Los reproductores digitales de música dañan la audición

Los médicos bautizaron "la sordera del iPod" al incremento de jóvenes con problemas auditivos que suelen aparecer en la vejez. Una generación condenada.

25 Enero 2006
En el camino a la maestra particular, mientras estudia la materia que debe rendir en febrero, si está ordenando sus cosas, cuando sale a correr y hasta cuando ve una película subtitulada.
Francisco Luis Vélez, de 16 años, no deja nunca de escuchar música con su pequeño reproductor digital que Papá Noel le dejó en el arbolito de navidad. "Fuerte, muy fuerte. El rock no puede escucharse de otra forma", afirma el adolescente.Mientras en los locales de venta de productos electrónicos aumenta la venta de modernos iPod y MP3, los especialistas comienzan a hablar de riesgo de daños auditivos asociados a estos nuevos reproductores digitales de música. En concreto están bautizando como "sordera del iPod" al incremento en el número de jóvenes con problemas auditivos, que normalmente no se presentaban hasta la vejez.
En el consultorio del otorrinolaringólogo Mario Kahan ya se perciben los síntomas de un mal que se adueña de la adolescencia digital. "Las primeras consultas son porque sienten un zumbido en el oído o una molestia frente a los sonidos fuertes. A veces, hasta se producen mareos", explica el especialista. Aunque en la mayoría de los casos, según Kahan, no se advierte el daño hasta que este ya está en un grado muy avanzado.
¿Nos podemos quedar sordos por escuchar música con reproductores digitales?, se le preguntó al médico. La respuesta del experto no es alentadora: la generación del iPod puede estar perdiendo la audición sin siquiera sospecharlo. "La moda de estos pequeños dispositivos impone, además, que cuanto más fuerte se escucha es mejor. El sonido va directamente al oído, lo que puede llevar a la sordera total. El daño se suma a la disminución natural de la audición, que se produce con la edad", dijo.
Hay otra mala noticia para los usuarios de iPod y MP3: el daño que se va produciendo silenciosamente en los oídos es irreversible. "Lo único que se puede hacer es detener la progresión de la enfermedad, sólo frenando la fuente sonora que la produce", contó.
La prebiacusia es la pérdida de la audición que aparece con los años. "Eso es normal en una persona de 70 años. Pero ahora, son cada vez más jóvenes que aparecen con los primeros síntomas del mal", añadió.

Ciudades a todo volumen
En las últimas décadas, el ruido ambiental se duplicó. Todo está más fuerte: los teléfonos, las películas, el tránsito, la construcción y la música. Para el médico especialista en audición Alberto Di Lella, la generación del iPod es una generación condenada a tener mala audición debido al abuso del alto volumen en los oídos, sumado a las ruidosas ciudades modernas en las que viven.
El principal problema de los reproductores reside en sus auriculares, conocidos en Estados Unidos como "earbuds" (brotes de oreja), que, al no bloquear efectivamente otros sonidos, los jóvenes solventan esta limitación subiendo el volumen hasta niveles muy perjudiciales.
"El daño auditivo inducido por el ruido produce lesiones en células ubicadas dentro del oído interno, que no están preparadas para recibir estímulos que sobrepasen la intensidad de los ruidos de la naturaleza. En este orden, el más intenso es el que produce una catarata", explicó el especialista.
Los sonidos estridentes matan a las células auditivas que están ahí para escuchar la voz humana. Como consejo preventivo, algunos especialistas recomiendan limitar el uso del iPods a una hora diaria y sin pasar del 60 % del volumen máximo. Según la Organización Mundial de la Salud, el umbral para no perder audición es evitar la exposición diaria a sonidos superiores a los 85 decibeles (dB). Un iPod a máximo volumen puede alcanzar los 115 dB, el mismo ruido que produce una motosierra."En otros países, a algunas marcas que producen los dispositivos se les exige poner líneas rojas con advertencias sobre el problema de escuchar música muy fuerte. También deberían exigirlo aquí", señaló Di Lella.

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