01 Febrero 2006 Seguir en 

Los trastornos alimentarios como la bulimia y la anorexia en la actualidad se pueden llegar a encontrar en niños de hasta 2 años. Pero generalmente se visualizan con mayor frecuencia a partir de los 6, cuando los pequeños ingresan a la escuela. Aunque según Mabel Bello, fundadora y consultara médica de la Asociación de Lucha contra la Bulimia y Anorexia (ALUBA) y jefa de Psiquiatría del Hospital de Gastroenterología Bonorino Udaondo, “en la salitas preescolares o jardines de infantes hay una identificación muy marcada del gordo y del flaco, y mucho más aún en la primaria. Cuando realizamos prevención primaria a niñas de cuarto o quinto grado a la pregunta de qué te gustaría ser cuando seas grande, responden “flaca”, como si fuese una profesión.”
El padecimiento se instala en los pequeños como consecuencia de ejemplos familiares y rasgos culturales. “Estos niños repiten lo que ven tanto en la casa como en el colegio. Algunas veces los padres y las maestras tienen una actitud muy definida al cuidarse con la comida. Si esto pasa en la casa, las maestras del jardín nos cuentan el estado de salud del niño y las directivas con respecto a la comida que pone la madre en el cuaderno de comunicaciones prohibiendo todo tipo de consumo de golosinas, salados y otros dulces. Son niños que traen problemas para comer. Movilizan sus emociones a través de la comida. Son muy ansiosos, muy tragones y se preocupan por no engordar. Y en ocasiones se colocan los deditos en la garganta y tratan de vomitar”, explicó.
Ahora hay niños de 2 años con problemas de alimentación, especialmente el denominado “síndrome de especialización alimentaria”. Se da en pacientes muy pequeños que comen nada más que un tipo de alimento, como ñoquis y leche o chocolate de una marca determinada. Rechazan cualquier otra comida y devuelven si se les obliga a comer otra cosa. La especialista sostiene que los trastornos alimenticios están empezando en edad más temprana porque el mismo adulto tiene miedo a comer y se los trasmite a sus hijos.
Los padres
Según el punto de vista de esta especialista, los papás son los portadores de soluciones pragmáticas a problemas específicos. Cuando no existe una transmisión del problema en el seno de la familia, estas patologías alimentarias se presentan en el momento en que los niños se asoman ya al mundo de las responsabilidades del adulto: la adolescencia.
“Como primera premisa debemos saber que son pacientes con muy baja resistencia al estrés. Entonces, al ingresar en la adolescencia están obligados a competir, a resolver, a crecer. El cambio les genera un alto grado de angustia por el miedo al fracaso. Eso los paraliza y los sostiene dentro de un mismo ámbito de vida que deberían cruzar. Niegan el crecimiento”, describe.
Suspender la comida altera las hormonas y el crecimiento. Los pacientes de 16 o 17 años sostienen un perfil aniñado. “Sólo quieren estar con mamá y papá como a los 10 años, no piensan en un futuro, en su carrera, en su inicio laboral”, detalla. Lo primero que plantea el padre cuando llega al consultorio es que su hijo o hija no quiere comer, que baja mucho de peso, que vive encerrado en su dormitorio y que hace un escándalo por motivos insignificantes.
Diversas formas
A veces las patologías alimentarias se asocian con otras, como el llamado “trastorno límite”, caracterizado por la baja tolerancia al estrés o la autoagresividad. Pero su talón de Aquiles es la impulsividad: “Cualquier discusión por más insignificante que parezca puede llevar a estos pacientes a cometer un intento de suicidio”, comenta la experta.
La anorexia en varones, mucho menos frecuente que en las mujeres, suele teñirse de “deporte”. Son chicos que dedican mucho tiempo a la actividad física pero comen poco en relación a la energía que gastan. Existen otras conductas como la vigorexia: son chicos que se ven muy flacos y realizan excesiva gimnasia de aparatos para desarrollar músculos. “Pero por más que tengan marcados los músculos nunca están conformes. Modifican su alimentación, hacen dietas absurdas e ingieren productos con hormonas, esteroides o andrógenos que destrozan su salud. Aunque su disparador es diferente, presentan los mismos trastornos que las demás patologías alimenticias: fobia social, trastornos adaptativos, y una desproporción de la realidad ante su cuerpo”, destaca Bello.
Ya hace bastante tiempo que se está tratando la ortorexia, un aumento de la obsesividad hacia los cuidados del cuerpo que raya con los límites de la anorexia. “Son pacientes más adultos que tienen capacidad de comprar y elegir. Eluden el contacto social y se reconcentran en esta mítica salud donde él cree que tiene que comprar sólo alimentos orgánicos, pesados en gramos que cubran un porcentaje de calorías y de determinadas marcas con cierta consistencia.”
