Historias con escritores

Por Cármen Perilli, para LA GACETA - TUCUMAN.

30 Octubre 2005

El escritor contemporáneo se enfrenta a una crítica situación, preocupado por definir su lugar y el del arte después de los vendavales dictatoriales y neoliberales. Reconocerse en un conjunto y en una tradición ya no es tan fácil para autores encerrados en literaturas nacionales, debilitado el espacio latinoamericano que unía a los autores héroe de los sesenta. Tiene que pensarse, armar sus propios linajes. Para ello convierte a otros autores en personajes. Borges dijo o escribió, más de una vez, que ciertos autores son menos una obra que un personaje. Juan Martini advierte: "Este es uno de los problemas más graves de ser, en cualquiera de los grados posibles, incluso el más bajo, tenue e insignificante, un personaje. Lo único digno, lo único estable, lo único humano, lo único que pone a salvo, lo único que cabe en este mundo es negarse definitivamente a ser un personaje". Sin embargo, los narradores de las últimas décadas pugnan por construir una memoria literaria, postulando nuevos modos de pensarse.
La literatura, para hacer su propia historia, construye un incesante diálogo consigo misma, teje una memoria literaria. En muchos casos convierte al escritor en personaje. Estoy pensando en un conjunto, para nada exhaustivo, de novelas de los últimos años. La novela de mi vida, de Leonardo Padura, trabaja la fascinante historia de José María Heredia, fundador de la literatura cubana. El brasileño Silviano Santiago se apropia de la historia de Graciliano Ramos, el autor de Vidas Secas, en la época del varguismo. El mexicano Mario Bellatin elige a un raro: el escritor japonés en Shiki Nagaoka: Una nariz de ficción. Fernando Vallejo, a dos figuras del modernismo: Porfirio Barba Jacob y José Asunción Silva. Proyecta en ellos su propia posición, en especial su sexualidad. Con intensa nostalgia y ácido tono crítico, desde la vejez y el exilio, las memorias son, para él, el máximo género y el yo el único lugar desde el que se puede enunciar una literatura.
Reynaldo Arenas dedica una fascinante novela a un injustamente ignorado Servando Teresa de Mier, sacerdote independentista mexicano. Reflexiona sobre las relaciones entre escritura y revolución y anticipa las persecuciones que sufrirá en la Cuba de Castro. Antes que anochezca, su autobiografía, lo muestra, hostigado y encarcelado, escribiendo en la clandestinidad del prófugo. Juan Pedro Gutiérrez adopta una posición distinta, arroja una mirada sarcástica y juguetona sobre la realidad el mundo intelectual occidental. Una suerte de Walt Witman del Caribe se reivindica como "animal tropical", en una concepción vitalista de la escritura. En Nuestro GG en la Habana usa como material una probable visita de Graham Greene.
El chileno Roberto Bolaños arma un vasto diálogo con la historia de la literatura latinoamericana. En Estrella Distante, un poeta de vanguardia, torturador y asesino, cifra sus poemas en el cielo. Arturo B. Suicida en Africa remite a Rimbaud. La literatura nazi en América es una galería de escritores "malditos" por su posición política. Monsieur Pain se centra en César Vallejo, empleando la narración de Georgette Vallejo para referirse a los últimos días del poeta.
Todos estos autores no sólo están preocupados por el autor sino también por el lector. En uno de los textos de El gaucho insufrible Bolaños clama: "Ahora es la época del escritor funcionario, del escritor matón, del escritor que va al gimnasio.
¿Qué pueden hacer Sergio Pitol, Fernando Vallejo y Ricardo Piglia contra la avalancha de glamour?: Poca cosa. Literatura". (c) LA GACETA

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