Memorables viajes a Tucumán
La primera visita presidencial fue la de Avellaneda y su estadía se convirtió en inolvidable. Por Carlos Páez de la Torre (h) - Redacción de LA GACETA.
09 Julio 2007 Seguir en 

La primera visita presidencial a Tucumán fue la del doctor Nicolás Avellaneda, en 1876. Vino a inaugurar el ferrocarril, que conectaba a la provincia con Córdoba y con Buenos Aires. Un sensacional adelanto, que transformó de raíz nuestra actividad principal, la industria azucarera. El tren permitió traer las máquinas a vapor que terminarían con los trapiches de palo, y también trasladar el producto a los grandes mercados.Por otro lado, era el primer jefe del Ejecutivo que llegaba a Tucumán. Sus antecesores Justo José de Urquiza, Santiago Derqui, Bartolomé Mitre y Domingo Faustino Sarmiento ni siquiera conocían esa parte del mapa de la Nación (como tampoco la conocieron Bernardino Rivadavia, o Juan Manuel de Rosas). Como dice el historiador McGann, en este viaje Avellaneda "había recorrido una distancia mayor que cualquier presidente argentino, a través de las pampas cubiertas de pastos y de los desiertos salitrales".
El hecho de ser tucumano el presidente convirtió en inolvidable su estadía, que se prolongó desde el 19 de octubre hasta el 11 de noviembre de 1876.
Avellaneda vino unos días antes del arribo de la comitiva y de la inauguración oficial de la línea férrea (que fue el 31 de octubre), para visitar a sus parientes y amigos. A poco de tocar su tierra, el Presidente pronunció desde la vieja casa de los abuelos, hoy museo, lo que muchos consideraron su mejor y más sentido discurso.
La fiesta del tren fue memorable también por la presencia de Sarmiento, quien llegaba a conocer, por fin, esa provincia que había descripto en base a su imaginación, décadas atrás, en el "Facundo".
Se multiplicaron los banquetes y los agasajos. Al despedirse, Avellaneda dejó una sentida carta al gobernador Tiburcio Padilla. Se alejaba, "con igual afecto para todos", decía. "Todos, porque no reconozco en las divisiones efímeras de la política, el poder de separar a los que han compartido las primeras afecciones de la vida, la santidad de los mismos recuerdos, la lección del maestro y la lumbre del hogar. Abrazo en el gobernador a todos mis comprovincianos, y en el amigo a todos los amigos".
Luego de la visita de Avellaneda, seis años más tarde vino Julio Argentino Roca, en noviembre de 1883. Después, ningún presidente llegó a Tucumán. Ni Juárez Celman, ni Carlos Pellegrini, ni Luis Sáenz Peña, ni José Evaristo Uriburu, ni Manuel Quintana, ni José Figueroa Alcorta se costearían hasta nuestra provincia.
Hubo que esperar hasta 1912, para un nuevo encuentro presidencial. Que fue importante porque instaló esa práctica -que desaparecería largo tiempo, pero que al final se ha retomado- de que la fiesta julia en Tucumán estuviera encabezada por el jefe del Ejecutivo.
Promesa cumplida
El doctor Roque Sáenz Peña llegó a esta ciudad el 8 de julio de 1912. Lo había prometido el año anterior, en una larga nota al gobernador, doctor José Frías Silva. Decía allí que "si el memorable Congreso de 1816 afirmó definitivamente la Independencia de la República, me parece que debemos rendirle homenaje en su sede y en su ambiente", como "un acto de estricta justicia, que contribuirá a fundar en el pasado la solidaridad y la armonía del presente y del futuro".
Sáenz Peña fue agasajado fervorosamente durante esos días. Asistió a desfiles y ceremonias, visitó la Casa Histórica, la usina de la Quebrada de Lules, el ingenio La Florida y el ingenio Santa Ana. Estuvo en veladas folclóricas de canto y baile, conversó con los obreros y paseó por la plaza Independencia sin custodia alguna.
Proclamó que, en adelante, todos los 9 de julio el presidente se trasladaría a Tucumán, y que los festejos del próximo Centenario, en 1916, se centralizarían en esta provincia. Cumplió su promesa con una nueva visita al año siguiente, en julio de 1913. Pero en 1914, ya gravemente enfermo (murió el 9 de agosto) no pudo venir.
Costumbre olvidada
Los presidentes que siguieron dejaron de lado la costumbre. Para el Centenario, Victorino de la Plaza se limitó a enviar un ministro por toda representación. No vinieron luego Hipólito Yrigoyen, ni Marcelo T. de Alvear. Habría que esperar hasta la década del 30 para que, con el presidente de facto, general José Félix Uriburu, en 1931, y el relativamente constitucional Agustín P. Justo, en 1937, los primeros magistrados volvieran a acordarse de la provincia. LA GACETA (C)
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