01 Febrero 2006 Seguir en 

Las mujeres y hombres comprometidos en una relación son más felices que las otras personas. Así lo determinaron diferentes expertos estadounidenses, que hallaron efectos beneficiosos del matrimonio y la pareja para la salud, desde la prevención de enfermedades coronarias y mentales hasta en la cicatrización de heridas.
El estudio fue realizado en la Universidad de Cornell –en la ciudad de Nueva York– y sus resultados fueron publicados en diciembre pasado por el Diario de Relaciones Sociales y Personales, y reproducidos por el Health Day News, una publicación web dedicada a temas de salud y accesible desde la página web del Centro de Control de Enfermedades (CDC) del gobierno estadounidense. En la investigación se evaluó a 691 personas. Entre otras cosas, se hizo a las parejas hablar del dinero y de sus suegros para evaluar cómo influyen esas discusiones en su salud corporal.
Los investigadores, según se explica en el informe, analizaron información recopilada y hallaron que “mientras más fuerte era el compromiso, mayor era la sensación de felicidad y de bienestar”.
El trabajo añade que esa mayor sensación de felicidad y bienestar de los casados se daba –según las propias palabras utilizadas en la versión en español del sitio estadounidense, estuvieran o no felizmente casados.
Relaciones estables y casuales
Les seguían en categoría en esa suerte de “escala de la felicidad y el bienestar” las parejas convivientes, seguidas estas a su vez por las personas “en relaciones estables y aquéllos en relaciones casuales”. De esto se desprende que, siempre que sean ciertos y generalizables los resultados de este curioso trabajo, un mayor grado de compromiso en la pareja se traduce, en términos generales, en un mayor grado de felicidad. Y viceversa.
La propia autora del estudio, Claire Kamp Dush, becaria posdoctoral del Proyecto de Temas de la Familia en Evolución del Instituto de Ciencias Sociales en Cornell, lo afirma sin ambages: “Tener algo de compromiso parece ser algo bueno, pero tener un compromiso mayor parece incluso mejor”.
“Estudiar las relaciones románticas es importante, porque pueden afectar la salud mental y física, la sexualidad y el estatus financiero de las personas”, justificó.
Lo que sin duda resultó todo un hallazgo en este estudio de la Universidad de Cornell fue que incluso las personas que se reconocían formando matrimonios infelices registraban una mayor sensación de bienestar y felicidad. En las interpretaciones que dio la investigadora se dijo, a modo de explicación, que este fenómeno puede deberse a los beneficios derivados de la estabilidad, el compromiso y estatus social del matrimonio.
“Incluso cuando se controlaba el factor de felicidad en la relación, estar casado estaba asociado con mayor autoestima, satisfacción en la vida, felicidad y menos angustia, mientras que las personas que no tenían relaciones románticas estables tendían a reportar menor autoestima, menos satisfacción en la vida, menos felicidad y más angustia”, apuntó Kamp Dush.
Por el contrario, desde el Instituto para Investigación en Medicina Conductual (IBMR, por sus siglas en inglés) de la Universidad Estatal de Ohio, también en los EE. UU., la psicóloga Janice Kleicot-Glaser, asociada con Ronald Glaser, condujo un estudio que no habla muy bien de los efectos que un mal matrimonio puede ocasionar sobre la salud. Los cónyuges que tienen relaciones hostiles tendrían, según Kleicot-Glaser, niveles de estrés constantemente elevados que impedirían significativamente la capacidad de su cuerpo para curar heridas. Las consecuencias de esta investigación podrían ser importantes, afirman los realizadores del trabajo, a la hora de evaluar el grado de atención que puede recibir una persona cuando, por ejemplo, es sometida a una operación.
Pero hay para todos, porque las parejitas felices no son completamente inmunes a tal estrés y su capacidad de cicatrización, aunque en menor grado, está similarmente disminuida. Los resultados de este estudio, que se realizó sobre 42 parejas casadas, algunas felizmente y otras evidentemente no tanto, aparecen en la última edición de Archives of General Psychiatry.
Los temas candentes
Los cónyuges puestos a prueba, principalmente blancos y con alto nivel de educación, tenían entre 22 y 77 años y habían estado casados por un promedio de casi 13 años. En dos meses fueron convocados al hospital dos veces para la observación, durante 24 horas.
La primera vez se los hizo dialogar sobre aspectos que cada miembro de la pareja quería cambiar de sí; la segunda, sobre los temas que más feroces discusiones suelen suscitar en una pareja. Al margen de los celos o la infidelidad, tuvieron que hablar sobre los suegros o sobre la administración del dinero.
Las muestras fueron de dos tipos. Por una parte, las conversaciones fueron grabadas en video y luego se evaluó el “nivel de hostilidad” y la “satisfacción marital” de cada pareja analizada.
Por otra parte, a cada persona se le efectuaron muestras de sangre y ocho pequeñas ampollas en un brazo, que permitieron medir los fluidos producidos por los procesos fisiológicos de reconstitución de los tejidos y los de inflamación (citoquinas).
Las ampollas sanaban más despacio luego de las conversaciones en las que se discutía que luego de las discusiones de apoyo. En las parejas que habían manifestado más hostilidad, la curación de las ampollas fue más lenta también, con diferencias de tiempo que variaron hasta en un 60% respecto de las más tranquilas, aunque no se aclara si en estas últimas la falta de hostilidad no se debía sólo a que estaba demasiado claro quién manda y quién obedece.
“Este estudio demuestra que la calidad de las relaciones importantes tiene consecuencias físicas claras, especialmente en el matrimonio, pero también en otras relaciones cercanas en general”, apuntó la realizadora, pero agregó que los desacuerdos son una parte integral de las relaciones y no deben ser observados con una preocupación desmedida: “Siempre se necesita hacer tareas emocionales en cualquier relación, y resolver las diferencias de opinión siempre será parte de ello”.
