El cándido Voltaire

Por María Rosa Lojo, para LA GACETA - BUENOS AIRES. "Dios nos hizo comedores, bebedores, ambulantes, durmientes, sensibles, pensantes, llenos de pasiones, de orgullo y de miseria, sin decirnos una palabra de su secreto".

06 Noviembre 2005

A pesar de su colaboración señera con los enciclopedistas, el gran François Marie Arouet (1694-1778), alias Voltaire, descreía de las posibilidades de una obra tan densa, vasta y erudita para mover ágilmente las conciencias dormidas. Prefería los "pequeños libros portátiles" de ubicua y punzante eficacia.
Después de haber descollado en todos los "grandes géneros" o "géneros nobles", se acercó a lo que la jerarquía estética de su tiempo consideraba apenas como entretenimiento pasatista. Escribió así, con el probable afán de consolarse y divertirse él mismo, y para hacer llegar a todos las amargas verdades de la experiencia, cuentos y novelas breves: quizá lo único de su enorme obra que realmente sobrevive hoy en los lectores, fuera de las bibliotecas de los especialistas.
En El mundo tal como va, Zadig, Historia de los viajes de Escarmentado, La princesa de Babilonia, El Ingenuo, y otros relatos, Voltaire planteó, una y otra vez, las injusticias del destino; el castigo que suele recibir la filantropía (pero también los bienes que surgen de los males); las atrocidades políticas y religiosas con que los hombres, por querer esclavizar a sus semejantes, han nublado el buen juicio de la "razón natural". De todas sus ficciones, la más justamente conocida es Cándido o el optimismo (1759). Las desgracias del joven e inocente alemán de la Westfalia, convencido sin embargo por su profesor Pangloss (émulo de Leibniz) de que nos hallamos en el mejor de los mundos posibles, configuran una lograda novela de humor y aventuras, una sátira demoledora de las pretensiones de conocimiento metafísico y del lenguaje filosófico tan abstruso como pedante (la "metafísico-teologo-cosmologo-bobería"), y una crítica feroz a la intolerancia religiosa, al abuso de poder, a la corrupción, a los prejuicios de todo tipo, al supuesto heroísmo de las guerras (crímenes organizados) y a las ilusiones sobre la bondad del género humano. El desengañado Martín, uno de "los pocos sabios que en el mundo han sido", convertido en compañero de Cándido, prefiere declararse maniqueo a la hora de especular sobre los poderes que rigen esta tierra, y reconocerle al Diablo la victoria en su lucha contra Dios. Si se discute acerca de los motivos que ha podido tener el Ser Supremo para crear el mundo, sólo aventura uno: "Para hacernos rabiar". No hay ser humano que se considere feliz, aunque los hechos objetivos muestren que siempre es posible encontrar a quien esté en peor situación que la propia. Cuando la dicha completa parece al alcance de la mano (como en el armonioso territorio de la utopía que simboliza El Dorado), inclusive los más bondadosos (Cándido y Cacambo) la desdeñan para poder jactarse entre los suyos de lo que han visto, y disfrutar de riquezas que no necesitarían si se quedaran en el reino feliz. Aquellos que aparentemente tienen todos sus deseos satisfechos (como el noble veneciano Pococurante) no gozan de sus bienes, abrumados por el hastío. Sin embargo, tampoco en el devastador pesimismo de Martín se halla la verdad que el Cándido quiere transmitir.
No se trata de que Dios no exista (nada más lejos de Voltaire, siempre tan deísta como anticlerical), sino de que nadie puede arrogarse el privilegio de conocer su índole o sus designios. Tampoco es que los peores males provengan de El. Fuera de los males físicos (muchos de ellos evitables) y de las catástrofes determinadas por las leyes naturales, el mayor daño dimana de los hombres mismos, que se empeñan en destruirse tenazmente los unos a los otros en todas las regiones del planeta (sobre esto insistió Voltaire en otra ficción filosófica: "Historia de Jenni, o el ateo y el sabio", de 1775). Según dictaminan Cándido y Martín, los hombres "siempre han sido mentirosos, engañadores, pérfidos, injustos, ladrones, débiles, inconstantes, envidiosos, glotones, borrachos, avaros, ambiciosos, sanguinarios, calumniadores, libertinos, fanáticos, hipócritas y necios". Con todo, no faltan en la novela seres capaces de lealtad y de virtud: el anabaptista que ha salvado a Cándido y a Pangloss, y que perece por querer rescatar a otro; el criado Cacambo (un cuarto de español y tres