El viejo rompecabezas infantil es ahora desafiante

Por Alba Omil. El lector se sumerge en el mundo de Dujovne Ortiz, pero debe comprometerse.

06 Noviembre 2005

Las perlas rojas es una novela muy atractiva, por diferentes motivos: uno, y no sabemos si el más importante, porque está bien escrita, hecho cada vez más infrecuente entre lo que hoy se publica en este país.
Otro, porque el lector puede sumergirse con facilidad dentro del mundo que la autora edifica, y sentirse identificado con la protagonista y leerla por puro placer, o para olvidar malos momentos que pujan y acogotan, o por todo eso junto.
Pero al lector se le exige un tributo: el compromiso con la autora. Hay que meterse en su cabeza y en su memoria e ir almacenando en el disco rígido una serie de datos lanzados aparentemente al azar pero que luego servirán para llenar las abundantes elipsis de la historia.
Este es otro hecho, además de comprometedor, atractivo. En el fondo, el viejo rompecabezas de la infancia, salvo que ahora es intelectual y desafiante.
La trama se entreteje sobre el cañamazo que representan los años crueles de nuestra vida nacional: la dictadura de Perón y la dictadura militar de los años 70-80. Pinceladas veloces pero fuertes que sacuden en las entrañas, hechos que muchos hemos vivido y padecido.En un vaivén constante va describiendo la época -social, económica y política- y entrando en la conciencia de sus personajes. También en la propia, que puede ser la nuestra.
En efecto, no interesa tanto la rica historia personal de la protagonista como su resonancia interior: dos caras de una misma medalla.
Pero para que todas estas cosas resuenen, hay que saber decirlas y hay que intentar compartirlas tanto en la entraña semántica como en la presentación formal. Y la autora lo sabe. Y así encuentra la intimidad de las cosas, esa que muy pocos podemos ver y sentir. Y así el mundo resulta diferente, más íntimo, menos cruel. Las sensaciones, las emociones, los sentimientos adquieren cuerpo -un cuerpo casi material- y hasta pareciera que emitiesen vibraciones.
O sea, no estamos ante un narrar desnudo, o plano, estamos ante un universo estratificado en cuyas honduras se encuentran milagros que, a lo mejor, nos estaban destinados y esperando. ¿Quién podría descubrir a Neruda, a Susana San Juan, deliberadamente ocultos y a la vez deliberadamente expuestos en este rompecabezas? Sólo el que sabe; aquel para quien, secretamente, estaban destinados el discurso, la historia, y sobre todo, el mensaje. ¡Qué lindo! Pero esto no se comparte, de manera que, lo dejemos ahí. (c) LA GACETA

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