El estudio fue realizado en la Universidad de Cornell –en la ciudad de Nueva York– y sus resultados fueron publicados en diciembre pasado por el Diario de Relaciones Sociales y Personales, y reproducidos por el Health Day News, una publicación web dedicada a temas de salud y accesible desde la página web del Centro de Control de Enfermedades (CDC) del gobierno estadounidense. En la investigación se evaluó a 691 personas. Entre otras cosas, se hizo a las parejas hablar del dinero y de sus suegros para evaluar cómo influyen esas discusiones en su salud corporal.
Los investigadores, según se explica en el informe, analizaron información recopilada y hallaron que “mientras más fuerte era el compromiso, mayor era la sensación de felicidad y de bienestar”.
El trabajo añade que esa mayor sensación de felicidad y bienestar de los casados se daba –según las propias palabras utilizadas en la versión en español del sitio estadounidense, estuvieran o no felizmente casados.
Relaciones estables y casuales
Les seguían en categoría en esa suerte de “escala de la felicidad y el bienestar” las parejas convivientes, seguidas estas a su vez por las personas “en relaciones estables y aquéllos en relaciones casuales”. De esto se desprende que, siempre que sean ciertos y generalizables los resultados de este curioso trabajo, un mayor grado de compromiso en la pareja se traduce, en términos generales, en un mayor grado de felicidad. Y viceversa.
La propia autora del estudio, Claire Kamp Dush, becaria posdoctoral del Proyecto de Temas de la Familia en Evolución del Instituto de Ciencias Sociales en Cornell, lo afirma sin ambages: “Tener algo de compromiso parece ser algo bueno, pero tener un compromiso mayor parece incluso mejor”.
“Estudiar las relaciones románticas es importante, porque pueden afectar la salud mental y física, la sexualidad y el estatus financiero de las personas”, justificó.
Lo que sin duda resultó todo un hallazgo en este estudio de la Universidad de Cornell fue que incluso las personas que se reconocían formando matrimonios infelices registraban una mayor sensación de bienestar y felicidad. En las interpretaciones que dio la investigadora se dijo, a modo de explicación, que este fenómeno puede deberse a los beneficios derivados de la estabilidad, el compromiso y estatus social del matrimonio.
“Incluso cuando se controlaba el factor de felicidad en la relación, estar casado estaba asociado con mayor autoestima, satisfacción en la vida, felicidad y menos angustia, mientras que las personas que no tenían relaciones románticas estables tendían a reportar menor autoestima, menos satisfacción en la vida, menos felicidad y más angustia”, apuntó Kamp Dush.
Por el contrario, desde el Instituto para Investigación en Medicina Conductual (IBMR, por sus siglas en inglés) de la Universidad Estatal de Ohio, también en los EE. UU., la psicóloga Janice Kleicot-Glaser, asociada con Ronald Glaser, condujo un estudio que no habla muy bien de los efectos que un mal matrimonio puede ocasionar sobre la salud. Los cónyuges que tienen relaciones hostiles tendrían, según Kleicot-Glaser, niveles de estrés constantemente elevados que impedirían significativamente la capacidad de su cuerpo para curar heridas. Las consecuencias de esta investigación podrían ser importantes, afirman los realizadores del trabajo, a la hora de evaluar el grado de atención que puede recibir una persona cuando, por ejemplo, es sometida a una operación.
Pero hay para todos, porque las parejitas felices no son completamente inmunes a tal estrés y su capacidad de cicatrización, aunque en menor grado, está similarmente disminuida. Los resultados de este estudio, que se realizó sobre 42 parejas casadas, algunas felizmente y otras evidentemente no tanto, aparecen en la última edición de Archives of General Psychiatry.
Los temas candentes
Los cónyuges puestos a prueba, principalmente blancos y con alto nivel de educación, tenían entre 22 y 77 años y habían estado casados por un promedio de casi 13 años. En dos meses fueron convocados al hospital dos veces para la observación, durante 24 horas.
La primera vez se los hizo dialogar sobre aspectos que cada miembro de la pareja quería cambiar de sí; la segunda, sobre los temas que más feroces discusiones suelen suscitar en una pareja. Al margen de los celos o la infidelidad, tuvieron que hablar sobre los suegros o sobre la administración del dinero.
Las muestras fueron de dos tipos. Por una parte, las conversaciones fueron grabadas en video y luego se evaluó el “nivel de hostilidad” y la “satisfacción marital” de cada pareja analizada.
Por otra parte, a cada persona se le efectuaron muestras de sangre y ocho pequeñas ampollas en un brazo, que permitieron medir los fluidos producidos por los procesos fisiológicos de reconstitución de los tejidos y los de inflamación (citoquinas).
Las ampollas sanaban más despacio luego de las conversaciones en las que se discutía que luego de las discusiones de apoyo. En las parejas que habían manifestado más hostilidad, la curación de las ampollas fue más lenta también, con diferencias de tiempo que variaron hasta en un 60% respecto de las más tranquilas, aunque no se aclara si en estas últimas la falta de hostilidad no se debía sólo a que estaba demasiado claro quién manda y quién obedece.
“Este estudio demuestra que la calidad de las relaciones importantes tiene consecuencias físicas claras, especialmente en el matrimonio, pero también en otras relaciones cercanas en general”, apuntó la realizadora, pero agregó que los desacuerdos son una parte integral de las relaciones y no deben ser observados con una preocupación desmedida: “Siempre se necesita hacer tareas emocionales en cualquier relación, y resolver las diferencias de opinión siempre será parte de ello”.
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