cuartos aborigen, nacido nada menos que en el Tucumán) que, contra todas las aprensiones de Martín, y contra lo que promete como tipo literario de la picaresca, es fiel a la misión que Cándido le ha encomendado, sin dejarse tentar por la lujuria ni por la codicia. Si la virtud no parece ser recompensada, tampoco la maldad lo es. Los poderosos indignos duran poco en sus sitiales (otros tan viles como ellos suelen eliminarlos). La rueda de la fortuna gira velozmente, hunde en la humillación a los soberbios y en la pobreza a los millonarios. Y en fin, por deleznable que sea la vida, salvo rarísimas excepciones, ninguno de los quejosos humanos está dispuesto a abandonarla. Si algo asombra y divierte en el Cándido, por lo demás, es la inagotable energía con que sus protagonistas siguen reapareciendo en el relato -como si fueran figuras de cómic- cuando ya se los cree definitivamente aniquilados, evocando así la extraordinaria capacidad de supervivencia y regeneración de la especie humana.
Después de haber pasado por todas las calamidades imaginables, los dispersos peregrinos se hallan reunidos en Constantinopla. La respuesta del sabio derviche cierra brutalmente las puertas a sus interrogaciones, tan pertinaces como impertinentes, acerca del mal y del sentido de la vida. "Pero, reverendo padre -dijo Cándido-, hay muchísimo mal en la tierra". "¿Qué importa -respondió el derviche- que haya mal o que haya bien? Cuando Su Alteza envía un navío a Egipto, ¿se preocupa acaso porque los ratones que hay en el barco estén cómodos o no?" "¿Qué es, pues, lo que hay que hacer?", preguntó Pangloss. "Callarte", dijo el derviche.
Ante la grandeza y el irreductible misterio de la Creación y del Creador, el ser humano, que se considera erróneamente el centro del Universo (tema ya tratado en el cuento "Micromegas", impreso en 1752), no es más que un ratón en la bodega, y no le compete a Dios sino a nosotros mismos, ocuparnos de remediar nuestras desdichas. La mejor manera de hacerlo es el trabajo:
"Trabajaremos sin argumentar -concluye Martín-. Es el único medio de hacer soportable la vida". Si no nos es dado penetrar en el origen o el fin último de la existencia, al menos podemos decidir qué hacer con el tiempo que nos toca. "Cultivar el jardín", esa magnífica metáfora del trabajo creativo en todos los órdenes, resulta, pues, la verdadera tabla de salvación cotidiana. La pequeña comunidad de la alquería de Constantinopla carece de grandes ilusiones, inclusive la del amor -Cunegunda, fea y avinagrada, ya no inspira la invencible pasión de Cándido, que se ha casado con ella sólo para fastidiar el absurdo orgullo de su hermano, el barón-. Sin embargo, todos han aprendido a hacer algo útil, viven de lo que producen con aplicación e ingenio, y con esto alejan tres males: "el tedio, el vicio y la necesidad".
Ciertamente Voltaire, febril trabajador, practicó toda su vida esa receta contra el desengaño y su frecuente secuela, la desesperación.
Cuando escribió Cándido estaba en condiciones de recomendarla: había perdido, años atrás, a su inestimable amiga y amante, la físico-matemática Emilie de Breteuil, y había perdido también su soñada utopía política: ser el filósofo del rey ilustrado (Federico II de Prusia) capaz de gobernar con equidad y tolerancia. Casi escapado de Prusia en los peores términos, se refugió en Suiza y luego en su castillo de Ferney (Francia, pero lejos de París), que era casi un reino propio, donde no faltaban asilados y protegidos, y donde se enseñaba a los súbditos las artes de la agricultura, el comercio y la fabricación de la seda, y hasta se hacían bellos relojes, quizá para compensar especulaciones financieras mucho menos dignas en las que Voltaire, tan humano como sus congéneres, había cimentado su riqueza. Tres secretarios secundaban sus tareas intelectuales, que le insumían entre doce y catorce horas diarias. Llegó a hacer plantar allí veinte mil árboles.La obra más conocida de este novelista y jardinero, anticlerical y religioso, no es, en cuanto a sus lecciones de humildad y de sabiduría, menos edificante que el Eclesiastés. Si algo había aprendido en su larga vida el "cándido" Voltaire, es que "Dios nos ha hecho comedores, bebedores, ambulantes, durmientes, sensibles, pensantes, llenos de pasiones, de orgullo y de miseria, sin decirnos una palabra de su secreto". (c) LA GACETA

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