La categoría diagnóstica más “novedosa” que cita esta especialista –y de lo que todavía no se habla en el país– es la “sadorexia”: personas que para bajar de peso realizan prácticas sadomasoquistas. Y finaliza: “Nunca hay una propuesta estética en estas prácticas. Su único parámetro es la dieta. Ahí uno descubre que es mucho más que una pretensión de belleza. Hay un miedo a vivir, a crecer, a ser responsable. Es el patrón común de todas estas patologías”.
El padecimiento se instala en los pequeños como consecuencia de ejemplos familiares y rasgos culturales. “Estos niños repiten lo que ven tanto en la casa como en el colegio. Algunas veces los padres y las maestras tienen una actitud muy definida al cuidarse con la comida. Si esto pasa en la casa, las maestras del jardín nos cuentan el estado de salud del niño y las directivas con respecto a la comida que pone la madre en el cuaderno de comunicaciones prohibiendo todo tipo de consumo de golosinas, salados y otros dulces. Son niños que traen problemas para comer. Movilizan sus emociones a través de la comida. Son muy ansiosos, muy tragones y se preocupan por no engordar. Y en ocasiones se colocan los deditos en la garganta y tratan de vomitar”, explicó.
Ahora hay niños de 2 años con problemas de alimentación, especialmente el denominado “síndrome de especialización alimentaria”. Se da en pacientes muy pequeños que comen nada más que un tipo de alimento, como ñoquis y leche o chocolate de una marca determinada. Rechazan cualquier otra comida y devuelven si se les obliga a comer otra cosa. La especialista sostiene que los trastornos alimenticios están empezando en edad más temprana porque el mismo adulto tiene miedo a comer y se los trasmite a sus hijos.
Los padres
Según el punto de vista de esta especialista, los papás son los portadores de soluciones pragmáticas a problemas específicos. Cuando no existe una transmisión del problema en el seno de la familia, estas patologías alimentarias se presentan en el momento en que los niños se asoman ya al mundo de las responsabilidades del adulto: la adolescencia.
“Como primera premisa debemos saber que son pacientes con muy baja resistencia al estrés. Entonces, al ingresar en la adolescencia están obligados a competir, a resolver, a crecer. El cambio les genera un alto grado de angustia por el miedo al fracaso. Eso los paraliza y los sostiene dentro de un mismo ámbito de vida que deberían cruzar. Niegan el crecimiento”, describe.
Suspender la comida altera las hormonas y el crecimiento. Los pacientes de 16 o 17 años sostienen un perfil aniñado. “Sólo quieren estar con mamá y papá como a los 10 años, no piensan en un futuro, en su carrera, en su inicio laboral”, detalla. Lo primero que plantea el padre cuando llega al consultorio es que su hijo o hija no quiere comer, que baja mucho de peso, que vive encerrado en su dormitorio y que hace un escándalo por motivos insignificantes.
Diversas formas
A veces las patologías alimentarias se asocian con otras, como el llamado “trastorno límite”, caracterizado por la baja tolerancia al estrés o la autoagresividad. Pero su talón de Aquiles es la impulsividad: “Cualquier discusión por más insignificante que parezca puede llevar a estos pacientes a cometer un intento de suicidio”, comenta la experta.
La anorexia en varones, mucho menos frecuente que en las mujeres, suele teñirse de “deporte”. Son chicos que dedican mucho tiempo a la actividad física pero comen poco en relación a la energía que gastan. Existen otras conductas como la vigorexia: son chicos que se ven muy flacos y realizan excesiva gimnasia de aparatos para desarrollar músculos. “Pero por más que tengan marcados los músculos nunca están conformes. Modifican su alimentación, hacen dietas absurdas e ingieren productos con hormonas, esteroides o andrógenos que destrozan su salud. Aunque su disparador es diferente, presentan los mismos trastornos que las demás patologías alimenticias: fobia social, trastornos adaptativos, y una desproporción de la realidad ante su cuerpo”, destaca Bello.
Ya hace bastante tiempo que se está tratando la ortorexia, un aumento de la obsesividad hacia los cuidados del cuerpo que raya con los límites de la anorexia. “Son pacientes más adultos que tienen capacidad de comprar y elegir. Eluden el contacto social y se reconcentran en esta mítica salud donde él cree que tiene que comprar sólo alimentos orgánicos, pesados en gramos que cubran un porcentaje de calorías y de determinadas marcas con cierta consistencia.”
La categoría diagnóstica más “novedosa” que cita esta especialista –y de lo que todavía no se habla en el país– es la “sadorexia”: personas que para bajar de peso realizan prácticas sadomasoquistas. Y finaliza: “Nunca hay una propuesta estética en estas prácticas. Su único parámetro es la dieta. Ahí uno descubre que es mucho más que una pretensión de belleza. Hay un miedo a vivir, a crecer, a ser responsable. Es el patrón común de todas estas patologías”.
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