
El premio Nobel de Literatura otorgado este año al dramaturgo inglés Harold Pinter sorprendió gratamente al campo intelectual y a la comunidad teatral internacional. El autor venezolano Gustavo Ott (1) opinó: "más que merecido, más bien tarde, el Nobel a Pinter les recuerda a muchos que en esto del teatro no estamos escribiendo una pieza, sino una obra completa, y que en la medida en que mantengamos nuestro intelecto y sensibilidad a pulso con los días y las gentes, esa obra se reivindica una y otra vez".Cuando analizó la producción teatral europea de la década del 60, Martín Esslin (2) vio en Harold Pinter a uno de los más prometedores exponentes del Teatro del Absurdo, relacionando su obra con esa nueva poética de la que emergían Eugène Ionesco y Samuel Beckett, en tanto que otros lo asimilaban al grupo de los Jóvenes Iracundos, al que pertenecían John Osborne y Arnold Wesker.
Pinter nació en 1930, hijo de un sastre judío de Hackney, en el este de Londres. Empezó escribiendo poemas para revistas antes de cumplir los veinte años. Estudió Arte Dramático en la Royal Academy of Arts y en la Central School of Speech and Drama.Se lanzó a la carrera de actor, que lo llevó a Irlanda con una compañía shakesperiana en un trabajo agotador por provincias. Pinter narra que le contó un argumento de una obra a un amigo de la Universidad de Bristol, a quien le gustó, y se la pidió, y le dijo que si quería que fuese estrenada en esa Universidad, tenía que mandar el manuscrito antes de una semana. Pinter se puso a escribir y terminó la obra (El cuarto, 1957) en cuatro días.
En ella -comenta Esslin- encontramos ya gran parte de los temas básicos, el estilo y el lenguaje personalísimos de las futuras y más afortunadas de sus obras: la severa y cruel exactitud en la reproducción del lenguaje cotidiano con su vaguedad; la situación inicialmente trivial que se va convirtiendo en amenazadora, misteriosa y terrible; la omisión deliberada de explicaciones o motivos de la acción.
El crítico norteamericano Harold Clurman (3) analizó los textos de esa primera etapa. Así opina -sintetizamos- que El cuarto no está hecha para ser entendida; está pensada como algo para sentir. En ella todo es tontería, espanto y diversión, que resulta del lenguaje usado por la gente ordinaria que se amontona en una habitación miserable, en una pensión anónima de un barrio no descrito de Londres. En este paisaje aparecen seres que son emblemas de la estupidez del mundo, de su infelicidad o de su loca violencia. El montaplatos (1960) es más sutil. Escrita como un sketch de comedia, resulta simbólica. El hombre amurallado por la penuria, la incomodidad y la falta de aire está obligado a cumplir las órdenes de un amo que se comunica por un montaplatos, a quien él no ve y no conoce, pero obedece con prisa mecánica. Podría enunciarse como protesta, si bien desesperanzada, contra la presión de nuestra civilización industrial. El cuidador (1960) es una pieza perfecta, una de las más representativas del teatro de habla inglesa contemporáneo. Es una comedia horripilante, como la obra de Beckett, de quien Pinter ha reconocido cierta influencia. No por esto deja de ser un talento original. El específico acento inglés de su pieza le presta su propio sello. Escrita con agudeza, debe algo de su fascinación a la ambigüedad, artificio espiritual inconsciente por medio del cual el autor, no comprometido con el azoramiento y la angustia que la vida le provoca, permanece congelado en su incertidumbre. La colección (1962) revela otro aspecto de la técnica de Pinter. Sus piezas están construidas como melodramas, poseen tensión y suspenso, que sirven para dar intensidad a las emociones sugeridas y que nos mantienen a los espectadores teatralmente excitados aun antes de que nos demos cuenta de su sustancia específica. Un pequeño dolor (1964) -considerada por el crítico una pequeña obra