La manipulación oportunista de Mariano Moreno

Por Marcelo Gioffré, para LA GACETA - BUENOS AIRES. Desde que Vicente Fidel López se ocupó de Moreno en 1838, hasta la actualidad, la singular figura del secretario de la Primera Junta de Gobierno ha sido objeto de las más curiosas interpretaciones por parte de los historiadores.

30 Octubre 2005
Dejando de lado a Manuel Moreno, que escribió una biografía en 1812, uno de los primeros autores que se ocupó de Mariano Moreno fue Vicente Fidel López, en su monumental obra "Historia de la República Argentina", cuya primera edición se remonta a 1838. Según López, el 25 de Mayo fue una verdadera revolución independentista y Moreno era un liberal muy influido por las ideas francesas de la Ilustración, de modo que las constantes menciones de fidelidad a Fernando VII que aparecen en los documentos oficiales son interpretadas como una mistificación, en adhesión a la idea de la máscara de Fernando. Estas ideas no sufrieron grandes cambios en las glosas de Alberdi, Sarmiento y Mitre. Esta visión era consistente con las ideas liberales y progresistas que encarnó la intelectualidad antirrosista, primero, y la generación del ?80, después. Ya Paul Groussac, en cambio, le restó importancia a la influencia francesa en Moreno, fue muy generoso con Santiago de Liniers, a quien tildó de incorruptible y de defensor de la causa española, y se enfrascó hacia 1896 en una querella homérica por la autenticidad del Plan de Operaciones, que Groussac rechazaba en contra de Norberto Piñero.
En el siglo XX, en trabajos aparecidos hacia 1921, Ricardo Levene presenta a Moreno como liberal, pero también como prohispánico y clerical. Asimismo, negó la autenticidad del plan, terciando en la controversia entre Groussac y Piñero.
Pero fue en el posperonismo cuando nacieron corrientes de interpretación que ejercieron una primera manipulación muy evidente respecto de la figura de Moreno. Por un lado, Gustavo Martínez Zuviría, una personalidad muy importante que había llegado a ser director de la Biblioteca Nacional, interventor federal en Catamarca en 1941 y ministro de Justicia e Instrucción Pública de Ramírez, en 1943, además de un escritor consagrado; hacia el ocaso de su vida y bajo el seudónimo de Hugo Wast, escribió en 1960, en medio de las pujas entre azules y colorados dentro del Ejército y de las constantes asonadas contra Frondizi, su libro Año X. Este hombre, que era un clásico nacionalista católico y que quería congraciarse con los militares, formuló una interpretación militarista de la Revolución de Mayo, para lo cual defenestró a Mariano Moreno, tildándolo de jacobino y ateo, y ensalzó a Saavedra, por cuyo conducto convirtió al 25 de Mayo en un acto militarista, pro español y católico pero en contra de Moreno, a quien le quitó todo mérito, al punto de negarle participación en LA GAZETA y en la fundación de la Biblioteca. Este libro tuvo gran repercusión, muchas reimpresiones y concitó adhesiones como la del Padre Guillermo Furlong, que derivó en un conflicto en el seno de la propia Academia de Historia. La intención oculta era, quizás, el golpe de Estado a Frondizi.
En esa misma época aparecieron varias obras de Enrique de Gandía, cuya interpretación del 25 de Mayo era que no había sido una revolución independentista, sino una revolución a favor de España y de Fernando VII, y en contra de Napoleón, de Carlos IV y de su ministro Godoy. Sostenía que había ocurrido para preservar estas tierras para el Rey, de modo que la verdadera puja no era criollos contra españoles, sino partidarios de las Juntas contra partidarios del Consejo de Regencia. Para De Gandía, la máscara de Fernando no era una máscara, sino una declaración sincera. Así, coincidía con Martínez Zuviría en adjudicar una fuente pro hispánica y pro clerical a los acontecimientos, pero la gran diferencia es que no lo hacía contra Moreno sino con Moreno, a quien justamente dotaba de estos atributos. En este sentido, argüía a su favor que Moreno había estado en el golpe de Alzaga del 1º de enero de 1809; que no era masón, que era muy católico y que inclusive a la Representación de los Hacendados, en la que propiciaba el libre comercio, la hizo con la conformidad del Virrey Cisneros, para aumentar la recaudación por tributos aduaneros y equilibrar la balanza de gastos. Llegó inclusive a aceptar la autenticidad del Plan de Operaciones y hasta a justificarlo. En este sentido, De Gandía era funcional a la boga de los liberales a la cachetada, que eran liberales en lo económico pero un poco autoritarios y descreídos de la democracia en lo político.
