo el descuento padecido en concepto de aporte jubilatorio, he recordado aquello de “quilita legal”, y he lamentado que ya no valga de nada proclamar: “¡Alto todo invento que sepa!”)
Pero aunque con las figuritas yo solamente quería jugar, y no me importara cuál valía más para llenar un álbum, sabía por los dichos de los otros que la más difícil era la de San Martín. Había algunas que aparecían raramente, como las del Excelentísimo Señor Presidente de la República y su Señora, pero con todo aparecían, y yo mismo conocía dos o tres felices a los que les habían tocado. En cambio a la de San Martín nadie la había visto nunca, y hasta algunos decían que no existía, como el padre de mi compañero de banco, que sabía mucho porque su casa era una Unidad Básica, el cual aseguraba que los álbumes eran una estafa de los comerciantes, como tantas otras con las que engañaban a los trabajadores, pero peor todavía, porque en este caso los únicos engañados eran los niños.
Un día, después de las vacaciones de Julio, me acerqué al quiosco de Tejerina (un armario de madera atado con piolines a un naranjo, al lado de la entrada de la escuela). Vagamente buscaba alguna golosina: gallinitas de caramelo que contenían agua azucarada, chupetines envueltos en papel pintado con los colores de San Lorenzo de Almagro, tal vez tabletas de caña o una tortilla de patay. Pero cuando Tejerina me atendió, le pedí sin vacilar un paquete de figuritas. Lo abrí antes de entrar, todavía en la vereda. La primera que vi lucía la efigie del Libertador, con la bandera argentina en la mano.
Más que sorpresa y alegría, lo que me embargó en ese momento fue el sentimiento de haber cometido una falta grave, de cargar con una culpa mayor todavía que la de cuando la señorita inspectora me reprendió por tener las uñas sucias, o la de cuando arrastré sin querer el mantel en el cumpleaños de Jorgito, derramando las tazas de chocolate y los vasos de naranjada. Tuve la certeza invencible de que esta era una infracción peor, que insultaba -pero son mis palabras de ahora- el orden del mundo. Guardé rápidamente las figuritas en el bolsillo del guardapolvo y entré en la escuela.
El tiempo no pasaba y no pasaba, pero cuando llegó el primer recreo me escondí en un rincón y saqué el paquete del bolsillo: las cinco figuritas eran de San Martín. Entonces quise gritar, correr, contar a todos de mi buena suerte, mostrar a la escuela entera mis esplendorosos sanmartines. Me detuvo, sin embargo, el convencimiento de que me los iban a quitar en el mismo acto de mostrarlos.
Durante la segunda hora el peso del tesoro escondido me era insoportable. Si no lo revelaba, no existía. ¿Pero cómo revelarlo sin perderlo? Por otra parte, un solo sanmartín era ya demasiado para mí, que no llevaba álbum ni podía exponer esa joya jugando a la tapadita o al punto. ¿Qué hacer con nada menos que cinco? (Alma sencilla, no se me había ocurrido el venal procedimiento del canje, que fácilmente me hubiera deparado un par de álbumes completos, salvo por los sanmartines, que yo habría conservado para ellos. El premio era una bicicleta de carrera, con cambios de velocidad: demasiado para mí.)
En el segundo recreo me acerqué a un grupo que jugaba contra una pared. Eran de tercero para arriba, así que ninguno tuvo que decir “alto todo” cuando yo aparecí. En medio de sus voces, dije casi gritando: “Voy a tirar al manchanchi un sanmartín”. Nadie me miró, y no sé si me oyeron. Temblando de angustia, repetí: “Voy a tirar al manchanchi un San Martín”. Algunos me miraron como diciendo: “Dejate de joder, changuito”; otros seguían con atención el vuelo de las redondelas hacia la pared. Entonces saqué del bolsillo al Santo de la Espada y lo presenté en la plenitud de su verdad. Se hizo el silencio y se abrieron los ojos. Antes de que salieran de su estupor, eché a correr hacia la escalera.