maestra- fue valorada como "misterio", ya que hay algo religiosamente inefable en torno de ella. Habla una lengua extraña, pero surte el efecto de expresar cosas tan fundamentales que reducirlas a una explicación concreta sería deformar su importancia. En Pinter, el habla siempre está usada como si fuera una obstrucción para el contacto humano. Pero la pieza logra una especie de poesía, la tensión de un leve dolor que presagia la tragedia. El amante (1963) es una comedia divertida. El desarrollo de la acción, que combina un toque de Strindberg con una dosis de burlesco, es insidiosamente inteligente y pasablemente corrosiva. Nos reímos un poquito, pero siempre quedamos levemente perturbados.Osvaldo Pellettieri (4) opinó que, de todas las obras del primer período del flamante Nobel, la más importante es la revulsiva "comedia familiar" La vuelta al hogar (1965), que marca una nueva fase de su textualidad. Sintetizando lo escrito por Pellettieri destacamos que el principio constructivo de esta obra es la fragmentación del drama, artificio que regirá otros textos como Viejos tiempos (1970) y Traición (1978), cuya línea narrativa es elemental; importan los pasajes fragmentados, los cortes, los silencios significativos, que la tornan abstracta y ambigua. Los fragmentos que debe unir el lector-espectador -continúa diciendo Pellettieri- le otorgan una poderosa unidad climática. Mantiene una dirección desde el presente, 1977, hacia el pasado, de 1968, en el enlace de las distintas situaciones vividas por un trío amoroso. Los personajes están en todo momento resignados a su absoluta mediocridad, impuesta en parte por los mandatos sociales y las normas de relación, y también por su propia superficialidad, mostrando la corrupción de las relaciones humanas de nuestro tiempo.
Horace Engdahl, de la Academia Sueca de la Lengua, señaló que la obra del dramaturgo "descubre el precipicio de las conversaciones cotidianas e irrumpe en los espacios cerrados de la opresión". Silvina Friera (5) asocia esta valoración con la carta abierta, llena de ironía, que Pinter publicó en el matutino The Guardian, cuando el presidente norteamericano visitó Gran Bretaña:
"Estimado presidente Bush: estoy seguro de que en este momento debe estar tomando un lindo té con otro criminal de guerra como usted, Tony Blair. Por favor, no dejen de acompañar los sandwichitos de pepino fresco con un buen vaso de sangre". Según la Academia Sueca, "en la habitación típica de Pinter se encuentran seres que se defienden contra intrusiones foráneas o contra sus propios impulsos, atrincherándose en una existencia reducida y controlada".
Pinter escribió más de veinte guiones cinematográficos, como El placer de los extraños, El proceso y La amante del teniente francés. Ha colaborado con el director Joseph Losey en la elaboración de los guiones de El sirviente (1962), basada en una novela de Robin Maughan; Accidente (1967), escrito por Pinter, y El mensajero (1971), sobre una novela de L. P. Hartley. Su drama Traición, con guión propio y la actuación de Jeremy Irons, se conoció en Argentina con el título de Traición de amor.
En los 80 publicó obras más abiertamente políticas, que versan sobre la crueldad, la tortura y la violación de los derechos humanos, comenta Silvina Friera. Pinter examinó la relación entre verdugo y víctima en One for the Road (1984), inspirada en Tomando té con el torturador, incluida en el libro del periodista Andrew Graham Yoll Memoria del miedo, una crónica de la violencia política que se vivió en la Argentina de la década del 70, y en Ashes to Ashes (1996). Una muestra de su teatro político son las piezas Exactamente (1983) y El nuevo orden mundial (1991). Esperamos tomar contacto con estos textos cuando sean editados y con sus últimas obras, Luz de luna, Tiempo de fiesta y El lenguaje de la montaña, de reciente publicación, con traducción de Carlos Fuentes.