Cruzándose con estas tendencias, apareció en 1949 un libro sobre Moreno de Rodolfo Puiggros, quien, como es sabido, era un hombre de izquierda. Naturalmente, lo mostró como un revolucionario completamente independentista y festejó sus arrebatos jacobinos, tratando de ocultar o desdibujar las evidencias que hacían de Moreno un ferviente partidario del liberalismo.
Pero fue en los últimos años cuando floreció un extraño neorrevisionismo relacionado con Moreno. En 1994, Norberto Galasso escribió una obra en que se exhibe a Moreno como un revolucionario dirigista, estatista, nacionalista e intervencionista. Para tan hercúlea tarea interpretativa ejecuta una doble operación. En primer lugar, acepta sin reservas, pero sin aportar nuevas pruebas, la autenticidad del Plan de Operaciones, la cual no había sido zanjada después de las famosas disputas entre Groussac, Piñero y Levene. Y hace esto porque es justamente en dicho plan donde aparece la única mención que podría ser invocada en apoyo de semejante tergiversación: en su artículo sexto, se propone la confiscación de minas de oro y plata para fomentar el comercio y la industria. Pero tal inferencia tropieza con varios inconvenientes: no es obvio que el Plan haya sido redactado por Moreno, se contradice ostensiblemente con todo el plexo de textos indubitados de Moreno y, por fin, aun admitiendo su legitimidad, podría ser un plan de economía de guerra excepcional a usar con el enemigo. Galasso encarnaba por entonces la contestación al auge "neoliberal" que tímidamente comenzaba a emprender una centroizquierda vernácula y dirigista, después del desastre de la hiperinflación en que nos había hundido Alfonsín y que los había llamado momentáneamente a silencio.Finalmente Felipe Pigna, en 2004, ejerce la más reciente apropiación: transforma a Moreno en un desaparecido. Nunca la historiografía había llegado tan lejos. Llevado al estrellato por los auspicios de Mario Pergolini, quien se ha mostrado muy complaciente con la actual política oficial y simétricamente implacable con la oposición, publicó un libro que desde el subtítulo denuncia su propósito oportunista: "La construcción de un pasado como justificación del presente". Es decir que, para apoyar a Kirchner y sus políticas, construye, urde, elabora un pasado. La actual política ha operado básicamente sobre dos ejes: la reivindicación de la militancia de los ?70 y especialmente de los desaparecidos y la confrontación discursiva con el neoliberalismo de los ?90. Pigna la emprende por las dos vías. La misma dedicatoria es una declaración casi de manual en esa dirección: "A todos los queridos compatriotas a los que, por soñar un país libre y más justo para todos, los tiraron a mares, ríos y fosas comunes, desde Mariano Moreno para acá, intentando vanamente hacerlo desaparecer", y en la página 337 añade: "Su cadáver fue arrojado al mar. Sería el primero de una larga lista". Olvida que no existen evidencias definitivas de que haya sido un asesinato, que Moreno era un liberal que estaba en el Gobierno y que el marxismo aún no existía. En torno del otro tema, la Madre Patria, España, pasa a ser una madre "apropiadora", precursora de las empresas españolas que invirtieron en nuestras privatizaciones (página 65). Olvida aquí que Moreno respetaba a España y creía que había que seducir al capital, no ahuyentarlo.
La verdad fluye nítida en las obras indiscutidas de Moreno, cuya lectura ilumina su real pensamiento político. Bastarán unos pocos ejemplos. El 12 de abril de 1808, se pronunció a favor de la libertad absoluta en el precio de los alquileres y del resto de las mercancías. En la representación de los Hacendados, se expidió a favor de la libertad de comercio y de la importación de productos ingleses. El 21 de junio de 1810, en LA GAZETA, escribió a favor de la libertad de opinión y de la ilustración. Y el 16 de septiembre de ese mismo año y en el mismo periódico, escribió a favor del ingreso de capitales extranjeros, de la necesidad de absorber los adelantos del mundo y de franquearle nuestras riquezas al capital extranjero para alentarlo a invertir. Sin caer en el error simétrico de Pigna, diríamos que fue el primer globalizador. Todo lo demás es puro macaneo. (c) LA GACETA

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