
La trastienda de la política, en el mejor de los casos, nunca es limpia, como flexible es la justicia para evitar que su rigidez desacredite al derecho. Paradójicamente, esas contradicciones suelen constituir el lubricante de las mejores sociedades, porque nada de lo que maneja el hombre es perfecto. Sin embargo, parecen las reglas de juego de un mundo celestial, después de leer las confesiones con que el inefable Mario Pontaquarto explica su ingreso a la corrupción por las puertas del Senado. Tenía apenas 21 años de edad cuando, a poco de recuperarse la democracia, colgó su carrera universitaria y la militancia radical lo introdujo con una tropa de correligionarios en la planta administrativa de la Cámara Alta. "Allí comencé a darme cuenta -relata- de la importancia del parentesco para entrar a trabajar en la administración pública", y sigue señalando en ese sentido que la Dirección de Personal tenía las características de un registro civil. Pocos años después culmina una escalada hasta el secretariado parlamentario, que lo sienta junto a la presidencia del Senado y que no habrá de interrumpirse en gobiernos sucesivos, hasta el escándalo de la reforma laboral comprada mediante cinco millones de pesos-dólares, de los cuales fue correo entre la Side y sus destinatarios, así como beneficiario. Pero no es esa la única historia confesa, aunque sí la más gruesa, de todo lo que el arrepentido relata como parte o testigo. Tanto que, a veces, pareciera que la excepción en la Cámara es la honradez y no la podredumbre de gestión que representa a la República.Falsificaciones de cheques en la secretaría administrativa "generando situaciones y hechos que produjeron verdadero estupor"; cumpleaños con buen comer y champaña francesa; financiamientos obscenos con fondos oficiales para Franja Morada y Juventud Radical o periodistas fieles; "La Manuela", mote de una suma de dinero negro que todo los meses reforzaba los ingresos de cada senador, distribuida por bloques y solventada por el Poder Ejecutivo a través de la Side, etcétera. Todo ello relatado sin lujos literarios y con el asco tardío del arrepentimiento, bajo la presión de la propia familia y el recuerdo de una juventud militante que soñaba con el sol de mayo y despertó en el infierno. No escatima nombres ni testimonios Pontaquarto, a riesgo de querellas judiciales que, probablemente, nunca se promoverán, hasta que culmina su relato en los sobornos para la reforma laboral, cuyos detalles superan toda imaginación y listado de testimonios, responsables y testigos. No es para divertirse, sino para sufrir ante la profundidad de la corrupción que, como Titanic indefenso, fondeó al país. Pontaquarto -reflexiona el juez Daniel Rafecas a propósito de esas confesiones- prefiere la eventual condena formal de la Justicia convencional, a la de su propia conciencia por callar frente a sus conciudadanos, a su esposa y a sus hijos la verdad que conoce por haber sido uno de los actores principales de uno de los episodios más vergonzosos de la vida política del país desde la restauración democrática. (c) LA GACETA