Hace muy poco, Harold Pinter decidió no escribir más teatro y dedicarse a la acción política. En su nota, Silvina Friera rescata del pasado acciones y dichos puntuales del dramaturgo. Hombre de convicciones y compromisos políticos inclaudicables, se opuso al gobierno de Margaret Thatcher y rechazó el título de "Sir" porque le parecía "sórdido". Pinter es una de las pocas voces que sigue condenando la estupidez de las guerras, como lo hizo con las del Golfo, Kosovo e Irak. En los 70 criticó la actuación de EE.UU. en el golpe que derrocó a Allende en Chile. El año pasado, en el aniversario de la invasión a Irak, el dramaturgo opinó en la BBC, frente a un enviado especial del Pentágono: "La atrocidad en Madrid, que mató a 200 personas, y la atrocidad en Nueva York, que mató a 3.000 personas, no pueden ser distinguidas de la invasión a Irak, que mató a 10.000 personas. Yo creo que son todas atrocidades, monstruosas y criminales, y que todos los responsables deben comparecer ante una corte internacional de Justicia".
Ayer, después de brindar por el Nobel con su esposa, declaró: "Estoy muy fuertemente comprometido con el arte y con la política. A veces se cruzan y a veces, no".
Extractamos párrafos del discurso pronunciado por Pinter al recibir el título de Doctor Honoris Causa por la Universidad de Turín (6), en 2002: "Este año padecí una grave operación de cáncer, fue algo así como una pesadilla. Me sentí incapaz de salir a flote, vagando bajo el agua en la profundidad oscura infinita del océano. Sin embargo, emerger desde una pesadilla personal fue entrar en una infinitamente más generalizada: la pesadilla pública de la histeria, ignorancia, arrogancia, estupidez y beligerancia norteamericanas. La nación más poderosa de mundo ha sido siempre conocida por disputar una guerra contra el resto del mundo. El presidente Bush dijo que ?no vamos a permitir que las peores armas del mundo permanezcan en manos de los peores líderes del mundo?. Y con razón. Mírate en el espejo, colega. Eso eres tú. La Guerra planificada contra Irak es de hecho un plan para el asesinato premeditado de miles de civiles para ?rescatarles de su dictador?. Los Estados Unidos y Gran Bretaña siguen una carrera que puede llevar únicamente a una escalada de violencia a nivel mundial y, finalmente, a la catástrofe. Es obvio, no obstante, que Estados Unidos revienta de ganas de atacar a Irak.
Creo que lo hará, no sólo para controlar el petróleo iraquí, sino porque la administración norteamericana es ahora un animal salvaje sediento de sangre".
Como dice Gustavo Ott, la literatura dramática hoy es poema y es además un poema para todos. No tiene pretensiones, es tan íntimo como colectivo, se accede, toca nuestras vidas porque es capaz de penetrar en nuestra conciencia con la herramienta más moderna y eficaz, esa misma que tantas veces ha sido sentenciada a muerte en el teatro por la técnica y por la imagen, pero que igual sigue allí, altiva, sin dejarse atemorizar, presenciando el auge y la caída de todos aquellos que anunciaron su desaparición. Me refiero, claro, a la palabra". (c) LA GACETA
NOTAS:
1) Gustavo Ott, declaraciones difundidas por el Foro CELCIT 14/10/05.
2) Martín Esslin, El teatro del absurdo, Seix Barral, Barcelona, 1964, p. 214.
3) Harold Clurman, Teatro contemporáneo, de Brecht a Pinter, de Nueva York a Tokio, Troquel, Buenos Aires, 1972, pp. 144-156.
4) Osvaldo Pellettieri, La dramaturgia de Harold Pinter y el teatro porteño, prólogo a la edición de la obra Traición, Teatro Municipal General San Martín, Buenos Aires, 1992, pp. 7-14.
5) Silvina Friera, Página/12, 14 de octubre de 2005.
6) Pronunciado por Pinter el 27 de noviembre de 2002.