La escalera llevaba a la galería de las aulas. Eran nada más que cinco o seis peldaños, pero permitían ver el patio desde un metro de altura. Cuando subí a los saltos, ya los grandes me pisaban los talones. Nunca sabré por qué, al detenerme en el último escalón y volverme hacia ellos con el brazo en alto, no me arrancaron la figurita sin más trámites. Frenaron de golpe al pie de la escalera, con la vista clavada en mi redondela de cartón. Dejé pasar un momento, grité: “¡manchanchi!” y la lancé al aire por sobre las cabezas anhelantes. Se elevó hasta detenerse, se mantuvo quieta un instante, y cayó lenta, con un vaivén de mariposa. Todos saltaron y alguno la habría agarrado, si no se lo hubieran impedido los empujones de los demás. Pude ver cómo la figurita se posaba con suavidad en el piso, donde al momento la cubrió un montón de cuerpos entremezclados, del que brotaban aullidos y un retumbar de patadas y cabezazos. Sonó la campana, pero el montón siguió revolcándose durante un rato, hasta que salió una señorita a ver qué pasaba con esos niños que no volvían a los grados. Uno de ellos corría ya escondiendo el sanmartín estrujado, y los demás se levantaban sacudiéndose el polvo, con las rodillas despellejadas y alguna nariz sangrante.
Mientras caminaba hacia primero inferior, envuelto en mi recién adquirido prestigio, anuncié a los que me miraban que en el próximo recreo lanzaría más sanmartines.
Y eso hice: con la displicencia de un César contemplé cuatro batallas, en las que se empeñaron no ya unos pocos gladiadores sino todos los de la escuela, que eran muchos, porque la noticia de mi posesión milagrosa se había propagado.
Camino de mi casa, más tarde, un sentimiento de vacío me inundó, y la experiencia de los sanmartines me dejó un sabor amargo. Claro que entonces yo no podía poner palabras a esa experiencia ni a ese sabor, pero cuando evoco aquella remota jornada, comprendo por qué no me gustan las personas que reparten bolsones de comida a cambio del poder y la gloria. © LA GACETA
Pero aunque con las figuritas yo solamente quería jugar, y no me importara cuál valía más para llenar un álbum, sabía por los dichos de los otros que la más difícil era la de San Martín. Había algunas que aparecían raramente, como las del Excelentísimo Señor Presidente de la República y su Señora, pero con todo aparecían, y yo mismo conocía dos o tres felices a los que les habían tocado. En cambio a la de San Martín nadie la había visto nunca, y hasta algunos decían que no existía, como el padre de mi compañero de banco, que sabía mucho porque su casa era una Unidad Básica, el cual aseguraba que los álbumes eran una estafa de los comerciantes, como tantas otras con las que engañaban a los trabajadores, pero peor todavía, porque en este caso los únicos engañados eran los niños.
Un día, después de las vacaciones de Julio, me acerqué al quiosco de Tejerina (un armario de madera atado con piolines a un naranjo, al lado de la entrada de la escuela). Vagamente buscaba alguna golosina: gallinitas de caramelo que contenían agua azucarada, chupetines envueltos en papel pintado con los colores de San Lorenzo de Almagro, tal vez tabletas de caña o una tortilla de patay. Pero cuando Tejerina me atendió, le pedí sin vacilar un paquete de figuritas. Lo abrí antes de entrar, todavía en la vereda. La primera que vi lucía la efigie del Libertador, con la bandera argentina en la mano.
Más que sorpresa y alegría, lo que me embargó en ese momento fue el sentimiento de haber cometido una falta grave, de cargar con una culpa mayor todavía que la de cuando la señorita inspectora me reprendió por tener las uñas sucias, o la de cuando arrastré sin querer el mantel en el cumpleaños de Jorgito, derramando las tazas de chocolate y los vasos de naranjada. Tuve la certeza invencible de que esta era una infracción peor, que insultaba -pero son mis palabras de ahora- el orden del mundo. Guardé rápidamente las figuritas en el bolsillo del guardapolvo y entré en la escuela.
