
Se trata de la muerte, pero hablar de la muerte es para Nelly Schnaith una forma de hablar de la vida. Y a la inversa, Giorgio Agamben habla de la vida y no puede dejar de referirse a la muerte. Agamben dice: Vida, nuda vida. Schnaith dice: Muerte, nuda muerte.
La responsable de este libro breve y agudo es una argentina, nacida en Mendoza, formada en filosofía en nuestro país y en Francia, y que en años argentinos oscuros encontró libertad y estímulo en Barcelona, donde ahora vive. La cátedra y la palabra escrita son testigos agradecidos de su vocación.Es autora, entre otros trabajos valiosos, de La Muerte de Narciso (1984), Paradojas de la Representación (1999); y dos libros en colaboración con la filósofa Guillermina Camusso.
El volumen que nos ocupa vio la luz en España (Café Central, Barcelona, 1997). Se reedita ahora en la Argentina con el agregado de un lúcido prólogo a cargo de Malena Lasala, también filósofa y directora teatral.
El itinerario de Schnaith tiene cuatro referencias. La primera es la muerte de Sócrates, el filósofo que bebe serenamente la cicuta. La segunda es la muerte de Jesús, símbolo de la fe religiosa en la vida eterna, multiplicada en las imágenes pictóricas y escultóricas a través de los siglos.
La tercera es la muerte del pensador francés Gilles Deleuze (1925-1995), que se arroja al vacío desde una ventana. La cuarta referencia es el Holocausto, o mejor dicho, la Shoa, término que en hebreo significa "Exterminio".La de Sócrates es la muerte al servicio del amor filosófico o, si se quiere, del lógos, de la palabra. La de Jesús es la muerte al servicio de la relación con Dios de la Trascendencia. La muerte de Deleuze es un grito, un gesto de desesperación ante la pérdida del cuerpo mortal, y nos pone en la vislumbre de algo importante: la muerte ya no tiene representación.
Vivimos el tiempo (¿acaso agónico?) de la muerte sin representación y sin escenario. Y esto se muestra en la cuarta referencia, la Shoa. En la noche siniestra del nazismo y de la presencia y amenaza de la muerte atómica, se produce la masificación de la muerte, la técnica convertida en instrumento de thánatos, pulsión de muerte.
Por eso, sin dejar de señalar la alta belleza formal de un filme como La lista de Schindler, la autora prefiere como símbolo la obra de Claude Lanzmann, diez horas de rodaje fílmico titulado, justamente, Shoa, donde no hay historias personales y cuyos sobrevivientes no dicen "yo", dicen "nosotros".Vale el lenguaje indirecto y un gran ejemplo literario es Dostoievsky. En la escena final de El Idiota, el príncipe llega aterrado a la casa de Rogoshin e, intuyendo que este ha apuñalado a Nastasia, entra en una habitación aparentemente vacía, alcanza a ver joyas y sedas esparcidas y un pie del color del mármol que asoma bajo un lienzo. Sólo por medio del lenguaje indirecto consigue el escritor ruso darle al lector la idea de que ha sucedido una tragedia.
La muerte sólo puede ser abordada metafóricamente, por los sobrevivientes. En este tiempo sin escenario, dice Schnaith, la forma de exponer o de relatar un asunto como los mencionados no anima ya en el espectador o lector una especie de omnipotencia de su yo, pues sería ilusoria.¿Y qué debe hacer el espectador? Intentar percibir la decepción o desazón del ser humano ante la pérdida de la identidad como individuo y como persona, por obra de los totalitarismos y los fundamentalismos. Se da un proceso que bien puede llamarse de "desidentificación", lo que nos lleva al tema del sujeto (dicho sea de paso, el gran tema de la posmodernidad, que habla del descentramiento del sujeto).
¿Y dónde, entonces, está el lugar del sujeto? El sujeto, responde la autora, debe ser entendido no como el yo individual, sino como la sede donde se dirime el destino del nosotros.
Si se acepta que han desaparecido la serenidad socrática y la trascendencia religiosa, quedaría una especie de inmortalidad terrenal, siempre insegura, porque también esta inmortalidad "ha perdido sus modelos".
Más de dos mil años después de Platón, sugiere Schnaith acudir de nuevo al gran ateniense para hallar el encantamiento que nos permita encarar el hecho desnudo de la muerte; para vestirla, para refugiarnos en una bella ficción que se vuelva abismo o en un abismo que torne valiosas nuestras ficciones.Y, pese a todo, apuesta por el proyecto modesto de una inmortalidad en suspenso. Tras evocar a ese personaje de Nabokov confiado en que por caminos impensados su pequeño escrito llegará a las manos de otros seres humanos y por eso confiesa creer en los milagros, Schnaith subraya esas últimas palabras, "creer en los milagros", y afirma que sería como arrojar una botella al mar, sin saber cuándo o dónde será recogida... y sin saber si lo será.
No es su menor mérito haber evitado dejarse envolver totalmente por la desesperanza. (c) LA GACETA