El tiempo no pasaba y no pasaba, pero cuando llegó el primer recreo me escondí en un rincón y saqué el paquete del bolsillo: las cinco figuritas eran de San Martín. Entonces quise gritar, correr, contar a todos de mi buena suerte, mostrar a la escuela entera mis esplendorosos sanmartines. Me detuvo, sin embargo, el convencimiento de que me los iban a quitar en el mismo acto de mostrarlos.
Durante la segunda hora el peso del tesoro escondido me era insoportable. Si no lo revelaba, no existía. ¿Pero cómo revelarlo sin perderlo? Por otra parte, un solo sanmartín era ya demasiado para mí, que no llevaba álbum ni podía exponer esa joya jugando a la tapadita o al punto. ¿Qué hacer con nada menos que cinco? (Alma sencilla, no se me había ocurrido el venal procedimiento del canje, que fácilmente me hubiera deparado un par de álbumes completos, salvo por los sanmartines, que yo habría conservado para ellos. El premio era una bicicleta de carrera, con cambios de velocidad: demasiado para mí.)
En el segundo recreo me acerqué a un grupo que jugaba contra una pared. Eran de tercero para arriba, así que ninguno tuvo que decir “alto todo” cuando yo aparecí. En medio de sus voces, dije casi gritando: “Voy a tirar al manchanchi un sanmartín”. Nadie me miró, y no sé si me oyeron. Temblando de angustia, repetí: “Voy a tirar al manchanchi un San Martín”. Algunos me miraron como diciendo: “Dejate de joder, changuito”; otros seguían con atención el vuelo de las redondelas hacia la pared. Entonces saqué del bolsillo al Santo de la Espada y lo presenté en la plenitud de su verdad. Se hizo el silencio y se abrieron los ojos. Antes de que salieran de su estupor, eché a correr hacia la escalera.
La escalera llevaba a la galería de las aulas. Eran nada más que cinco o seis peldaños, pero permitían ver el patio desde un metro de altura. Cuando subí a los saltos, ya los grandes me pisaban los talones. Nunca sabré por qué, al detenerme en el último escalón y volverme hacia ellos con el brazo en alto, no me arrancaron la figurita sin más trámites. Frenaron de golpe al pie de la escalera, con la vista clavada en mi redondela de cartón. Dejé pasar un momento, grité: “¡manchanchi!” y la lancé al aire por sobre las cabezas anhelantes. Se elevó hasta detenerse, se mantuvo quieta un instante, y cayó lenta, con un vaivén de mariposa. Todos saltaron y alguno la habría agarrado, si no se lo hubieran impedido los empujones de los demás. Pude ver cómo la figurita se posaba con suavidad en el piso, donde al momento la cubrió un montón de cuerpos entremezclados, del que brotaban aullidos y un retumbar de patadas y cabezazos. Sonó la campana, pero el montón siguió revolcándose durante un rato, hasta que salió una señorita a ver qué pasaba con esos niños que no volvían a los grados. Uno de ellos corría ya escondiendo el sanmartín estrujado, y los demás se levantaban sacudiéndose el polvo, con las rodillas despellejadas y alguna nariz sangrante.
Mientras caminaba hacia primero inferior, envuelto en mi recién adquirido prestigio, anuncié a los que me miraban que en el próximo recreo lanzaría más sanmartines.
Y eso hice: con la displicencia de un César contemplé cuatro batallas, en las que se empeñaron no ya unos pocos gladiadores sino todos los de la escuela, que eran muchos, porque la noticia de mi posesión milagrosa se había propagado.
Camino de mi casa, más tarde, un sentimiento de vacío me inundó, y la experiencia de los sanmartines me dejó un sabor amargo. Claro que entonces yo no podía poner palabras a esa experiencia ni a ese sabor, pero cuando evoco aquella remota jornada, comprendo por qué no me gustan las personas que reparten bolsones de comida a cambio del poder y la gloria. © LA GACETA
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